Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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respuesta que os suplico deis por mí a lord de Winter. Y en cuanto a ese libro -añadió ella
señalando el ritual con la punta del dedo, pero sin tocarlo como si temiera mancillarse a tal
contacto-, podéis llevároslo y serviros de él vos mismo, porque sin duda sois doblemente
cómplice de lord de Winter, cómplice en su persecución, cómplice en su herejía.
Felton no respondió, tomó el libro con el mismo sentimiento de repugnancia que ya había
manifestado y se retiró pensativo. Lord de Winter vino hacia las cinco de la tarde; Milady había
tenido tiempo durante todo el día de trazarse su plan de conducta; lo recibió como mujer que ya
ha recuperado todas sus ventajas.
-Parece - dijo el barón sentándose en un sillón frente al que ocu paba Milady y extendiendo
indolentemente sus pies sobre el hogar-, parece que hemos cometido una pequeña apostasía.
-¿Qué queréis decir, señor?
-Quiero decir que desde la última vez que nos vimos hemos cambiado de religión; ¿os habréis
casado por casualidad con un tercer marido protestante?
-Explicaos, milord -prosiguió la prisionera con majestad-, por que os declaro que oigo vuestras
palabras pero que no las comprendo.
-Entonces es que no tenéis religión de ningún tipo; prefiero esto -prosiguió riéndose
burlonamente lord de Winter.
-Es cierto que eso va mejor con vuestros principios -replicó fríamente Milady.
-¡Oh! Os confieso que me da completamente igual.
-Aunque no confesarais esa indiferencia religiosa, milord, vuestros excesos y vuestros crímenes
darían fe de ella.
-¡Vaya! Habláis de excesos, señora Mesalina; habláis de crímenes, lady Macbeth. O yo he oído
mal o, diantre, sois bien impúdica.
-Habláis así porque sabéis que nos escuchan, señor -respondió fríamente Milady-, y porque
queréis interesar a vuestros carceleros y a vuestros verdugos contra mí.
-¡Mis carceleros! ¡Mis verdugos! Bueno, señora, lo tomáis en un tono poético y la comedia de
ayer se vuelve esta noche tragedia. Por lo demás, dentro de ocho días estaréis donde debéis
estar, y mi tarea habrá acabado.
-¡Tarea infame! ¡Tarea impía! -replicó Milady con la exaltación de la víctima que provoca a su
juez. -Palabra de honor que creo -dijo de Winter levantándose- que la bribona se vuelve loca.
Vamos, vamos, calmaos, señora puritana, u os hago meter en el calabozo. Diantre, es mi vino
español el que se os sube a la cabeza, ¿no es así? Estad tranquila, esa embriaguez no es
peligrosa y no tendrá consecuencias.
Y lord de Winter se retiró jurando, cosa que en aquella época era un hábito completamente
caballeresco.
Felton estaba en efecto detrás de la puerta y no había perdido ni palabra de toda esta escena.
Milady había adivinado bien.
-¡Sí! ¡Vete, vete! -le dijo a su hermano-. Por el contrario, las consecuencias se acercan, pero tú
no las verás, imbécil, sino cuando sea tarde para evitarlas.
Se restableció el silencio, transcurrieron dos horas; trajeron la cena y encontraron a Milady
ocupada en hacer sus oraciones, oraciones que había aprendido de un viejo servidor de su
segundo marido, un puritano de los más austeros. Parecía en éxtasis y no pareció prestar aten-
ción siquiera a lo que pasaba en torno suyo. Felton hizo señal de que no se la molestara, y
cuando todo quedó preparado él salió sin ruido con los soldados.
Milady sabía que podia ser espiada; continuó, pues, sus oraciones hasta el final, y le pareció
que el soldado que estaba de centinela a su puerta no caminaba con el mismo paso y que
parecía escuchar.
Por el momento no pretendía más, se levantó, se sentó a la mesa, comió poco y no bebió más
que agua.
Una hora después vihieron a levantar la mesa, pero Milady observó que esta vez Felton no
acompañaba a los soldados.
Temía, por tanto, verla con demasiada frecuencia.
Se volvió hacia la pared para sonreír, porque en esa sonrisa había tal expresión de triunfo que
esa sola sonrisa la habría denunciado.
Aún dejó transcurrir media hora, y como en aquel momento todo estaba en silencio en el viejo
castillo, como no se oía más que el eterno murmullo del oleaje, esa respiración inmensa del
océano, con su voz pura, armoniosa y vibrante comenzó la primera estrofa de este salmo que
gozaba entonces de gran favor entre los puritanos:

Señor, si nos abandonas


 

 
 

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