Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



otra parte, tenían que guardarse
de su propia seguridad, Milady era un fantasma que cuando se había aparecido una vez a las
personas, no las dejaba ya dormir tranquilas.
La mañana del octavo día, Bazin, fresco como siempre y sonrien do según su costumbre, entró
en la taberna de Parpaillot cuando los cuatro amigos estaban a punto de almorzar, diciendo
según el acuerdo fijado:
-Señor Aramis, aquí está la respuesta de vuestra prima.
Los cuatro amigos intercambiaron una mirada alegre: la mitad de la tarea estaba hecha; cierto
que era la más corta y la más fácil.
Aramis, ruborizándose a pesar suyo, tomó la carta, que era de una escritura grosera y sin
ortografía.
-¡Buen Dios! -exclamó riendo-. Decididamente no lo consegui rá; nunca esa pobre Michon
escribirá como el señor de Voiture.
-¿Qué es lo que quiere tezir esa probe Mijon? -preguntó el suizo, que estaba a punto de hablar
con los cuatro amigos cuando la carta había llegado.
-¡Oh, Dios mío! Nada de nada -dijo Aramis-, una costurerita encantadora a la que amaba
mucho y a la que le he pedido algunas líneas de su puño y letra a manera de recuerdo.
-¡Diozez! - dijo el suizo-. Zi ella ser tan glante como zu ezcritura, tendrez muja fortuna
gamarata.
Aramis leyó la carta y la pasó a Athos.
-Ved, pues, lo que me escribe, Athos -dijo.
Athos lanzó una mirada sobre la epístola, y para hacer desvanecer se todas las sospechas que
hubieran podido nacer, leyó en alta voz:

«Prima mía, mi hermana y yo adivinamos muy bien los sueños, y tenemos incluso un miedo
horroroso por ellos; pero espero que del vuestro pueda decir que todo sueño es mentira. ¡Adiós!
Portaos bien, y haced que de vez en cuando oigamos hablar de voz.

Aglae Michon

¿Y de qué sueño habla ella? -preguntó el dragón que se había a cercado durante la lectura.
-Zí, ¿de qué zueño? -dijo el suizo.
-¡Diantre! -dijo Aramis-. Es muy sencillo: de un sueño que tuve y le conté. -¡Oh!, zí, por Tios; ez muy sencijo de gontar zu zueño; pero yo no zueño jamás.
-Sois muy dichoso -dijo Athos levantándose-. ¡Y me gustaría poder decir lo mismo que vos!
-¡Jamás! -exclamó el suizo, encantado de que un hombre como Athos le envidiase algo-.
¡Jamás! ¡Jamás!
D'Artagnan, viendo que Athos se levantaba, hizo otro tanto, tomó su brazo y salió.
Porthos y Aramis se quedaron para hacer frente a las chirigotas del dragón y del suizo.
En cuanto a Bazin, se fue a acostar sobre un haz de paja; y como tenía más imaginación que el
suizo, soñ que el señor Aramis, vuelto Papa, le tocaba con un capelo de cardenal.
Pero como hemos dicho, Bazin con su feliz retorno no había quitado más que una parte de la
inquietud que aguijoneaba a los cuatro ami gos. Los días de la espera son largos, y D'Artagnan
sobre todo hubieri apostado que ahora los días tenían cuarenta y ocho horas. Olvidaba las
lentitudes obligadas de la navegación, exageraba el poder de Milady. Prestaba a aquella mujer,
que le parecía semejante a un demonio, auxiliares sobrenaturales como ella; al menor ruido se
imaginaba que venían a detenerle y que traían a Planchet para carearlo con él y con sus amigos.
Hay más: su confianza de antaño tan grande en el digno picardo disminuía de día en día. Esta
inquietud era tan grande que ganaba a Porthos y a Aramis. Sólo Athos permanecía impasible
como si ningún peligro se agitara en torno suyo, y como si respirase su atmósfera cotidiana.
El decimosexto día sobre todo estos signos de agitación eran tar visibles en D'Artagnan y sus
dos amigos que no podían quedarse er su sitio, y vagaban como sombras por el camino por el
que debía volver Planchet.
-Realmente -les decía Athos- no sois hombres, sino niños, para que una mujer os cause tan
gran miedo. Después de todo, ¿de qué se trata? ¡De ser encarcelados! De acuerdo, pero nos
sacarán de prisión: de ella ha sido sacada la señora Bonacieux. ¿De sér decapitados: Pero si
todos los días, en la trinchera, vamos alegremente a exponernos a algo peor que eso, porque
una bala puede partirnos una pierna, y estoy convencido de que un cirujano nos hace sufrir más
cortándonos el muslo que un verdugo al cortarnos la cabeza. Estad, por tanto, tranquilos; dentro
de dos horas, de cuatro, de seis a más tardar, Plan chet estará


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission