asentimiento, replicó a su vez:
-La disciplina, Monseñor, no ha sido olvidada por nosotros de ninguna
manera, eso espero al
menos. No estamos de servicio y hemos creído que al no estar de servicio
podíamos disponer de
nuestro tiempo como bien nos pareciera. Si somos lo bastante afortunados para
que Su
Eminencia tenga alguna orden particular que darnos, estamos dis puestos a obedecerle.
Monseñor
ve -continuó Athos frunciendo el ceño porque aquella especie de
interrogatorio comenzaba a
impacientarlo- que, para estar dispuestos a la menor alerta, hemos salido con
nues tras armas.
Y señaló con el dedo al cardenal los cuatro mosquetes en haz junto
al tambor sobre el que
estaban las camas y los dados.
-Tenga a bien Vuestra Eminencia creer -añadió D'Amagnan - que
nos habríamos dirigido a su
encuentro si hubiéramos podido suponer que era ella la que venía
hacia nosotros con tan
pequeña compaña.
El cardenal se mordió los mostachos y un poco los labios.
-¿Sabéis de qué tenéis aire, siempre juntos, como
aquí ahora, armados como estáis, y
guardados por vuestros lacayos? -dijo el cardenal-. Tenéis aire de cuatro
conspiradores.
-¡Oh! En cuanto a eso, Monseñor, es cierto -dijo Athos-, y nosotros
conspiramos, como Vuestra
Eminencia pudo ver la otra mañana, sólo que contra los rochelleses.
-¡Vaya con los señores politicos! -prosiguió el cardenal
frunciendo a su vez el ceño-. Quizá se
encontraría en vuestros cerebros el secreto de muchas cosas que son ignoradas
si se pudiera leer
en ellos como leéis en esa cama que habéis ocultado cuando me
habéis visto venir.
El rubor subió al rostro de Athos, que dio un paso hacia Su Eminencia.
-Se diría que sospecháis de nosotros verdaderamente, Monseñor,
y que estamos sufriendo un
auténtico interrogatorio; si es así, dígnese Vuestra Eminencia
explicarse, y por lo menos
sabremos a qué atenernos.
-Y aunque esto fuera un interrogatorio -repücó el cardenal-, otros
distintos a vosotros los han
sufrido, señor Athos, y han respondido.
-Por eso, Monseñor, he dicho a Vuestra Eminencia que no tenía
más que preguntar, y que
nosotros estábamos prestos para responder.
-¿De quién era esa carta que íbais a leer, señor
Aramis, y que vos habéis ocultado?
-Una carta de mujer, Monseñor.
-¡Oh! Lo supongo -dijo el cardenal-; hay que ser discreto para esa clase
de cartas; sin
embargo, se pueden mostrar a un confesor; como sabéis, he recibido las
órdenes.
-Monseñor -dijo Athos con una calma tanto más terrible cuanto
que se jugaba la cabeza al dar
esta respuesta-, la carta es de una mujer, pero no está firmada ni Marion
de Lorme, ni señorita
D'Aiguillon.
El cardenal se volvió pálido como la muerte, un destello leonado
salió de sus ojos; se volvió
como para dar una orden a Cahusac y a La Houdiniére. Athos vio el movimiento:
dio un páso
hacia los mosqueteros, sobre los que los tres amigos tenían fijos los
ojos como hombres poco
dispuestos a dejarse detener. Con el cardenal eran tres; los mosqueteros, comprendidos
los
lacayos, eran siete; juzgó que la pamida sería muy desigual, que
Athos y sus compañeros
conspiraban realmente; y mediante uno de esos giros rápidos que siempre
tenía a su disposición,
toda su cólera se fundió en una sonrisa.
-¡Vamos, vamos! -dijo-. Sois jóvenes valientes, orgullosos a plena
luz, fieles en la oscuridad; no
hay mal alguno en vigilar sobre uno mismo cuando se vigila tan bien sobre los
demás; señores,
no he olvidado la noche en que me servisteis de escolta para it al Colombier-Rouge;
si hubiera
algún peligro que temer en la ruta que voy a seguir os rogaría
que me acompañaseis; pero como
no lo hay, permaneced donde estáis, acabad vuestras botellas, vuestra
partida y vuestra carta.
Adiós, señores.
Y volviendo a montar en su caballo, que Cahusac le había traído,
los saludó con la mano y se
alejó.
Los cuatro jóvenes, de pie a inmóviles, lo siguieron con los ojos
sin decir una sola palabra
hasta que hubo desaparecido.
Luego se miraron.
Todos tenían el rostro consternado, porque pese al adiós amistoso
de Su Eminencia
comprendían que el cardenal se iba con la rabia en el corazón.
Sólo Athos sonreía con sonrisa potente y desdeñosa. Cuando
el cardenal estuvo fuera del
alcance de la voz y de la vista:
-¡Ese Grimaud ha gritado muy tarde! -dijo Porthos, que tenia muchas ganas
