Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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es para uer si somos fuertes,
mas luego eres tú quien das
con tu celeste mano la palma a nuestros esfuerzos.

Estos versos no eran excelentes, les faltaba incluso mucho para serlo; mas como todos saben,
los protestantes no se las daban de poetas.
Al cantar, Milady escuchaba: el soldado de guardia a su puerta se había detenido como si se
hubiera convertido en piedra. Milady pudo por tanto juzgar el efecto que había producido.
Entonces ella continuó su canto con un fervor y un sentimiento inexpresables; le pareció que
los sonidos se desparramaban a lo lejos bajo las bóvedas a iban como un encanto mágico a
dulcificar el corazón de sus carceleros. Sin embargo, parece que el soldado de centinela, celoso
católico sin duda, agitó el encanto, porque a través de la puerta dijo: -¡Callaos, señora! Vuestra canción es triste como un De profundis, y si además de estar de
guardia aquí hay que oír cosas semejantes, no habrá quien aguante.
-¡Silencio! -dijo una voz grave que Milady reconoció como la de Felton-. ¿A qué os mezcláis,
gracioso? ¿Os ha ordenado alguien impedir cantar a esta mujer? No. Se os ha ordenado
custodiarla, disparar sobre ella si intenta huir. Custodiadla; si huye, matadla; pero no alte réis en
nada las órdenes.
Una expresión de alegría indecible iluminó el rostro de Milady, mas esta expresión fue fugitiva
como el reflejo de un rayo, y sin dar la impresión de haber oído el diálogo del que no se había
perdido ni una palabra, siguió dando a su voz todo el encanto, toda la amplitud y toda la
seducción que el demonio había puesto en ella:

Para tantos lloros y miseria,
para mi exilio y para mis cadenas,
tengo mi juuentud, mi plegaria,
y Dios, que tendrá en cuenta los males que he sufrido

Aquella voz, de una amplitud nunca oída y de una pasión sublime, daba a la poesía ruda a
inculta de estos salmos una magia y una expresión que los puritanos más exaltados raramente
encontraban en los can tos de sus hermanos, que ellos se veían obligados a adornar con todos los
recursos de su imaginación: Felton creyó oír cantar al ángel que consolaba a los tres hebreos en
el horno:
Milady continuó:

Mas para nosotros llegará el día
de la liberación, Dios justo y fuerte;
y si nuestra esperanza es engañado
siempre nos queda el martirio y la muerte.

Esta estrofa, en la que la terrible encantadora se esforzó por poner toda su alma acabó de
sembrar el desorden en el corazón del joven oficial; abrió bruscamente la puerta y Milady lo vio
aparecer pálido como siempre, pero con los ojos ardientes y casi extraviados.
-¿Por qué cantáis así -dijo- y con semejante voz?
-Perdón, señor -dijo Milady con dulzura-, olvidaba que mis cantos no son de recibo en esta
casa. Sin duda os he ofendido en vuestras creencias; pero ha sido sin querer, os lo juro,
perdonadme, pues, una falta que quizá es grande, pero que desde luego es involuntaria.
Milady estaba tan bella en aquel momento, el éxtasis religioso en que parecía sumida daba tal
expresión a su semblante que Felton, deslumbrado, creyó ver al ángel que hacía un instante sólo
creía oír.
-Sí, sí -respondió-, sí: perturbáis, agitáis a las personas que viven en este castillo.
Y el pobre insensato no se daba cuenta de la incoherencia de sus frases, mientras Milady
hundía su ojo de lince en lo más profundo de su corazón.
-Me callaré -dijo Milady bajando los ojos con toda la dulzara que pudo dar a su voz, con toda la
resignación que pudo impnmir a su porte. -No, no, señora -dijo Felton-; sólo que cantad menos alto, sobre todo por la noche.
Y a estas palabras, Felton, sintiendo que no podría conservar mucho tiempo su severidad para
con la prisionera, se precipitó fuera de su habitación.
-Habéis hecho bien, teniente -dijo el soldado-; esos cantos per turban el alma; sin embargo,
uno termina por acostumbrarse. ¡Es tan hermosa su voz!

Capítulo LIV

Tercera jornada de cautividad



 

 
 

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