Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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El cardenal no podia apartar de su espíritu el temor en que le arrojaba su terrible emisaria,
porque también él había comprendido las proposiciones extrañas de esta mujer, tan pronto
serpiente como león. ¿Lo había traicionado? ¿Estaba muerta? En cualquier caso la conocía lo bas-
tante como para saber que actuando a su favor o contra él, amiga o enemiga, ella no permanecía
inmóvil sin grandes impedimentos. Esto era lo que no podía saber.
Por lo demás, contaba, y con razón, con Milady: había adivinado en el pasado de esta mujer
esas cosas terribles que sólo su capa roja podía cubrir; y sentía que por una causa o por otra,
esta mujer le era adicta, al no poder encontrar sino en él un apoyo superior al peligro que la
amenazaba.
Resolvió, por tanto, hacer la guerra completamente solo y no esperar cualquier éxito extraño
más que como se espera una suerte afortunada. Continuó haciendo elevar el famoso dique que
debía hacer padecer hambre a La Rochelle; mientras tanto, puso los ojos sobre aquella
desgraciada ciudad que encerraba tanta miseria profunda y tantas virtudes heroicas y,
acordándose de la frase de Luis XI, su predecesor politico como él era predecesor de
Robespierre, murmuró esta máxima del compadre de Tristán: «Dividir para reinar.»
Enrique IV, al asediar Paris, hacía arrojar por encima de las murallas pan y víveres; el cardenal
hizo arrojar pequeños billetes en los que manifestaba a los rochelleses cuán injusta, egoísta y
bárbara era la conducta de sus jefes; estos jefes tenían trigo en abundancia, y no lo compartían;
adoptaban la máxima, porque también ellos tenían máximas, de que poco importaba que las
mujeres, los niños y los viejos muriesen, con tal que los hombres que debían defender sus
murallas siguiesen fuertes y con buena salud. Hasta entonces, bien por adhesión, bien por
impotencia para reaccionar contra ella, esta máxima, sin ser generalmene adoptada, pasaba, sin
embargo, de la teoría a la práctica; pero los billetes vinieron a atentar contra ella. Los billetes re-
cordaban a los hombres que aquellos hijos, aquellas mujeres, aquellos viejos a los que se dejaba
morir eran sus hijos, sus esposas y sus padres; que sería más justo que todos fueran reducidos a
la miseria co mún, a fin de que una misma posición hiciera adoptar resoluciones unánimes.
Estos billetes causaron todo el efecto que podia esperar quien los había escrito, dado que
decidieron a un gran número de habitantes a iniciar negociaciones particulares con el ejército
real.
Pero en el momento en que el cardenal veía fructificar ya su medio y se aplaudía por haberlo
puesto en práctica, un habitante de La Rochelle, que había podido pasar a través de las líneas
reales, Dios sabe cómo, pues tanta era la vigilancia de Bossompierre, de Schomberg y del duque
de Angulema, vigilados ellos mismos por el cardenal, un habita nte de La Rochelle, decíamos,
entró en la ciudad procedente de Porstmouth y diciendo que había visto una flota magnífica
dispuesta a hacerse a la vela antes de ocho días. Además, Buckingham anunciaba al alcalde que
por fin iba a declararse la gran lucha contra Francia, y que el reino iba a ser invadido a la vez por
los ejércitos ingleses, imperiales y españoles. Esta carta fue leída públicamente en todas las pla- zas, se pegaron copias en las esquinas de las calles y los mismos que habían comenzado a iniciar
las negociaciones las interrumpieron, resueltos a esperar este socorro tan pomposamente
anunciado.
Esta circunstancia inesperada devolvió a Richelieu sus inquietudes primeras, y lo forzó a pesar
suyo a volver nuevamente los ojos hacia el otro lado del mar.
Durante este tiempo, libre de las inquietudes de su único y verdadero jefe, el ejército real
llevaba una existencia alegre; los víveres no faltaban en el campamento, ni tampoco el dinero;
todos los cuerpos rivalizaban en audacia y alegría. Coger espías y colgarlos, hacer expediciones
audaces sobre el dique o por el mar, imaginar locuras, ponerlas en práctica, tal era el pasatiempo
que hacía encontrar cortos al ejército aquellos días tan largos no sólo para los rochelleses roídos
por el hambre y la ansiedad, sino incluso por el cardenal que los bloqueaba con tanto ardor.
A veces, cuando el cardenal, siempre cabalgando como el último gendarme del ejército,
paseaba su mirada pensativa sobre las obras, tan lentas a gusto de su deseo, que alzaban por
orden suya los ingenieros que había hecho venir de todos los rincones de Francia, encontraba
algún mosquetero de la compaña de Tréville, se acercaba a él, lo miraba de forma singular y al


 

 
 

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