Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Sí, pero para vengarse hay que ser libre, y para ser libre, cuando se está prisionero, hay que
horadar un muro, desempotrar los barrotes, agujerear el suelo; empresas todas estas que puede
llevar a cabo un hombre paciente y fuerte, pero ante las cuales deben fracasar las irritaciones
febriles de una mujer. Por otra parte, para hacer todo esto hay que tener tiempo, meses, años, y
ella..., ella tiene diez o doce días, según lo dicho por lord de Winter, su fraterno y terrible
carcelero.
Y, sin embargo, si fuera hombre intentaría todo esto, y quizá triunfaría. ¿Por qué, pues, el cielo
se ha equivocado de esta forma, poniendo esta alma viril en ese cuerpo endeble y delicado?
Por eso han sido terribles los primeros momentos de cautividad: algunas convulsiones de rabia
que no ha podido vencer han pagado su deuda de debilidad femenina a la naturaleza. Pero poco a poco ha superado los relámpagos de su loca cólera, los estremecimientos ner viosos que han
agitado su cuerpo han desaparecido, y ahora está replegada sobre sí misma como una serpiente
fatigada que reposa.
-Vamos, vamos; estaba loca al dejarme llevar así -dice hundiendo en el espejo, que refleja en
sus ojos su mirada brillante, por la que parece interrogarse a sí misma-. Nada de violencia, la
violencia es una prueba de debilidad. En primer lugar, nunca he triunfado por ese medio; quizá si
usara mi fuerza contra las mujeres, tendría oportunidad de encontralas más débiles aún que yo,
y por consiguiente vencerlas, pero es contra hombres contra los que yo lucho, y no soy para ellos
más que una mujer. Luchemos como mujer, mi fuerza está en mi debi lidad
Entonces, como para rendirse a sí misma cuenta de los cambios que podía imponer a su
fisonomía tan expresiva y tan móvil, la hizo adoptar a la vez todas las expresiones, desde la de la
cólera que crispaba sus rasgos hasta la de la más dulce, afectuosa y seductora sonrisa. Luego
sus cabellos adoptaron sucesiva mente bajo sus manos sabias las ondulaciones que creyó que
podían ayudar a los encantos de su rostro. Finalmente, satisfecha de sí misma, murmuró:
-Vamos, nada está perdido. Sigo siendo hermosa.
Eran, aproximadamente, las ocho de la noche; Milady vio una cama; pensó que un descanso de
algunas horas refrescaria no sólo su cabeza y sus ideas, sino también su tez. Sin embargo, antes
de acostarse, le vino una idea mejor. Había oído hablar de cena. Estaba ya desde hacía una hora
en aquella habitación, no podían tardar en traerle su comida. La prisionera no quiso perder
tiempo, y resolvió hacer, desde aquella misma noche, alguna tentativa para sondear el terreno
estudiando el carácter de las personas a las que su custodia estaba confiada.
Una luz apareció por debajo de la puerta; aquella luz anunciaba el regreso de sus carceleros.
Milady, que se había levantado, se lanzó vi vamente sobre su sillón, la cabeza echada hacia atrás,
sus hermosos cabellos sueltos y esparcidos, su pecho medio desnudo bajo sus encajes chafados,
una mano sobre el corazón y la otra colgando.
Descorrieron los cerrojos, la puerta chirrió sobre sus goznes, y en la habitación resonaron unos
pasos que se aproximaron.
-Poned ahí esa mesa -dijo una voz que la prisionera reconoció como la de Felton.
La orden fue ejecutada.
-Traeréis antorchas y haréis el relevo del centinela -continuó Felton.
Esta doble orden que dio a los mismos individuos el joven teniente probó a Milady que sus
servidores eran los mismos hombres que sus guardianes, es decir soldados.
Las órdenes de Felton eran ejecutadas por los demás con una silenciosa rapidez que daba
buena idea del floreciente estado en que mantenía la disciplina.
Finalmente, Felton, que aún no había mirado a Milady, se volvió hacia ella.
-¡Ah, ah! -dijo-. Duerme, está bien; cuando se despierte cenará.
Y dio algunos pasos para salir.
-Pero, mi teniente -dijo un soldado menos estoico que su jefe, y que se había acercado a
Milady-, esta mujer no duerme.
-¿Cómo que no duerme? -dijo Felton-. ¿Entonces, qué hace?
-Está desvanecida; su rostro está muy pálido, y por más que es cucho no oigo su respiración. -Tenéis razón -dijo Felton tras haber mirado a Milady desde el lugar en que se encontraba, sin
dar un paso hacia ella-; id a avisar a lord de Winter que su prisionera está desvanecida porque
no sé qué hacer: el caso no estaba previsto.
El soldado salió para cumplir las órdenes de su oficial: Felton se sentó en un sillón que por azar
se encontraba junto a la puerta y esperó sin decir una palabra, sin hacer


 

 
 

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