Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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lo están apuntando?
-Ya lo veo, lo veo -dijo Athos-, pero son burgueses que disparan muy mal, y que se libren de
tocarme.
En efecto, en aquel mismo instante cuatro disparos de fusil salieron y las balas vinieron a
estrellarse junto a Athos, pero sin que una sola lo tocase.
Cuatro disparos de fusil los respondieron casi al mismo tiempo, pero éstos estaban mejor
dirigidos que los de los agresores: tres soldados cayeron en el sitio, y uno de los trabajadores fue
herido.
-¡Grimaud, otro mosquete! - dijo Athos, que seguía en la brecha.
Grimaud obedeció inmediatamente. Por su parte, los tres amigos habían cargado sus armas;
una segunda descarga siguió a la primera: el brigadier y dos zapadores cayeron muertos, el resto
de la tropa huyó.
-Vamos, señores, una salida -dijo Athos.
Y los cuatro amigos, lanzándose fuera del fuerte, llegaron hasta el campo de batalla,
recogieron los cuatro mosquetes y el espontón del brigadier; y convencidos de que los huidos no
se detendrían hasta la ciudad, tomaron de nuevo el camino del bastión, trayendo los trofeos de
la victoria.
-Volved a cargar las armas, Grimaud -dijo Athos-, y nosotros, señores, volvamos a nuestro
desayuno y sigamos. ¿Dónde estábamos?
-Yo lo recuerdo -dijo D'Artagnan, que se preocupaba mucho del itinerario que debía seguir
Milady.
-Va a Inglaterra -respondió Athos.
-¿Con qué fin? -Con el fin de asesinar o hacer asesinar a Buckingham.
D'Artagnan lanzó una exclamación de sorpresa y de indignación.
-¡Pero eso es infame! -exclamó.
-¡Oh, en cuanto a eso -dijo Athos-, os ruego que creáis que me inquieto muy poco! Ahora que
habéis terminado, Grimaud -con tinuó Athos-, tomad el espontón de nuestro brigadier, atadle una
servilleta y plantadlo en lo alto de nuestro bastión, a fin de que esos rebel des de los rochelleses
vean que tienen que vérselas con valientes y leales soldados del rey.
Grimaud obedeció sin responder. Un instante después la bandera blanca flotaba por encima de
los cuatro amigos; un trueno de aplausos saludó su aparición; la mitad del campamento estaba
en las barreras.
-¿Cómo? -replicó D'Artagnan-. ¿Te inquietas poco de que mate o haga matar a Buckingham?
Pero el duque es nuestro amigo.
-El duque es inglés, el duque combate contra nosotros; que haga del duque lo que quiera, me
preocupo tanto por ello como por una botella vacía.
Y Athos lanzó a quince pasos de él una botella que tenía en la ma no y de la que acababa de
trasvasar hasta la última gota a su vaso.
-Un momento -dijo D'Artagnan-, yo no abandono a Buckingham así; nos dio caballos muy
buenos.
-Y sobre todo unas buenas sillas -añadió Porthos, que en aquel momento mismo llevaba en su
capa el galón de la suya.
-Además -observó Aramis-, Dios quiere la conversión y no la muerte del pecador.
-Amén -dijo Athos-, y ya volveremos sobre eso más tarde, si es ese vuestro gusto; pero por el
momento lo que más me preocupaba, y estoy seguro de que tú, D'Artagnan, me comprenderás,
era recuperar de aquella mujer una especie de firma en blanco que había arrancado al cardenal,
y con cuya ayuda ella debía desembarazarse de ti y quizá de nosotros impunemente.
-Pero esa criatura es un demonio -dijo Porthos tendiendo su plato a Aramis, que trinchaba un
ave.
-Y esa firma en blanco - dijo D'Artagnan-, esa firma en blanco, ¿ha quedado entre sus manos?
-No, ha pasado a las mías; no diré que haya sido sin esfuerzo, porque mentiría.
-Querido Athos -dijo D'Artagnan-, ya no seguiré contando las veces que os debo la vida.
-Entonces, ¿nos dejasteis para volver junto a ella? -preguntó Aramis.
-Exacto.
-¿Y tienes esa carta del cardenal? -dijo D'Artagnan.
-Aquí está -dijo Athos.
Y sacó el precioso papel del bolsillo de su casaca.
D'Artagnan lo desplegó con una mano cuyo temblor no trataba siquiera de disimular y leyó:

«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y para bien del Estado.
5 de diciembre de 1627.
Richelieu»



 

 
 

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