Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-En efecto -dijo Aramis-, es una absolución en toda regla.
-Hay que romper ese papel -exclamó D'Artagnan, que parecía leer su sentencia de muerte. -Muy al contrario -dijo Athos-, hay que conservarlo por encima de todo, y yo no daría este
papel aunque lo cubrieran de piezas de oro.
-¿Y qué va a hacer ahora ella? -preguntó el joven.
-Pues probablemente -dijo despreocupado Athos- va a escribir al cardenal que un maldito
mosquetero, llamado Athos, le ha arrancado por la fuerza su salvoconducto; en la misma carta le
dará consejo de desembarazarse al mismo tiempo que de él de sus dos amigos, Porthos y
Aramis; el cardenal recordará que son los mismos hombres que encontró en su camino entonces,
una buena mañana hará detener a D'Artagnan y para que no se aburra solo, nos enviará a
hacerle compaña a la Bastilla.
-¡Vaya! -dijo Porthos-. Me parece que estáis haciendo bromas de mal gusto, querido.
-No bromeo -respondió Athos.
-¿Sabéis -dijo Porthos- que retorcerle el cuello a esa maldita Milady sería un pecado menor que
retorcérselo a estos pobres diablos de hugonotes, que nunca han cometido más crímenes que
cantar en francés salmos que nosotros cantamos en latín?
-¿Qué dice el abate a esto? -preguntó tranquilamente Athos.
-Digo que soy de la opinión de Porthos -respondió Aramis.
-¡Y yo también! -dijo D'Artagnan.
-Suerte que ella está lejos -observó Porthos-; porque confieso que me molestaría mucho aquí.
-Me molesta en Inglaterra tanto como en Francia -dijo Athos.
-A mí me molesta en todas partes -continuó D'Artagnan.
-Pero puesto que la teníais -dijo Porthos-, ¿por qué no la habéis ahogado, estrangulado,
colgado? Sólo los muertos no vuelven.
-¿Eso creéis, Porthos? -respondió el mosquetero con una sonri sa sombría que sólo D'Artagnan
comprendió.
-Tengo una idea -dijo D'Artagnan.
-Veamos -dijeron los mosqueteros.
-¡A las armas! -gritó Grimaud.
Los jóvenes se levantaron con presteza a los fusiles.
Aquella vez avanzaba una pequeña tropa compuesta de veinte o veinticinco hombres; pero ya
no eran trabajadores, eran soldados de la guarnición.
-¿Y si volviéramos al campamento? -dijo Porthos-. Me parece que la partida no es igual.
-Imposible por tres razones -respondió Athos-; la primera es que no hemos terminado de
almorzar; la segunda es que aún tenemos cosas importantes que decir, la tercera es que todavía
faltan diez minu tos para que pase la hora.
-Bueno -dijo Aramis-, sin embargo hay que preparar un plan de batalla.
-Es muy simple -respondió Athos-:tan pronto como el enemigo esté al alcance del mosquete,
nosotros hacemos fuego; si continúa avanzando, nosotros volvemos a hacer fuego; hacemos
fuego mientras tengamos los fusiles cargados; si lo que quede de la tropa quiere todavía subir al
asalto, dejamos a los asaltantes bajar hasta el foso, y entonces les echamos encima de la cabeza
ese lienzo de muralla que sólo está en pie por un milagro de equilibrio.
-¡Bravo! -exclamó Porthos-. Decididamente, Athos, habéis nacido para general, y el cardenal,
que se cree un gran hombre de guerra, es bien poca cosa a vuestro lado. -Señores -dijo Athos-, nada de repeticiones inútiles, por favor; que cada uno apunte bien a su
hombre.
-Yo tengo el mío -dijo D'Artagnan.
-Y yo el mío -dijo Porthos.
-Y yo ídem -dijo Aramis.
-¡Entonces fuego! -dijo Athos.
Los cuatro disparos de fusil no hicieron más que una detonación. y cuatro hombres cayeron.
Entonces batió el tambor, y la pequeña tropa avanzó a paso de carga.
Entonces los disparos de fusil se sucedieron sin regularidad, pero siempre enviados con igual
precisión. Sin embargo, como si hubieran conoci do la debilidad numérica de los amigos, los
rochelleses continuaban avanzando a paso de carrera.
Con los otros tres disparos de fusil cayeron dos hombres; sin embargo, el paso de los que
quedaban en pie no aminoraba.
Llegados al pie del bastión, los enemigos eran todavía doce o quince; una última descarga los
acogió, pero no los detuvo: saltaron al foso y se aprestaron a escalar la brecha.
-¡Vamos; amigos míos! -dijo Athos-. Terminemos de un golpe: ¡a la muralla, a la muralla!
Y los cuatro amigos, secundados por Grimaud, se pusieron a em pujar con el cañn de sus
fusiles un enorme lienzo de muro que se inclinó como si el viento lo arrastrase, y
desprendiéndose de su base cayó con horrible estruendo en el foso; luego se oyó un gran grito,
una nube de polvo subió hacia el cielo, y eso fue todo.


 

 
 

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