Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Una mujer encantadora -dijo Athos degustando un vaso de vino espumoso-. ¡Canalla de
hostelero -exclamó-, que nos da vino de Anjou por vino de Champagne y que cree que nos
vamos a dejar coger! Sí -continuó-, una mujer encantadora que ha tenido bondades con nuestro
amigo D'Artagnan, que le ha hecho no sé qué perfidia que ella ha tratado de vengar, hace un
mes tratando de hacerlo matar a disparos de mosquete, hace ocho días tratando de envenenarlo,
y ayer pidiendo su cabeza al cardenal.
-¿Cómo? ¿Pidiendo mi cabeza al cardenal? -exclamó D'Artag nan, pálido de terror.
-Eso es tan cierto -dijo Porthos- como el Evangelio; lo he oído con mis dos orejas.
-Y yo también -dijo Aramis.
-Entonces -dijo D'Artagnan dejando caer su brazo con desaliento- es inútil seguir luchando más
tiempo; da igual que me salte la tapa de los sesos, todo está terminado.
-Es la última tontería que hay que hacer -dijo Athos-, dado que es la única que no tiene
remedio.
-Pero no escaparé nunca -dijo D'Artagnan- con semejantes enemigos. Primero, mi desconocido
de Meung; luego de Wardes, a quien he dado tres estocadas; luego Milady, cuyo secreto he
sorprendido; por fin el cardenal, cuya venganza he hecho fracasar.
-¡Pues bien! -dijo Athos-. Todo eso no hace más que cuatro, y nosotros somos cuatro, uno
contra uno. Diantre, si hemos de creer las señas que nos hace Grimaud, vamos a tener que
vérnoslas con un número de personas mucho mayor. ¿Qué pasa, Grimaud? Considerando la
gravedad de las circunstancias, amigo mío, os permito hablar, pero sed lacónico, por favor. ¿Qué
veis?
-Una tropa.
-¿De cuántas personas?
-De veinte hombres.
-¿Qué hombres?
-Dieciséis zapadores, cuatro soldados.
-¿A cuántos pasos están?
-A quinientos pasos.
-Bueno, aún tenemos tiempo de acabar estas aves y beber un va so de vino a tu salud,
D'Artagnan.
-¡A tu salud! -repitieron Porthos y Aramis.
-Pues bien, ¡a mi salud! Aunque no creo que vuestros deseos me sirvan de gran cosa.
-¡Bah! -dijo Athos-. Dios es grande, como dicen los sectarios de Mahoma y el porvenir está en
sus manos.
Luego, tragando el contenido de su vaso, que dejó junto a sí, Athos se levantó indolentemente,
cogió el primer fusil que había a mano y se acercó a una tronera.
Porthos, Aramis y D'Artagnan hicieron otro tanto. En cuanto a Grimaud, recibió la orden de
colocarse detrás de los cuatro a fin de volver a cargar las armas.
Al cabo de un instante vieron aparecer la tropa; seguía una especie de ramal de trinchera que
establecía comunicación entre el bastión y la ciudad. -¡Diantre! -dijo Athos-. ¿Merecía la pena molestarnos por una veintena de bribones armados de
piquetas, de azadones y de palas? Gr imaud no hubiera debido hacer otra cosa que hacerles
señas de que se fueran y estoy convencido de que nos habrían dejado tranquilos.
-Lo dudo -observó D'Artagnan-, porque avanzan muy decididos por ese lado. Por otra parte,
con los trabajadores hay cuatro sol dados y un brigadier armados de mosquetes.
-Eso es que no nos han visto -replicó Athos.
-¡A fe -dijo Aramis- confieso que me da repugnancia disparar sobre esos pobres diablos de
burgueses!
-¡Mal cura -respondió Porthos- el que tiene piedad de los heréticos!
-Realmente -dijo Athos-, Aramis tiene razón, voy a avisarlos.
-¿Qué diablos hacéis? -exclamó D'Artagnan-. Vais a haceros fusilar, querido.
Pero Athos no hizo caso alguno del aviso, y subiéndose a la brecha con el fusil en una mano y
el sombrero en la otra:
-Señores -dijo dirigiéndose a los soldados y a los trabajadores, que, asombrados por su
aparición se detenían a cincuenta pasos apro ximadamente del bastión, y saludándolos
cortésmente-, señores, al gunos amigos y yo estamos a punto de desayunar en este bastión. Y ya
sabéis que nada es tan desagradable como ser molestado cuando uno desayuna; por tanto, os
rogamos que, si tenéis algo que hacer inexorablemente aquí, esperéis a que hayamos terminado
nuestra comi da, o que volváis más tarde; a menos que tengáis el saludable deseo de dejar el
partido de la rebelión y de venir a beber con nosotros a la salud del rey de Francia.
-¡Ten cuidado, Athos! -exclamó D'Artagnan-. ¿No ves que


 

 
 

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