Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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aquí: ha prometido estar aquí, y
yo tengo grandísima fe ear las promesas de Planchet, que me parece un muchacho muy valiente.
-Pero ¿si no llega? -dijo D'Artagnan.
-Pues bien, si no llega es que se habrá retrasado, eso es todo. Puede haberse caído del caballo,
puede haber hecho una cabriola por encima del puente, puede haber corrido tan deprisa que
haya cogido una fluxión de pecho. Vamos, señores, tengamos en cuenta los acontecimientos. La
vida es un rosario de pequeñas miserias que el filósofo desgrana riendo. Sed filósofos como yo,
señores sentaos a la mesa y be bamos; nada hace parecer el porvenir color de rosa como mirarlo
a través de un vaso de chambertin.
-Eso está muy bien -respondió D'Artagnan-; pero estoy harto de tener que temer, cuando bebo
bebidas frías, que el vino salga de la bodega de Milady.
-¡Qué difícil sois! -dijo Athos-. ¡Una mujer tan bella!
-¡Una mujer de marca! -dijo Porthos con su gruesa risa.
Athos se estremeció, pasó la mano por su frente para enjugarse él sudor y se levantó a su vez
con un movimiento nervioso que no pudo reprimir.
Sin embargo, el día pasó y la noche llegó más lentamente, pero al fin llegó; las cantinas se
llenaron de parroquianos; Athos, que se había embolsado su parte del diamante, no dejaba el Parpaillot. Había encontrado en el señor de Busigny, que por lo demás le había dado una cena
magnífica, un partner digno de él. Jugaban, pues, juntos, como de costumbre, cuando las siete
sonaron: se oyó pasar las patrullas que iban a doblar los puestos; a las siete y media sonó la
retreta.
-Estamos perdidos -dijo D'Artagnan al oído de Athos.
-Queréis decir que hemos perdido -dijo tranquilamente Athos sacando cuatro pistolas de su
bolsillo y arrojándolas sobre la mesa-. Vamos, señores -continuó-, tocan a retreta, vamos a
acostarnos.-
Y Athos salió del Parpaillot seguido de D'Artagnan. Aramis venía detras dando el brazo a
Porthos. Aramis mascullaba versos y Portos se arrancaba de vez en cuando algunos pelos del
mostacho en señal de desesperación.
Pero he aquí que, de pronto en la oscuridad, se dibuja una sombra, cuya forma es familiar a
D'Artagnan, y que una voz muy conocida le dice:
-Señor os traigo vuestra capa, porque hace fresco esta noche.
-¡Planchet! -exclamó D'Artagnan ebrio de alegría.
-¡Planchet! -repitieron Porthos y Aramis.
-Pues claro, Planchet -dijo Athos-. ¿Qué hay de sorprendente en ello? Había prometido estar de
regreso a las ocho, y están dando las ocho. ¡Bravo! Planchet, sois un muchacho de palabra, y si
alguna vez dejáis a vuestro amo, os guardo un puesto a mi servicio.
-¡Oh, no, nunca! - dijo Planchet-. Nunca dejaré al señor D'Ar tagnan!
Al mismo tiempo D'Artagnan sintió que Planchet le deslizaba un billete en la mano.
D'Artagnan tenía grandes deseos de abrazar a Planchet al regreso como lo había abrazado a la
partida; pero tuvo miedo de que esta señal de efusión, dada a su lacayo en plena calle, pareciese
extraordinaria a algún transeúnte, y se contuvo.
-Tengo el billete -dijo a Athos y a sus amigos.
-Está bien -dijo Athos-, entremos en casa y lo leeremos.
El billete ardía en la mano de D'Artagnan; quería acelerar el paso; pero Athos le cogió el brazo
y lo pasó bajo el suyo; y así, el joven tuvo que acompasar su camera a la de su amigo.
Por fin entraron en la tienda, encendieron una lámpara, y mientras Planchet se mantenía en la
puerta para que los cuatro amigos no fueran sorprendidos, D'Artagnan, con una mano
temblorosa, rompió el sello y abrió la carta tan esperada.
Contenía media línea de una escritura completamente británica y de una concisión
completamente espartana:
«Thank you, be easy.»
Lo cual quería decir:
«Gracias, estad tranquilo!»
Athos tomó la carta de manos de D'Artagnan, la aproximó a la lámpara, la prendió fuego y no
la soltó hasta que no quedó reducida a cenizas.
Luego, llamando a Planchet:
-Ahora, muchacho, puedes reclamar tus setecientas libras, mas no arriesgabas gran cosa con
un billete como éste.
-No será por falta de haber inventad o muchos medios para guardarlo -dijo Planchet.
-Y bien -dijo D'Artagnan- cuéntanos eso. -Maldición, es muy largo, señor.
-Tienes razón, Planchet -dijo Athos-; además la retreta ha sonado, y nos haríamos notar
conservando la luz más tiempo que los demás.
-Sea -dijo D'Artagnan-, acostémonos. Duerme bien, Planchet.
-A fe, señor, que será la primera vez en dieciséis días.


 

 
 

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