cerrojos exteriores de la puerta decidían la causa en favor de la prisión.
Por un instante, toda la fuerza de ánimo de esta criatura, templada sin
embargo en las fuentes
más vigorosas, la abandonó; cayó en un sillón, cruzando
los brazos, bajando la cabeza y
esperando a cada instante ver entrar a un juez para interrogarla.
Pero nadie entró, sino dos o tres soldados de marina que trajeron los
baúles y las cajas, los
depositaron en un rincón y se retiraron sin decir nada.
El oficial presidía todos estos detalles con la misma calma que constantemente
le había visto
Milady, sin pronunciar una palabra y haciéndose obedecer con un gesto
de su mano o a un toque
de silbato.
Se hubiera dicho que entre este hombre y sus inferiores la lengua hablada no
existía o
resultaba inútil.
Finalmente Milady no se pudo contener por más tiempo y rompió
el silencio.
-En nombre del cielo, señor -exclamó-, ¿qué quiere
decir todo cuanto pasa? Aclarad mis
irresoluciones; te ngo valor para cualquier peligro que preveo, para cualquier
desgracia que
comprendo. ¿Dónde estoy y qué soy aqu? Si estoy libre,
¿por qué esos barrotes y esas puer tas?
Si estoy prisionera, ¿qué crimen he cometido?
-Estáis aquí en la habitación que se os ha destinado, señora.
He recibido la orden de ir a
recogeros en el mar y conduciros a este castillo; creo haber cumplido esta orden
con toda la
rigidez de un soldado, pero también con toda la cortesía de un
gentilhombre. Ahí termina, al
menos hasta el presente, la carga que tenía que cumplir junto a vos,
lo demás concierne a otra
persona.
-Y esa otra persona, ¿quién es? -preguntó Milady-. ¿No
podéis decirme su nombre?...
En aquel momento se oyó por las escaleras un gran rumor de espuelas;
algunas voces pasaron
y se apagaron, y el ruido de un paso aislado se acercó a la puerta.
-Esa persona, hela aquí, señora -dijo el oficial descubriendo
el pasaje y colocándose en actitud
de respeto y sumisión.
Al mismo tiempo se abrió la puerta: un hombre apareció en el umbral...
Estaba sin sombrero, llevaba la espada al costado y estrujaba un pañuelo
entre sus dedos.
Milady creyó reconocer a aquella sombra en la sombra; se apoyó
con una mano en el brazo de
su sillón y adelantó la cabeza como para ir por delante de una
certidumbre.
Entonces el extraño avanzó lentamente; y a medida que avanzaba
al entrar en el círculo de luz
proyectado por la lámpara, Milady retrocedía involuntariamente.
Luego, cuando ya no tuvo ninguna duda:
-¡Cómo! ¡Mi hermano! -exclamó en el colmo del es tupor-.
¿Sois vos?
-Sí, hermosa dama -respondió lord de Winter haciendo un saludo
mitad cortés, mitad irónico-,
yo mismo.
-Pero, entonces, ¿este castillo?
-Es mío.
-¿Esta habitación?
-Es la vuestra.
-¿Soy, pues, vuestra prisionera?
-Más o menos.
-¡Pero esto es un horrendo abuso de fuerza!
-Nada de grandes palabras; sentémonos y hablemos tranquilamente, como
conviene hacer
entre un hermano y una hermana.
Luego, volviéndose hacia la puerta, y viendo que el joven oficial esperaba
sus últimas órdenes:
-Está bien -dijo-, gracias; ahora, dejadnos, señor Felton.
Capítulo L
Charla de un hermano con su hermana
Durante el tiempo que lord de Winter tardó en cerrar la puerta, en echar
un cerrojo y acercar
un asiento al sillón de su cuñada Milady, pensativa, hundió
su mirada en las profundidades de la
posibilidad, y descubrió toda la trama que ni siquiera había podido
entrever mientras ignoró en
qué manos había caído. Tenía a su cuñado
por un buen gentilhombre, cabal cazador, jugador
intrépido, emprendedor con las mujeres, pero de fuerza inferior a la
suya tratándose de intriga.
¿Cómo había podido descubrir su llegada? ¿Cómo
hacerla prender? ¿Por qué la retenía?
Athos le había dicho algunas palabras que probaban que la conver sación
que había mantenido
con el cardenal había caído en oídos extraños; pero
no podía admitir que él hubiera podido cavar
una contramina tan pronta y tan audaz.
Temió más bien que sus precedentes operaciones en Inglaterra hu
bieran sido descubiertas.
