hacerle el honor de dirigirle la
palabra.
-Basta, milord, he jurado.
-Y ahora, señora, tratad de hacer la paz con Dios, porque estáis
juzgada por los hombres.
Milady dejó caer su cabeza como si se hubiera sentido aplastada por este
juicio. Lord de Winter
salió haciendo un gesto a Felton, que salió tras él y cerró
la puerta.
Un instante después se oía en el corredor el paso pesado de un
soldado de marina que hacía
de centinela, el hacha a la cintura y el mosquete en la mano.
Milady permaneció durante algunos minutos en la misma posición,
porque pensó que se la
vigilaba por la cerradura; luego, lentamente, alzó su cabeza, que había
recuperado una expresión
formidable de amenaza y desafío, corrió a escuchar a la puerta,
miró por la ventana y volviendo
a enterrarse en un amplio sillón, pensó.
Capítulo LI
Oficial
Entre tanto, el cardenal esperaba nuevas de Inglaterra, pero ninguna nueva llegaba,
ni siquiera
enfadosa y amenazadora.
Aunque La Rochelle estuviera bloqueada, por cierto que pudiera parecer el éxito
gracias a las
precauciones tomadas y sobre todo al dique que no dejaba ya penetrar ningún
barco en la
ciudad asediada, sin embargo el bloqueo podia durar mucho tiempo todavía;
y era una gran
afrenta para las armas del rey y una gran molestia para el señor cardenal,
que ya no tenía, por
cierto, que malquistar a Luis XIII con Ana de Austria, ya estaba hecho, sino
conciliar al señor de
Bassompierre, que estaba malquistado con el duque de Angulema.
En cuanto a Monsieur, que había comenzado el asedio, dejaba al cardenal
el cuidado de
acabarlo.
La ciudad, pese a la increíble perseverancia de su alcalde, había
intentado una especie de
motín para rendirse; el alcalde había hecho colgar a los amotinados.
Esta ejecución calmó a las
peores cabezas, que entonces se decidieron a dejarse morir de hambre. Esta muerte
les parecía
siempre más lenta y menos segura que morir por estrangulamiento.
Por su parte, de vez en cuando, los sitiadores cogían mensajeros que
los rochelleses enviaban
a Buckingham, o espías que Buckingham enviaba a los rochelleses. En uno
y otro caso el proceso
se hacía deprisa. El señor cardenal decía esta sola palabra:
¡Colgadlo! Se invitaba al rey a ver el
ahorcamiento. El rey venía lánguidamente, se ponía en primera
fila para ver la operación en
todos sus detalles: esto le distraía siempre algo y le hacía tomar
el asedio con paciencia, pero no
le impedía aburrirse mucho ni hablar en todo momento de volver a Paris,
de suerte que, si
hubieran faltado mensajeros y espías, Su Eminencia, a pesar de toda su
imaginación, se habría
encontrado en muchos apuros.
No obstante el paso del tiempo, los rochelleses no se rendían: el último
espía que se había
cogido era portador de una carta. Esta carta decía a Buckingham que la
ciudad estaba en las
últimas; pero en lugar de añadir: «Si vuestro socorro no
llega antes de quince días, nos rendi-
remos», añadía siempre: «Si vuestro socorro no llega
antes de quince días, habremos muerto
todos de hambre cuando llegue».
Los rochelleses no tenían, pues, esperanza más que en Buckingham.
Buckingham era su
Mesías. Era evidente que si un día se enteraban con certeza de
que no había que contar ya con
Buckingham, con la esperanza caería su valor.
El cardenal esperaba, por tanto, con gran impaciencia las nuevas de Inglaterra
que debían
anunciar que Buckingham no vendría.
El tema de apoderarse de la ciudad a viva fuerza, debatido con frecuencia en
el consejo real,
había sido descartado siempre; en primer lugar, La Rochelle parecía
inconquistable, pues el
cardenal, dijera lo que dijera, sabía de sobra que el horror de la sangre
derramada en este
encuentro, en que franceses debían combatir contra franceses, era un
movimiento retrógrado de
sesenta años impreso en la política, y el cardenal era en aquella
época lo que hoy se denomina
un hombre de progreso. En efecto, el saco de La Rochelle, el asesinato de tres
mil o cuatro mil
hugonotes que se habrían hecho matar se parecía demasiado, en
1628, a la matanza de San
Bartolomé en 1572; y, además, por encima de todo esto, este medio
extremo, que nada
repugnaba al rey, buen católico, venía a estrellarse siempre contra
este argumento de los
generales sitiadores: La Rochelle era inconquistable de otro modo que por el
hambre.
