Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de hacer caer su
mal humor sobre alguien.
Grimaud iba a responder para excusarse. Athos alzó el dedo y Gri maud se calló.
-¿Habrías entregado la carta, Aramis? -dijo D'Artagnan.
-Estaba totalmente resuelto -dijo Aramis con su voz más aflautada-: si hubiera exigido que le
fuera entregada la carta, le habría presentado la carta con una mano, y con la otra le habría
pasado mi espada a través del cuerpo.
-Eso me esperaba - dijo Athos-; por eso me he lanzado entre vos y él. En verdad, ese hombre
es muy imprudente al hablar así a otros hombres; se diría que no se las ha visto más que con
mujeres y niños.
-Mi querido Athos -dijo D'Artagnan-, os admiro, pero después de todo estábamos en culpa.
-¿Cómo en culpa? -prosiguió Athos-. ¿De quién es este aire que respiramos? ¿De quién este
océano sobre el que se extiende nuestras miradas? ¿De quién esta arena sobre la que estamos
tumbados? ¿De quién esta carta de vuestra amante? ¿Son del cardenal? A fe mía que ese
hombre se figura que el mundo le pertenece; estáis ahí, balbuceante, estupefacto, aniquilado; se
hubiera dicho que la Bastilla se alzaba ante vos y que la gigantesca Medusa os convertía en
piedra. Veamos, ¿es que acaso es conspirar estar enamorado? Vois estáis enamorado de una
mujer a la que el cardenal ha hecho encerrar, queréis apartarla de las manos del cardenal; es
una partida que jugáis con Su Eminencia: esa carta es vuestro juego; ¿por qué ibais a mostrar
vuestro juego a vuestro adversario? Eso no se hace. ¿Que él lo adivina? En buena hora. Nosotros
adivinamos el suyo de sobra.
-De hecho -dijo D'Artagnan-, lo que vos decís, Athos, está lleno de sentido.
-En tal caso, que no vuelva a tratarse de lo que acaba de ocurrir, y que Aramis prosiga la carta
de su prima donde el señor cardenal le ha interrumpido.
Aramis sacó la carta de su bolso, los tres amigos se acercaron a él y los tres lacayos se
reunieron de nuevo junto a la damajuana.
-No habíais leido más que una o dos líneas -dijo D'Artagnan-; empezad, pues, la carta desde el
principio.
-Encantado -dijo Aramis.

«Querido primo, creo que me decidiré a partir para Stenay, donde mi hermana ha hecho
entrar a nuestra pequeña criada en el convento de las Carmelitas; esa pobre muchacha
está resignada, sabe que no se puede vivir en ninguna otra parte sin que esté en peligro la
salvación de su alma. Sin embargo, si los asuntos de nuestra familia se arreglan como
nosotros deseamos, creo que ella correrá el riesgo de condenarse, y que volverá junto a
aquellos a los que echa de menos, tanto más cuanto que sabe que se piensa siempre en
ella. Mientras tanto, no es damasiado desdichada: todo cuanto desea es una carta de su
pretendiente. Sé de sobra que esa clase de géneros pasa difícilmente por entre las verjas;
mas, después de todo, como ya os he dado pruebas de ello, querido primo, no soy
demasiado torpe y me haré cargo de esa comisión. Mi hermana os agradece vuestro re-
cuerdo fiel y eterno. Ha sentido por un instante una gran inquietud; mas, finalmente, se ha
tranquilizado algo ahora, tras haber enviado a su agente allá a fin de que nada imprevisto
ocurra. Adiós, mi querido primo, dadnos nuevas de vos con la mayor frecuencia que podáis, es
decir, cuantas veces creáis poder hacerlo con seguridad. Recibid un abrazo.

Marie Michon.»

-¡Cuánto os debo, Aramis! -exclamó D'Artagnan-. ¡Querida Costance! ¡Por fin tengo nuevas
suyas! ¡Vive, está a buen seguro en un convento, está en Stenay! ¿Dónde pensáis que está
Stenay, Athos?
-A algunas leguas de las fronteras; una vez levantado el asedio, podremos it a dar una vuelta
por ese lado.
-Y esperemos que no sea muy tarde -dijo Porthos-; esta mañana han colgado a un espía que
ha declarado que los rochelleses estaban con los cueros de sus zapatos. Suponiendo que tras
haber comi do el cuero se coman la suela, no sé qué les quedará para después, a menos que se
coman unos a otros.
-¡Pobres imbéciles! -dijo Athos vaciando un vaso de excelente vino de Burdeos, que sin tener
en aquella época la reputación que tiene hoy, no por eso la merecía menos-. ¡Pobres imbéciles!


 

 
 

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