Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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exponíais a los peligros de un mar tan peligroso o al menos tan fatigante en este momento, y he
enviado mi cúter a vuestro encuentro. El resto ya lo sabéis.
Milady comprendió que lord de Winter mentía y quedó más asustada aún.
-Hermano mío -continuó ella-. ¿No es milord Buckingham a quien vi sobre la escollera, por la
noche, al llegar?
-El mismo. ¡Ah! Comprendo que su vista os haya sorprendido -prosiguió lord de Winter-. Vos
venís de un país donde deben ocuparse mucho de él, y sé que su armamento contra Francia
preocupa mucho a vuestro amigo el cardenal.
-¡Mi amigo el cardenal! -exclamó Milady, viendo que tanto so bre este punto como sobre el otro
lord de Winter parecía enterado de todo.
-¿No es, pues, amigo vuestro? -prosiguió negligentemente el barón-. ¡Ah!, perdón, eso creía;
pero ya volveremos a milord duque más tarde, no nos apartemos del giro sentimental que la
conversación había tomado. ¿Venís, a lo que decís, para verme?
-Sí.
-Pues bien, yo os he respondido que seríais servida a placer, y que nos veríamos todos los días.
-¿Debo, por tanto, permanecer eternamente aquí? -preguntó Milady con cierto terror.
-¿Os encontráis mal alojada, hermana mía? Pedid lo que os falte, yo me apresuraré a hacer
que os lo den.
-Pero no tengo ni mis mujeres ni mis criados...
-Tendréis todo eso, señora; decidme en qué tren había montado vuestro primer marido vuestra
casa; aunque yo no sea más que vuestro cuñado, la montaré en un tren parecido.
-¿Mi primer marido? -exclamó Milady mirando a lord de Winter con los ojos pasmados.
-Sí, vuestro marido francés; no hablo de mi hermano. Por lo demás, si lo habéis olvidado, como
aún vive podría escribirle y él me haría llegar informes a este respecto.
Un sudor frío perló la frente de Milady.
-Vos bromeáis -dijo ella con una voz sorda.
-¿Tengo aire de hacerlo? -preguntó el barón levantándose y dando un paso hacia atrás.
-O mejor, me insultáis -continuó ella apretando con sus manos crispadas los dos brazos del
sillón y alzándose sobre sus muñecas.
-¿Yo insultaros? -dijo lord de Winter con desprecio-. En verdad, señora, ¿creéis que es posible?
-En verdad, señor -dijo Milady-, o estáis ebrio o sois un insensato; salid y enviadme una mujer.
-Las mujeres son muy indiscretas, hermana; ¿no podría yo serviros de doncella? De esta forma
todos nuestros secretos quedarían en familia.
-¡Insolente! -exclamó Milady, y, como movida por un resorte, saltó sobre el barón, que la
esperó impasible, pero, sin embargo, con una mano sobre la guarda de su espada.
-¡Eh, eh! -dijo él-. Sé que tenéis costumbre de asesinar a las personas, pero yo me defenderé,
os lo prevengo, aunque sea contra vos. -¡Oh, tenéis razón! -dijo Milady-. ¡Y me dais la impresión de ser lo bastante cobarde como para
poner la mano sobre una mujer!
-Quizá sí; además tendría mi excusa: mi mano no sería la primers mano de hombre que sería
puesta sobre vos, según imagino.
Y el barón indicó con un gesto lento y acusador el hombro izquierdo de Milady, que casi tocó
con el dedo.
Milady lanzó un rugido sordo y retrocedió hasta el ángulo de la habitación como una pantera
que quiere acularse para abalanzarse.
-¡Oh, rugid cuanto queráis! -exclamó lord de Winter-. Pero no tratéis de morderme porque, os
lo advierto, se volvería en perjuicio vues tro; aquí no hay procuradores que arreglen de antemano
las sucesiones, no hay caballero errante que venga a buscarme pelea por la hermosa dama que
retengo prisionera, sino que tengo completamente dispuestos jueces que dispondrán de una
mujer lo bastante desvergonzada para venir a deslizarse, bígama, en el lecho de lord de Winter,
mi hermano mayor, y estos jueces, os lo advierto, os enviarán a un verdugo que os pondrán los
dos hombros parejos.
Los ojos de Milady lanzaban tales destellos que, aunque él fuera hombre y armado ante una
mujer desarmada, sintió el frío del miedo deslizarse hasta el fondo de su alma; no por ello dejó
de continuar, con un furor creciente:
-Sí, comprendo, después de haber heredado de mi hermano, os habría sido dulce heredar de
mí; pero, sabedlo de antemano, podéis matarme o hacerme matar, mis precauciones están
tomadas, ni un penique de cuanto poseo pasará a vuestras manos. ¿No sois lo bastante rica, vos,
que poseéis cerca de un millón, y no podéis deteneros en vuestro camino fatal si no hacéis el mal


 

 
 

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