libras para volver, y Bazin, trescientas libras para ir y trescientas para volver;
esto reducirá la
suma a cinco mil libras; nosotros cogeremos mil libras cada uno para emplearlas
co mo bien nos
parezca, y dejaremos un fon do de mil libras que guardará el abate para
los casos extraordinarios
o para las necesidades comunes. ¿Estáis de acuerdo?
-Mi querido Athos -dijo Aramis-, habláis como Néstor, que era,
como todos sabemos, el más
sabio de los griegos.
-Pues bien, todo resuelto -prosiguió Athos-: Planchet y Bazin partirán;
en última instancia, no
me molesta conservar a Grimaud; está acostumbrado a mis modales, y me
quedo con él, el día
de ayer ha debido baldarle, y ese viaje lo perdería.
Se hizo venir a Planchet y se le dieron las instrucciones; ya había sido
prevenido por
D'Artagnan, que de primeras le había anunciado la gloria, luego el dinero,
después el peligro.
-Llevaré la carta en la bocamanga de mi traje -dijo Planchet-, y la tragaré
si me prenden.
-Pero entonces no podrás hacer el encargo -dijo D'Artagnan.
-Esta noche me daréis una copia, que mañana sabré de memoria.
-¡Y bien! ¿Qué os había dicho?
-Ahora -continuó dirigiéndose a Planchet- tienes ocho días
para llegar junto a lord de Winter,
tienes otros ocho para volver aquí; en total, dieciséis días;
si al dieciseisavo día de tu partida, a
las ocho de la tarde, no has llegado, nada de dinero, aunque sean las ocho y
cinco minutos.
-Entonces, señor -dijo Planchet-, compradme un reloj.
-Toma éste -dijo Athos, dándole el suyo con una generosidad despreocupada-
y sé un valiente
muchacho. Piensa que si hablas, te vas de la lengua y callejeas haces cortar
el cuello a tu amo,
que tiene tanta confianza en tu fidelidad que nos ha respondido de ti. Pero
piensa también que si
por tu culpa le ocurre alguna desgracia a D'Artagnan, te encontraré donde
sea y será para abrirte
el vientre.
-¡Oh señor! -dijo Planchet, humillado por la sospecha y asusta
do sobre todo por el aire
tranquilo del mosquetero.
-Y yo -dijo Porthos haciendo girar sus grandes ojos-, piensa que te desuello
vivo.
-¡Ay, señor!
-Y yo -continuó Aramis con su voz dulce y melodiosa-, piensa que te quemo
a fuego lento
como un salvaje.
-¡Ah, señor!
Y Planchet se puso a llorar; no nos atreveríamos a decir si fue de terror,
debido a las
amenanzas que le hacían o de ternura al ver a los cuatro amigos tan estrechamente
unidos.
D'Artagnan le cogió la mano y lo abrazó.
-¿Ves, Planchet? -le dijo-. Estos señores lo dicen todo eso por
ternura hacia mí, pero en el
fondo lo quieren.
-¡Ay, señor! -dijo Planchet-. O triunfo o me cortan en cuatro;
aunque me
descuarticen, estad
convencido de que ni un solo trozo hablará.
Quedó decidido que Planchet partiría al día siguiente a
las ocho de la mañana a fin de que,
como había dicho, pudiera durante la noche aprenderse la carta de memoria.
Justo a las doce se
llegó a este acuerdo; debía estar de vuelta al decimosexto día,
a las ocho de la tarde.
Por la mañana, en el momento en que iba a montar a caballo, D'Artagnan,
que en el fondo
sentía debilidad por el duque, tomó aparte a Planchet.
-Escucha -le dijo-, cuando hayas entregado la carta a lord de Winter y la haya
leido, le dirás:
«Velad por Su Gracia lord Buckingham, porque lo quieren asesinar.»
Pero esto, Planchet, es tan
grave y tan importante que ni siquiera he querido confesar a mis amigos que
te confiaría este
secreto, y ni por un despacho de capitán querría escribírtelo.
-Estad tranquilo, señor -dijo Planchet-, ya veréis si se puede
contar conmigo.
Y montando sobre un excelente caballo, que debía dejar a veinte leguas
de allí para tomar la
posta, Planchet partió al galope, el corazón algo encogido por
la triple promesa que le habían
hecho los mosquete ros, pero por lo demás en las mejores disposiciones
del mundo.
Bazin partió al día siguiente por la mañana para Tours,
y tuvo ocho días para hacer su
comisión.
Los cuatro amigos, durante toda la duración de estas dos ausen cias,
tenían, como fácilmente
se comprenderá, el ojo en acecho más que nunca, la nariz al viento
y los oídos a la escucha. Sus
jornadas se pasaban tratando de sorprender lo que se decía de acechar
los pasos del cardenal y
de olfatear los correos que llegaban. Más de una vez un estremecimiento
insuperable se apoderó
de ellos cuando se los llamó para algún servicio inesperado. Por
