Buckingham podia haber adivinado que era ella quien había cortado los
dos herretes, y vengarse
de aquella pequeña traición; pero Buckingham era incapaz de entregarse
a ningún exceso contra
una mujer, sobre todo si suponía que aquella mujer ha bía actuado
movida por un sentimiento de
celos.
Esta suposición le pareció la más probable; creyó
que querían ven garse del pasado y no ir al
encuentro del futuro. Sin embargo, y en cualquier caso, se congratuló
de haber caído en manos
de su cuñado, de quien contaba sacar provecho, antes que entre las de
un enemigo directo a
inteligente.
-Sí, hablemos, hermano mío -dijo ella con una especie de jovialidad,
decidida como estaba a
sacar de la conversación, pese al disi mulo que pudiera aportar a ella
lord de Winter, las
aclaraciones que necesitaba para regular su conducta futura.
-¿Os habéis, pues, decidido a volver a Inglaterra -dijo lord
de Winter-, a pesar de la resolución
que tan a menudo me manifestasteis en Paris de no volver a poner los pies sobre
territorio de
Gran Bretaña?
Milady respondió a una pregunta con otra pregunta.
-Ante todo - dijo ella-, decidme cómo me habéis hecho espiar tan
severamente para estar
prevenidos de antemano no sólo de mi llegada, sino aun del día,
de la hora y del puerto al que
llegaba.
Lord de Winter adoptó la misma táctica que Milady, pensando que,
puesto que su cuñada la
empleaba, ésa debía ser la buena.
-Mas, decidme vos, mi querida hermana - prosiguió-, qué ve nís
a hacer en Inglaterra.
-Pero si vengo a veros -prosiguió Milady, sin saber cuánto agravaba,
con esta respuesta, las
sospechas que había hecho nacer en el espíritu de su cuñado
la carta de D'Artagnan, y queriendo
sólo captar la benevolencia de su oyente con una mentira.
-¡Ah! ¿Verme? -dijo tímidamente lord de Winter.
-Claro, veros. ¿Qué hay de sorprendente en ello ?
-Y al venir a Inglaterra, ¿no habéis tenido otro objetivo que
verme?
-No.
-¿O sea, que sólo por mí os habéis tomado la molestia
de atrave sar la Mancha?
-Sólo por vos.
-¡Vaya! ¡Cuánta ternura, hermana mía!
-¿No soy acaso vuestro pariente más próximo? -preguntó
Milady con el tono de ingenuidad
más conmovedora.
-E incluso mi única heredera, ¿no es eso? -dijo a su vez lord
de Winter, fijando sus ojos sobre
los de Milady.
Por mucho que fuera el poder que tuviera sobre sí misma, Milady no pudo
impedir
estremecerse, y como al pronunciar las últimas palabras que había
dicho, lord de Winter había
puesto la mano en el brazo de su hermana, ese estremecimiento no se le escapó.
En efecto, el golpe era directo y profundo. La primera idea que vino al espíritu
de Milady fue
que había sido traicionada por Ketty, y que ésta le había
contado al barón esa aversión
interesada cuya señal había dejado escapar imprudentemente ante
su criada; recordó también la
salida furiosa a imprudente que había hecho contra D'Artagnan cuando
había salvado la vida de
su cuñado.
-No comprendo, milord -dijo ella para ganar tiempo y hacer hablar a su adversario-.
¿Qué
queréis decir? ¿Y hay algún sentido desconocido oculto
en vuestras palabras?
-¡Oh, Dios mío! No -dijo lord de Winter con aparente bondad-. Vos
tenéis el deseo de verme, y
venís a Inglaterra. Yo me entero de ese deseo, o mejor, sospecho que
lo sentís, y a fin de
ahorraros todas las molestias de una llegada nocturna a un puerto, todas las
fatigas de un
desembarco, envío a uno de mis oficiales a vuestro encuentro; pongo un
coche a sus órdenes y
él os trae aquí, a este castillo, del que soy gobernador, al que
vengo todos los días, y en el que,
para que nuestro doble deseo de veros quede satisfecho, os hago preparar una
habitación. ¿Hay
algo en cuanto digo más sorprenderte de lo que hay en cuanto vos me habéis
dicho?
-No, lo que encuentro sorprendente es que vos hayáis sido prevenido de
mi llegada.
-Sin embargo es la cosa más simple, querida hermana: ¿no habéis
visto que el capitán de
vuestro pequeño navío había enviado por delante, al entrar
en la rada, para obtener su entrada
al puerto, un pequeño bote portador de su libro de corredera y de su
registro de tripulación? Yo
soy comandante del puerto, me han traído ese libro, he reconocido en
él vuestro nombre. Mi
corazón me ha dicho lo que acababa de confiarme vuestra boca, es decir,
el motivo por el que os
