más que por el goce infinito y supremo de hacerlo? Mirad: os aseguro
que si la memoria de mi
hermano no fuera sagrada iríais a pudriros en un calabozo del Estado
o a saciar en Tyburn la
curiosidad de los marineros; me callaré, pero vos soportaréis
tranquilamente vuestra cautividad;
dentro de quince o veinte días parto para La Rochelle con el ejército;
pero la víspera de mi
partida vendrá a recogeros un bajel, que yo veré partir y que
os conducirá a nuestras colonias
del Sur; y estad tranquila, os uniré un compañero que os levantará
la tapa de los sesos a la
primera tentativa que arriesguéis por volver a Inglaterra, o al continente.
Milady escuchaba con una atención que dilataba sus ojos llenos de llamas.
-Sí, pero hasta entonces -continuó lord de Winter- permaneceréis
en este castillo: los muros
son espesos, las puertas son fuertes, los barrotes son sólidos; además,
vuestra ventana da a pico
sobre el mar; los hombres de mi séquito, que me son fieles en la vida
y en la muerte, montan
guardia en torno a esta habitación, y vigilan todos los pasajes que conducen
al patio; y llegada al
patio, os quedarían aún tres verjas que atravesar. La consigna
es precisa: un paso, un gesto, una
palabra que simule una evasión, y dispararán sobre vos; si os
matan, la justicia inglesa tendrá,
como espero, alguna obligación conmigo por haberle ahorrado la tarea.
¡Ah! Vuestros trazos
recuperan la calma, vuestro rostro reencuentra su seguridad. Quince días,
veinte días, decís,
¡bah!; de aquí a entonces, tengo el genio inventivo, me vendrá
alguna idea; tengo el espíritu
infernal y encontraré alguna víctima. De aquí a quince
días, os decís, estaré fuera de aquí. ¡Ah,
ah! Intentadio.
Viéndose adivinada, Milady se hundió las uñas en la carne
para domar todo movimiento que
pudiera dar a su fisonomía una significación cualquiera distinta
a la de la angustia.
Lord de Winter continuó:
-El oficial que manda aquí en mi ausencia -ya lo habéis visto
y lo conocéis- sabe, como veis,
observar una consigna, porque, os conozco, vos no habéis venido desde
Portsmouth aquí sin
haber tratado de hablarle. ¿Qué decís a eso? ¿Habría
sido más impasible y muda una estatua de
mármol? Habéis ensayado ya el poder de vuestras seducciones sobre
muchos hombres, y
desgraciadamente habéis triunfado siem pre; pero ensayadlo con éste,
diantre; si lo conseguís, os
declaro el mismo demonio.
Fue hacia la puerta y la abrió bruscamente.
-¡Qué llamen al señor Felton! -dijo-. Esperad un instante,
voy a recomendaros a él.
Entre los dos personajes se hizo un silencio extraño, durante el cual
se oyó el ruido de un paso
lento y regular que se acercaba; al punto, en la sombra del corredor se vio
dibujarse una forma
humana, y el jo ven teniente con el que ya hemos trabado conocimiento se detuvo
en el umbral,
esperando las órdenes del barón.
-Entrad, mi querido John -dijo lord de Winter-, entrad y cerrad la puerta.
El joven oficial entró.
-Ahora -dijo el barón-, mirad a esta mujer: es joven, es bella, tiene
todas las seducciones de la
tierra; pues bien, es un monstruo que a sus veinticinco años se ha hecho
culpable de tantos
crímenes como podáis leer en un año en los archivos de
nuestros tribunales; su voz habla en su
favor, su belleza sirve de cebo a las víctimas, su cuerpo mismo paga
lo que ha prometido, es
justicia que hay que hacerle; tratará de seduciros, quizá intente
incluso mataros. Yo os he sacado
de la miseria, Felton, os he hecho nombrar teniente, os he salvado la vida una
vez, ya sabéis en
qué ocasión; soy para vos no sólo un protector, sino un
amigo; no sólo un bienhechor, sino un
padre; esta mujer ha vuelto a Inglaterra a fin de conspirar contra mi vida;
tengo a esta serpiente
entre mis manos; pues bien, os hago llamar y os digo: amigo Felton, John, hijo
mío, guárdame y
sobre todo guárdate de esta mujer; jura por tu salvación que la
conservarás para el castigo que
ha merecido. John Felton, me fío de tu palabra; John Felton, creo en
tu lealtad.
-Milord -dijo el joven oficial, cargando su mirada pura de todo el odio que
pudo encontrar en su
corazón-, milord, os juro que se hará como deseáis.
Milady recibió aquella mirada como víctima resignada: era imposible
ver una expresión más
sumisa y más dulce de la que reinaba entonces sobre su hermoso rostro.
Apenas si el propio lord
de Winter reconoció a la tigresa que un momento antes él se aprestaba
a combatir.
-No saldrá jamás de esta habitación, ¿entendéis,
John? -continuó el barón-. No se carteará con
nadie, no hablará más que con vos, si es que tenéis a bien
