Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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dicho? Ese cuchillo era para ti; hijo mío, te habría matado. ¿Ves? Es uno de sus defectos,
desembarazarse así, de una forma o de otra, de las personas que la molestan. Si te hubiera
escuchado, el cuchillo habría sido puntiagudo y de acero: entonces se acabó Felton, te habría
degollado y después de ti a todo el mundo. Mira, además, John, qué bien sabe empuñar su
cuchillo.
En efecto, Milady empuñaba aún el arma ofensiva en su mano cris pada, pero estas últimas
palabras, este supremo insulto, destensaron sus manos, sus fuerzas y hasta su voluntad.
El cuchillo cayó a tierra.
-Tenéis razón, milord -dijo Felton con un acento de profundo disgusto que resonó hasta en el
fondo del corazón de Milady-, tenéis razón y soy yo el que estaba equivocado.
Y los os salieron de nuevo.
Pero esta vez Milady prestó oído más atento que la primera vez, y oyó alejarse sus pasos y
apagarse en el fondo del corredor.
-Estoy perdida -murmuró-, heme aquí en poder de gentes sobre las que no tendré más
ascendiente que sobre estatuas de bronce o granito; me conocen de memoria y están
acorazados contra todas mis armas. Es, sin embargo, imposible que esto termine como ellos han
decidido.
En efecto, como indicaba esta última reflexión, ese retorno instintivo a la esperanza, en aquella
alma profunda el temor y los sentimientos débiles no flotaban demasiado tiempo. Milady se sentó
a la mesa, comió de varios platos, bebió un poco de vino español, y sintió que le volvía toda su
resolución.
Antes de acostarse ya había comentado, analizado, mirado por todas su facetas, examinado
desde todos los puntos de vista las palabras, los pasos, los gestos, los signos y hasta el silencio
de sus carceleros, y de este estudio profundo, hábil y sabio, había resultado que Felton era, en
conjunto, el más vulnerable de sus dos perseguidores. Una frase sobre todo volvía a la mente prisionera:
-Si te hubiera escuchado - había dicho lord de Winter a Felton.
Por tanto, Felton había hablado en su favor, puesto que lord de Winter no había querido
escuchar a Felton.
-Débil o fuerte -repetía Milady-, ese hombre tiene un destello de piedad en su alma; de ese
destelló haré yo un incendio que lo devovará. En cuanto al otro, me conoce, me teme y sabe lo
que tiene que esperar de mí si alguna vez me escapo de sus manos; es, pues, inútil intentar
nada sobre él. Pero Felton es otra cosa: es un joven ingenuo, puro y que parece virtuoso; a éste
hay un medio de perderlo.
Y Milady se acostó y se durmió con la sonrisa en los labios; quien la hubiera visto durmiendo la
habría supuesto una muchacha soñando con la corona de flores que debía poner sobre su frente
en la próxima fiesta.

Capitulo LIII

Segunda jornada de cautividad

Milady soñaba que por fin tenía a D'Artagnan, que asistía a su suplicio, y era la vista de su
sangre odiosa corriendo bajo el hacha del verdugo lo que dibujaba aquella encantadora sonrisa
sobre sus labios.
Dormía como duerme un prisionero acunado por su primera esperanza.
Al día siguiente, cuando entraron en su cuarto, estaba todavía en su cama. Felton estaba en el
corredor: traía la mujer de que había hablado la víspera y que acababa de llegar; esta mujer
entró y se aproximó a la cama de Milady ofreciéndole sus servicios.
Milady era habitualmente pálida; su tez podia, pues, equivocar a una persona que la viera por
primera vez.
-Tengo fiebre - dijo ella-; no he dormido un solo instante durante toda esta larga noche, sufro
horriblemente; ¿seréis vos más hu mana de lo que fueron ayer conmigo?
-¿Queréis que llame a un médico? - dijo la mujer.
Felton escuchaba este diálogo sin decir una palabra.
Milady reflexionaba que cuanta más gente la rodease más gente tendría que apiadar y más se
redoblaría la vigilancia de lord de Winter; además, el médico podría declarar que la enfermedad
era fingida, y Milady, tras haber perdido la primera parte, no quería per der la segunda.
-Ir a buscar a un médico -dijo-, ¿para qué? Esos señores declararon ayer que mi mal era una
comedia; sin duda ocurriría lo mismo hoy; porque desde ayer noche han tenido tiempo de avisar
al doctor.
-Entonces -dijo Felton impacientado-, decid vos misma, seño ra, qué


 

 
 

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