capitán satisfizo sin duda, y sin dificultad. Entonces el official comenzó
a pasar revista de todas
las personas una tras otra y, deteniéndose en Milady, la consideró
con gran cuidado, pero sin
dirigirle una sola palabra.
Luego volvió al capitán, le dijo aún unas palabras; y como
si fuera a él a quien en adelante el
navío debiera obedecer, ordenó una manio bra que la tripulación
ejecutó al punto. Entonces el
navío se puso en marcha, siempre escoltado por el pequeño cúter,
que bogaba borda con borda
-a su lado, amenazando su flanco con la boca de sus seis cañones; mientras,
la barca seguía la
estela del navío, débil punto junto a la enorme masa.
Durante el examen que el oficial había hecho de Milady, Milady, como
se supondrá, lo había
devorado por su parte con la mirada. Mas, sea el que fuere el hábito
que esta mujer de ojos de
llama tuviera de leer en el corazón de aquellos cuyos secretos necesitaba
adivinar, esta vez
encontró un rostro de una impasibilidad tal que ningún descubri
miento siguió a su investigación.
El official, que se había detenido ante ella y que sigilosamente la había
estudiado con tanto
cuidado, podía tener entre veinticinco y ventiséis años;
era blanco de rostro, con ojos ; azul claro
algo sumidos; su boca, fina y bien dibujada, permanecía inmóvil
en sus líneas correctas; su
mentón, vigorosamente acusado, de notaba esa fuerza de voluntad que en
el tipo vulgar
británico no es ordinariamente más que cabezonería; una
frente algo huidiza, como conviene a
los poetas, a los entusiastas y a los soldados, estaba apenas sombreada por
una cabellera corta y
rala que, como la barba que cubría la parte baja de su rostro, era de
un hermoso color castaño
oscuro.
Cuando entraron en el puerto era ya de noche. La bruma espesaba aún más
la oscuridad y
formaba en torno de los fanales y de las linternas de las escolleras un círculo
semejante al que
rodea la luna cuando el tiempo amenaza con volverse lluvioso. El aire que se
respiraba era triste,
húmedo y frío.
Milady, aquella mujer tan fuerte, se sentía tiritar a pesar suyo.
El official se hizo indicar los bultos de Milady, hizo llevar su equipaje al
bote, y una vez que
estuvo hecha esta operación, la invitó a ella misma tendiéndole
su mano.
-¿Quién sois, señor -preguntó ella-, que habéis
tenido la bondad de ocuparos tan
particularmente de mí?
-Debéis saberlo, señora, por mi uniforme; soy oficial de la marina
inglesa -respondió el joven.
-Pero ¿es costumbre que los oficiales de la marina inglesa se pongan
a las órdenes de sus
compatriotas cuando llegan a un puerto de Gran Bretaña y lleven la galantería
hasta conduciros a
tierra?
-Sí, Milady, es costumbre, no por galantería sino por prudencia,
que en tiempo de guerra los
extranjeros sean conducidos a una hoste ría designada a fin de que queden
bajo la vigilancia del
gobierno hasta una perfecta información sobre ellos.
Estas palabras fueron pronunciadas con la cortesía más puntual
y la calma más perfecta. Sin
embargo, no tuvieron el don de convencer a Milady.
-Pero yo no soy extranjera, señor -dijo ella con el acento más
puro que jamás haya sonado de
Porstmouth a Manchester-, me llamo lady Clarick, y esta medida...
-Esta medida es general, Milady, y trataríais en vano de sustraeros a
ella.
-Entonces os seguiré, señor.
Y aceptando la mano del official, comenzó a descender la escala, a cuyo
extremo le esperaba el
bote. El oficial la siguió: una gran capa estaba extendida a popa, el
official la hizo sentar sobre la
capa y se sentó junto a ella.
-Remad -dijo a los marineros.
Los ocho remos cayeron en el mar, haciendo un solo ruido, golpeando con un solo
golpe, y el
bote pareció volar sobre la superficie del agua.
Al cabo de cinco minutos tocaban tierra.
El oficial saltó al muelle y ofreció la mano a Milady.
Un coche esperaba.
- Es para nosotros este coche? -preguntó Milady.
-Sí, señora -respondió el official.
-La hostería debe estar entonces muy lejos.
-Al otro extremo de la ciudad.
-Vamos -dijo Milady.
Y subió resueltamente al coche.
El oficial veló porque los bultos fueran cuidadosamente atados detrás
de la caja, y, concluida
esta operación, ocupó su sitio junto a Mi lady y cerró
la portezuela.
Al punto, sin que se diese ninguna orden y sin que hubiera necesidad de indicarle
su destino, el
cochero partió al galope y se metió por las calles de la ciudad.
Una recepción tan extraña debía ser para Milady amplia
