Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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no reconocerlo por uno de nuestros compañeros, dejaba it hacia otra parte su mirada profunda y
su vasto pensamiento.
Cierto día en que, roído por un hastío mortal, sin esperanza en las negociaciones con la ciudad,
sin nuevas de Inglaterra, el cardenal había salido sin más objeto que salir, acompañado
solamente de Cahu sac y de La Houdinière, costeando las playas arenosas y mezclando la
inmensidad de sus sueños a la inmensidad del océano, llegó al paso de su caballo a una colina
desde cuya altura percibió detrás de un seto, tumbados sobre la arena y tomando de paso uno
de esos rayos de sol tan raros en esa época del año, a siete hombres rodeados de botellas
vacías. Cuatro de esos hombres eran nuestros mosqueteros disponiéndose a escuchar la lectura
de una carta que uno de ellos acababa de recibir. Esta carta era tan importante que había hecho
abandonar sobre un tambor cartas y dados.
Los otros tres se ocupaban en destapar una damajuana de vino de Collioure; eran los lacayos
de aquellos señores.
Como hemos dicho, el cardenal estaba de sombrío humor, y nada, cuando se encontraba en
esa situación de espíritu, redoblaba tanto su desabrimiento como la alegría de los demás. Por
otro lado, tenía una preocupación extraña: era creer que las causas mismas de su tristeza
excitaban la alegría de los extraños. Haciendo seña a La Houdinière y a Cahusac de detenerse,
descendió de su caballo y se aproximó a aquellos reidores sospechosos, esperando que con la
ayuda de la arena que apagaba sus pasos, y del seto que ocultaba su marcha, podría oír algunas
palabras de aquella conversación que tan interesante parecía; a diez pasos del seto solamente
reconoció el parloteo gascón de D'Artagnan, y como ya sabía que aquellos hombres eran
mosquete ros, no dudó que los otros tres fueran aquellos que llamaban los inseparables, es decir,
Athos, Porthos y Aramis.
Júzguese si su deseo de oír la conversación aumentó con este descubrimiento; sus ojos
adoptaron una expresión extraña, y con paso de ocelote avanzó hacia el seto; pero aún no había
podido coger más que sílabas vagas y sin ningún sentido positivo cuando un grito sonoro y breve
lo hizo estremecerse y atrajo la atención de los mosqueteros.
-¡Oficial! -gritó Grimaud. -Habláis en mi opinión de forma rara -dijo Athos alzándose sobre un codo y fascinando a
Grimaud con su mirada resplandeciente.
Por eso Grimaud no añadió ni una palabra, contentándose con te ner el dedo índice en la
dirección del seto y denunciando con este gesto al cardenal y a su escolta.
De un solo salto los cuatro mosqueteros estuvieron en pie y saludaron con respeto.
El cardenal parecía furioso.
-Parece que los señores mosqueteros se hacen cuidar -dijo-. ¿Acaso vienen los ingleses por
tierra? ¿O no será que los mosqueteros se consideran oficiales superiores?
-Monseñor -respondió Athos, porque en medio del terror general sólo él había conservado
aquella calma y aquella sangre fría de gran señor que no lo abandonaban nunca-, Monseñor, los
mosqueteros, cuando no están de servicio o cuando su servicio ha terminado, beben y juegan a
los dados, y son oficiales muy superiores para sus lacayos.
-¡Lacayos! -masculló el cardenal-. Lacayos que tienen la orden de advertir a sus amos cuando
pasa alguien no son lacayos, son centinelas.
-Su Eminencia ve, sin embargo, que si no hubiéramos tomado esta precaución, nos habríamos
expuesto a dejarle pasar sin presentarle nuestros respetos y ofrecerle nuestra gratitud por la
gracia que nos ha hecho de reunirnos. D'Artagnan -continuó Athos-, vos que hace un momento
pedíais esta ocasión de expresar vuestra gratitud a Monseñor, hela aquí, aprovechadla.
Estas palabras fueron pronunciadas con aquella flema imperturbable que distinguía a Athos en
las horas de peligro, y con aquella excesiva cortesía que hacía de él en ciertos momentos un rey
más majestuo so que los reyes de nacimiento.
D'Artagnan se acercó y balbuceó algunas palabras de gratitud, que pronto expiraron bajo la
mirada ensombrecida del cardenal.
-No importa, señores -continuó el cardenal, al parecer por nada del mundo apartado de su
intención primera por el incidente que Athos había suscitado-; no importa, señores, no me gusta
que simples sol dados, porque tienen la ventaja de servir en un cuerpo privilegiado, hagan de
esta forma los grandes señores, y la disciplina es la misma para ellos que para todo el mundo.
Athos dejó al cardenal acabar completamente su frase e, inclinándose en señal de


 

 
 

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