Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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un gesto. Milady poseía
ese gran arte, tan estudiado por las mujeres, de ver a través de sus largas pesta ñas sin dar la
impresión de abrir los párpados: vislumbró a Felton que le daba la espalda, continuó mirándolo
durante diez minutos aproximadamente, y durante esos diez minutos el impasible guardián no se
volvió ni una sola vez.
Pensó entonces que lord de Winter iba a venir a dar, con su pre sencia, nueva fuerza a su
carcelero: su primera prueba estaba perdida, adoptó su partido como mujer que cuenta con sus
recursos; en consecuencia, alzó la cabeza, abrió los ojos y suspiró débilmente.
A este suspiro Felton se volvió por fin.
-¡Ah! Ya habéis despertado señora -dijo-; nada tengo que hacer ya aquí. Si necesitáis algo,
llamad.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto he sufrido! -murmuró con aquella voz armoniosa que,
semejante a la de las encantadoras anti guas, encantaba a todos a quienes quería perder.
Y al enderezarse en su sillón adoptó una posición más graciosa y más abandonada aún que la
que tenía cuando estaba tumbada.
Felton se levantó.
-Seréis servida de este modo tres veces al día, señora -dijo-: por la mañana, a las nueve;
durante el día, a la una, y por la noche, a las ocho. Si no os va bien, podéis indicar vuestras
horas en lugar de las que os propongo, y en este punto obraremos conforme a vuestros deseos.
-Pero ¿voy a quedarme siempre sola en esta habitación grande y triste? -preguntó Milady.
-Se ha avisado a una mujer de los alrededores, mañana estará en el castillo, y vendrá siempre
que deseéis su presencia.
-Os lo agradezco, señor -respondió humildemente la prisionera.
Felton hizo un leve saludo y se dirigió hacia la puerta. En el momento en que iba a franquear el
umbral lord de Winter apareció en el corredor, seguido del soldado que había ido a llavarle la
nueva del desvanecimiento de Milady. Traía en la mano un frasco de sales.
-¿Y bien? ¿Qué es? ¿Qué es lo que pasa aquî? -dijo con una voz burlona viendo a su prisionera
de pie y a Felton dispuesto a salir-. ¿Esta muerta ha resucitado ya? Demonios, Felton, hijo mío,
¿no has visto que te tomaba por un novicio y que representaba para ti el primer acto de una
comedia cuyos desarrollos tendremos sin duda el placer de seguir?
-Lo he pensado, milord -dijo Felton-; pero como la prisionera es mujer después de todo, he
querido tener los miramientos que todo hombre bien nacido debe a una mujer, si no por ella, al
menos por uno mismo.
Milady sintió un estremecimiento por todo su cuerpo. Estas palabras de Felton pasaban como
hielo por todas sus venas.
-O sea -prosiguió de Winter riendo-, esos hermosos cabellos sabiamente esparcidos, esa piel
blanca y esa lánguida mirada, ¿no te han seducido aún, corazón de piedra?
-No, milord -respondió el impasible joven-, y creedme, se necesita algo más que tejemanejes y
coqueterías de mujer para corromperme. -En tal caso, mi bravo teniente, dejemos a Milady buscar otra co sa y vayamos a cenar. ¡Ah!,
tranquilízate, tiene la imaginación fecunda, y el segundo acto de la comedia no tardará en seguir
al primero.
Y a estas palabras l ord de Winter pasó su brazo bajo el de Felton y se lo llevó riendo.
-¡Oh! Ya encontraré lo que necesitas -murmuró Milady entre dientes-; estáte tranquilo pobre
monje frustrado, pobre soldado convertido, que te has cortado el uniforme de un hábito.
-A propósito - prosiguió de Winter deteniéndose en el umbral de la puerta-, no es preciso,
Milady, que este fracaso os quite el apetito. Catad ese pollo y ese pescado que no he hecho
envenenar, palabra de honor. Me llevo bastante bien con mi cocinero, y como no tiene que
heredar de mí, tengo en él plena y total confianza. Haced como yo. ¡Adiós, querida hermana!
Hasta vuestro próximo desvanecimiento.
Era cuanto Milady podía soportar: sus manos se crisparon sobre su sillón, sus dientes
rechinaron sordamente, sus ojos siguieron el movimiento de la puerta que se cerró tras lord de
Winter y Felton; y cuando se vio sola, una nueva crisis de desesperación se apoderó de ella; lan-
zó los ojos sobre la mesa, vio brillar un cuchillo, se abalanzó y lo cogió; pero su desengaño fue
cruel: la hoja era redonda y de plata flexible.
Una carcajada resonó tras la puerta mal cerrada, y la puerta volvió a abrirse.
-¡Ja, ja! -exclamó lord de Winter-. ¡Ja, ja, ja! ¿Ves, mi valiente Felton, ves lo que te había


 

 
 

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