Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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¡Como si la religión católica no fuera la más ventajosa y agradable de las religiones! Da igual
-prosiguió tras haber hecho chascar su lengua contra el paladar-, son gentes valientes. Mas ¿qué
diablos hacéis, Aramis? -continuó Athos-. ¿Guardáis esa carta en vuestro bolsillo?
-Sí -dijo D'Artagnan-, Athos tiene razón, hay que quemarla.
Quién sabe si el señor cardenal no tiene un secreto para interrogar a las cenizas...
-Debe tener uno -dijo Athos.
-Pero ¿qué queréis hacer con esa carta? -preguntó Porthos.
-Venid aquí, Grimaud -dijo Athos.
Grimaud se levantó y obedeció.
-Para castigaros por haber hablado sin permiso, amigo mío, vais a comer este trozo de papel;
luego, para recompensar el servicio que nos habéis hecho, beberéis este vaso de vino; aquí
tenéis la carta pri mero, masticad con energía.
Grimaud sonrió y con los ojos fijos sobre el vaso que Athos acababa de llenar hasta el borde,
trituró el papel y lo tragó.
-¡Bravo, maese Grimaud! -dijo Athos-. Y ahora tomad esto; bien, os dispenso de dar las
gracias.
Grimaud tragó silenciosamente el vaso de vino de Burdeos, pero sus ojos alzados al cielo
hablaban durante todo el tiempo que duró esta dulce ocupación un lenguaje que no por ser
mudo era menos expresivo.
-Y ahora -dijo Athos-, a menos que el señor cardenal tenga la ingeniosa idea de hacer abrir el
vientre de Grimaud, creo que podemos estar casi tranquilos.
Durante este tiempo Su Eminencia continuaba su paseo melancóli co murmurando entre sus
mostachos.
-¡Decididamente es preciso que estos cuatro hombres sean míos!

Capítulo LII
Primera jornada de cautividad

Volvamos a Milady, a la que una mirada lanzada sobre las costas de Francia nos ha hecho
perder la vista un instante.
La volvemos a encontrar en la posición desesperada en que lo hemos dejado, ahondando un
abismo de sombrías reflexiones, sombrío infierno a cuya puerta ha dejado casi la esperanza;
porque por primera vez duda, porque por vez primera siente miedo.
En dos ocasiones le ha fallado su fortuna, en dos ocasiones se ha visto descubierta y
traicionada, y en estas dos ocasiones ha sido contra el genio fatal enviado sin duda por el Señor
para combatirla contra lo que ha fracasado: D'Artagnan la ha vencido a ella, esa invencible po-
tencia del mal.
El la ha engañado en su amor, humillado en su orgullo, hecho fracasar en su ambición, y ahora
la pierde en su fortuna, la golpea en su libertad, la amenaza incluso en su vida. Es más, ha
alzado una punta de su mascara, esa égida con que ella se cubre y que la vuelve tan fuerte.
D'Artagnan ha alejado de Buckingham, a quien ella odia como odia a todo cuanto ha amado, la
tempestad con que lo amenazaba Richelieu en la persona de la reina. D'Artagnan se ha hecho
pasar por de Wardes, hacia quien ella sentía una de esas fantasias de tigresa, indo mables como
las tienen las mujeres de ese carácter. D'Artagnan cono cía ese terrible secreto que ella juró que
nadie conocería sin morir. Fi nalmente, en el momento en que acaba de obtener una firma en
blanco con cuya ayuda iba a vengarse de su enemigo, esa firma en blanco le es arrancada de las
manos, y es D'Artagnan quien la tiene prisionera y quien va a enviarla a algún inmundo
Botany-Bay, a algún Tyburn infame del océano Indico.
Porque indudablemente todo esto le viene de D'Artagnan; ¿de quién procederían tantas
vergüenzas amontonadas sobr e su cabeza si no es de él? Sólo él ha podido transmitir a lord de
Winter todos esos horrendos secretos, que él ha descubierto uno tras otro por una especie de
fatalidad. Conoce a su cuñado, le habrá escrito.
¡Cuánto odio destila! Allí inmóvil, con los ojos ardientes y fijos en su cuarto desierto, ¡cómo los
destellos de sus rugidos sordos, que a ve ces escapan con su respiración del fondo de su pecho,
acompañan per fectamente el ruido del oleaje que asciende, gruñe, muge y viene a romperse,
como una desesperación eterna a impotente, contra las rocas sobre las cuales está construido
ese castillo sombrío y orgulloso! ¡Cómo concibe, a la luz de los rayos que su cólera tormentosa
hace brillar en su espíritu, contra la señorita Bonacieux, contra Buckingham y, sobre todo, contra
D'Artagnan, magníficos proyectos de venganza, perdidos en las lejanías del futuro!


 

 
 

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