tratamiento queréis seguir.
-¿Lo sé yo acaso? ¡Dios mío! Siento que sufro, eso
es todo; me den lo que me den, poco me
importa.
-Id a buscar a lord de Winter -dijo Felton cansado de aquellas quejas eternas.
-¡Oh, no, no! -exclamó Milady-. No señor, no lo llaméis,
os lo ruego; estoy bien, no necesito
nada, no lo llaméis.
Puso una vehemencia tan prodigiosa, una elocuencia tan arrebata dora en esta
exclamación,
que Felton, arrobado, dio algunos pasos den tro de la habitación.
«Está emocionado», pensó Milady.
-Sin embargo, señora -dijo Felton-, si sufrís realmente se enviará
a buscar un médico, y si nos
engañis, pues bien, entonces tanto peor para vos, pero al menos por nuestra
parte no
tendremos nada que reprocharnos.
Milady no respon dió; pero echando hacia atrás su hermosa cabeza
sobre la almohada, se
fundió en lágrimas y estalló en sollozos.
Felton la miró un instante con su impasibilidad ordinaria; luego, como
la crisis amenazaba con
prolongarse, salió; la mujer lo siguió. Lord de Winter no apereció.
-Creo que empiezo a verlo claro -murmuró Milady con una alegría
salvaje, sepultándose bajo
las sábanas para ocultar a cuantos pudieran espiarle este arrebato de
satisfacción interior.
Transcurrieron dos horas.
-Ahora es tiempo de que la enfermedad cese - dijo-; levantémonos y obtengamos
algunos
éxitos desde hoy; no tengo más que diez días, y esta noche
se habrán pasado dos.
Al entrar por la mañana en la habitación de Milady, le habían
traído su desayuno; y ella había
pensado que no tardarían en venir a levantar la mesa, y que en ese momento
volvería a ver a
Felton.
Milady no se equivocaba. Felton reapareció y, sin prestar atención
a si Milady había tocado o
no la comida, hizo una señal para que se llevasen fuera de la habitación
la mesa, que
ordinariamente traían completamente servida.
Felton se quedó el último, tenía un libro en la mano.
Milady, tumbada en un sillón junto a la chimenea, hermosa, pálida
y resignada, parecía una
virgen santa esperando el martirio.
Felton se aproximó a ella y dijo:
-Lord de Winter, que es católico como vos, señora, ha pensado
que la privación de los ritos y
de las ceremonias de vuestra religión puede seros penosa: consiente,
pues, en que leáis cada día
el ordinario de vuestra misa, y este es un libro que contiene el ritual.
Ante la forma en que Felton depositó aquel libro sobre la mesita junto
a la que estaba Milady,
ante el tono con que pronunció estas dos palabras: vuestra misa, ante
la sonrisa desdeñosa con
que las acompañ, Milady alzó la cabeza y miró más
atentamente al oficial.
Entonces, en aquel peinado severo, en aquel traje de una sencillez exagerada,
en aquella
frente pulida como el mármol, pero dura a impenetrable como él,
reconoció a uno de esos
sombríos puritanos que con tanta frecuencia había encontrado tanto
en la corte del rey Jacobo
como en la del rey de Francia, donde, pese al recuerdo de San Bartolomé,
venían a veces a
buscar refugio.
Tuvo, pues, una de esas inspiraciones súbitas como sólo las gentes
de genio las reciben en las
grandes crisis, en los momentos supremos que deben decidir su fortuna o su vida.
Estas dos palabras: vuestra misa, y una simple ojeada sobre Felton le habían
revelado, en
efecto, toda la importancia de la respuesta que iba a dar.
Pero con esa rapidez de inteligencia que le era peculiar, aquella respuesta
se presentó
completamente formulada a sus labios:
-¡Yo! -dijo con un acento de desdén, puesto al unísono
con aquel que había observado en la
voz del joven oficial-, yo, señor, ¿mi misa? Lord de Winter, el
católico corrompido, sabe bien que
yo no soy de su religión, y que es una trampa que quiere tenderme.
-¿Y de qué religión sois entonces, señora? -preguntó
Felton con una sorpresa que, pese al
dominio que sobre sí mismo tenía, no pudo ocultar por completo.
-Lo diré -exclamó Milady con exaltación fingida- el día
en que haya sufrido lo suficiente por mi
fe.
La mirada de Felton descubrió a Milady toda la extensión del espacio
que acababa de abrirse
con esta sola frase.
Sin embargo, el joven oficial permaneció mudo a inmóvil: sólo
su mirada había hablado.
-Estoy en manos de mis enemigos -prosiguió ella con ese tono de entusiasmo
que sabía
familiar a los puritanos-. Pues bien, ¡que mi Dios me salve o perezca
yo por mi Dios! He ahí la
