-Subid -dijo el hostelero-, todavía está en su habitación.
Athos aprovechó el permiso, subió la escalera con su paso más
ligero, llegó a la meseta y a
través de la puerta entreabierta vio a Milady que se ataba su sombrero.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras sí.
Al ruido que hizo al empujar el cerrojo, Milady se volvió.
Athos estaba de pie ante la puerta, envuelto en su capa, la capa cubriéndole
hasta los ojos.
Al ver aquella figura muda a inmóvil como una estatua, Milady tuvo miedo.
-¿Quién sois? ¿Y qué queréis? -exclamó.
-Vamos, ¡es ella! -murmuró Athos.
Y dejando caer su capa y alzando su sombrero avanzó hacia Milady.
-¿Me reconocéis, señora? -dijo.
Milady dio un paso adelante, luego retrocedió como ante la vista de una
serpiente.
-Vamos -dijo Athos-, está bien, ya veo que me reconocéis.
-¡El conde de La Fère! -murmuró Milady palideciendo y retrocediendo
hasta que el muro le
impidió ir más lejos.
-Sí, Milady -respondió Athos-, el conde de La Fère en persona,
que vuelve directamente del
otro mundo para tener el placer de veros. Sentémonos, pues, y hablemos,
como dice Monseñor
el cardenal.
Milady, dominada por un terror inexpresable, se sentó sin proferir u
na sola palabra.
-¿Sois acaso un demonio enviado a la tierra? -dijo Athos-. Vuestro poder
es grande, pero sabéis
también que con la ayuda de Dios los hombres han vencido con frecuencia
a los demonios más
terribles. Ya os cruzasteis en mi camino, creía haberos vencido, señora;
pero, o yo me
equivocaba o el infierno os ha resucitado.
A estas palabras que le traían recuerdos espantosos, Milady bajó
la cabeza con un gemido
sordo.
-Sí, el infierno os ha resucitado -prosiguió Athos-, el infierno
os ha hecho rica, el infierno os ha
dado otro nombre, el infierno os ha rehecho casi otro rostro; pero no ha borrado
ni las mancillas
de vues tra alma ni la marca de vuestro cuerpo.
Milady se levantó como movida por un resorte, y sus ojos lanzaron destellos.
Athos permaneció
sentado.
-Me creíais muerto, como yo os creía muerta, ¿no es as?
¡Y este nombre de Athos había
ocultado al conde de La Fère, como el nombre de Milady Clarick había
ocultado a Anne de Breuil!
¿No era así co mo os llamabais cuando vuestro honrado hermano
nos casó? Nuestra posición es
realmente extraña -prosiguió Athos riendo-; uno y otro sólo
hemos vivido hasta ahora porque nos
creíamos muertos, y por que un recuerdo molesta menos que una criatura,
aunque ésta sea más
devoradora a veces que un recuerdo.
-Pero, en fin -dijo Milady con una voz sorda-, ¿qué os trae a
m? ¿Y qué queréis de mí?
-Quiero deciros que, aunque permaneciendo invisible a vuestros ojos, no os
he perdido de
vista.
-¿Sabéis lo que he hecho?
-Puedo contar día por día vuestras acciones, desde vuestra entrada
al servicio del cardenal
hasta esta noche.
Una sonrisa de incredulidad pasó por los labios pálidos de Milady.
-Oíd: sois vos quien cortó los dos herretes de diamantes del hombro
del duque de Buckingham;
sois vos quien ha hecho raptar a la señora Bonacieux; sois vos quien,
enamorada de De Wardes,
y creyendo pasar la noche con él, habéis abierto vuestra puerta
al señor D'Ar tagnan; sois vos
quien, creyendo que De Wardes os había engañado quisisteis hacerlo
matar por su rival; sois vos
quien, cuando este rival hubo descubierto vuestro infame secreto, habéis
querido hacerlo matar
por dos asesinos que enviasteis en su persecución; sois vos quien, viendo
que las balas habían
fallado su tiro, habéis enviado vino enve nenado con una carta falsa
para hacer creer a vuestra
víctima que aquel vino venía de sus amigos; sois vos, en fin,
quien en esta habitación, y sentada
en la silla en que estoy, acabáis de aceptar con el cardenal Richelieu
el compromiso de hacer
asesinar al duque de Buckingham, a cambio de la promesa que él os ha
hecho de dejaros
asesinar a D'Artagnan.
Milady estaba lívida.
-Pero ¿sois acaso Satán? - dijo ella.
-Quizá -dijo Athos-, pero en cualquier caso, escuchad bien esto: asesinéis
o hagáis asesinar al
duque de Buckingham, poco impor ta; no lo conozco, además es un inglés.
Pero no toquéis con la
punta de los dedos ni un solo pelo de D'Artagnan, que es un fiel amigo a quien
amo y a quien
