Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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materia de reflexión; por eso, al ver
que el joven oficial no parecía dispuesto en modo alguno a trabar conversación, se acodó en un
ángulo del coche pasó revista una tras otra a todas las suposiciones que se presenta an a su
espíritu. Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora, extrañada de la largura del camino, se inclinó hacia
la portezuela para ver adónde se la conducía. No se percibían ya casas; en las tinieblas,
aparecían los árboles como grandes fantasmas negros recorriendo uno tras otro.
Milady se estremeció.
-Pero ya no estamos en la ciudad, señor -dijo.
El joven guardó silencio.
-No seguiré más lejos si no me decís adónde me conducís; ¡os lo prevengo, señor!
Esta amenaza no obtuvo ninguna respuesta.
-¡Oh, esto es demasiado! -exclamó Milady-. ¡Socorro! ¡Socorro!
Ninguna voz respondió a la suya, el coche continuo rodando con rapidez; el oficial parecía una
estatua.
Milady miró al oficial con una de esas expresiones terribles, peculiares de su rostro y que
raramente dejaban de causar su efecto; la colera hacía centellear sus ojos en la sombra.
El joven permaneció impasible.
Milady quiso ábrir la portezuela y tirarse.
-Tened cuidado, señora -dijo fríamente el joven-; si saltáis os mataréis.
Milady volvió a sentarse echando espuma; el oficial se inclinó, la miró a su vez y pareció
sorprendido al ver aquel rostro, tan bello no hacía mucho, trastornado por la rabia y vuelto casi
repelente. La astuta criatura comprendió que se perdía al dejar ver así en su alma; volvió a
serenar sus rasgos, y con una voz gimente dijo:
-En nombre del cielo, señor, decidme si es a vos, a vuestro gobierno, o a un enemigo al que
debo atribuir la violencia que se me hace.
-No se os hace ninguna violencia, señora, y lo que os sucede es el resultado de una medida
totalmente simple que estamos obligados a tomar con todos aquellos que desembarcan en
Inglaterra.
-Entonces, ¿vos no me conocéis, señor?
-Es la primera vez que tengo el honor de veros.
-Y, por vuestro honor, ¿no tenéis ningún motivo de odio contra mí?
-Ninguno, os lo juro.
Había tanta serenidad, tanta sangre fría, dulzura incluso en la voz del joven, que Milady quedó
tranquilizada.
Finalmente, tras una hora de marcha aproximadamente, el coche se detuvo ante una verja de
hierro que cerraba un camino encajonado que conducía a un castillo severo de forma, macizo y
aislado. Entonces, como las ruedas rodaban sobre arena fina, Milady oyó un vasto mugido que
reconoció por el ruido del mar que viene a romper sobre una costa escarpada.
El coche pasó bajo dos bóvedas, y finalmente se detuvo en un patio sombrío y cuadrado; casi
al punto la portezuela del coche se abrió, el joven saltó ágilmente a tierra y presentó su mano a
Milady, que se apoyó en ella y descendió a su vez con bastante calma.
-Lo cierto es -dijo Milady mirando en torno suyo y volviendo sus ojos sobre el joven oficial con
la más graciosa sonrisa- que estoy prisionera; pero no será por mucho tiempo, estoy segura
-añadió-; mi conciencia y vuestra cortesía, señor, son garantías de ello.
Por halagador que fuese el cumplido, el ficial no respondió nada; pero sacando de su cintura
un pequeño silbato de plata semejante a aquel de que se sirven los contramaestres en los navíos de guerra, silbó tres veces, con tres modulaciones diferentes; entonces aparecieron varios
hombres, desengancharon los caballos humeantes y llevaron el coche bajo el cobertizo.
Luego, el oficial, siempre con la misma cortesía calma, invitó a su prisionera a entrar en la
casa. Esta, siempre con su mismo rostro son riente, le tomó el brazo y entró con él bajo una
puerta baja y cimbrada que por una bóveda sólo iluminada al fondo conducía a una escalera de
piedra que giraba en torno de una arista de piedra; luego se detu vieron ante una puerta maciza
que, tras la introducción en la cerradura de una llave que el joven llevaba consigo, giró
pesadamente sobre sus goznes y dio entrada a la habitación destinada a Milady.
De una sola mirada la prisionera abarcó la habitación en sus menores detalles.
Era una habitación cuyo moblaje era al mismo tiempo muy limpio para una prisión y muy
severo para una habitación de hombre libre; sin embargo, los barrotes en las ventanas y los


 

 
 

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