Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Monseñor -replicó Milady-, trueque por trueque, vida por vida, hombre por hombre; dadme a
mí ese y yo os doy el otro.
-No sé lo que queréis decir -replicó el cardenal-, y no quiero siquiera saberlo; pero tengo el
deseo de seros agradable y no veo ningún inconveniente en daros lo que pedís respecto a una
criatura tan ínfima; tanto más, como vos me decís, cuanto que ese pequeño D'Ar tagnan es un
libertino, un duelista y un traidor.
-¡Un infame, monseñor, un infame!
-Dadme, pues, un papel, una pluma y tinta - dijo el cardenal.
-Helos aquí, monseñor.
Se hizo un instante de silencio que probaba que el cardenal estaba ocupado en buscar los
términos en que debía escribirse el billete, o incluso si debía escribirlo. Athos, que no había
perdido una palabra de la conversación, cogió a cada uno de sus compañeros por una mano y los
llevó al otro extremo de la habitación.
-¡Y bien! -dijo Porthos-. ¿Qué quieres y por qué no nos dejas escuchar el final de la
conversación?
-¡Chis! -dijo Athos hablando en voz baja-. Hemos oído todo cuanto es necesario oír; además no
os impido escuchar el resto, pero es preciso que me vaya. -¡Es preciso que te vayas! -dijo Porthos-. Pero si el cardenal pregunta por ti, ¿qué
responderemos?
-No esperaréis a que pregunte por mí, le diréis los primeros que he partido como explorador
porque algunas palabras de nuestro hostelero me han hecho pensar que el camino no era
seguro; primero diré dos palabras sobre ello al escudero del cadernal; el resto es cosa mía, no os
preocupéis.
-¡Sed prudente, Athos! -dijo Aramis.
-Estad tranquilos -respondió Athos-, ya sabéis, tengo sangre fría.
Porthos y Aramis fueron a ocupar nuevamente su puesto junto al tubo de estufa.
En cuanto a Athos, salió sin ningún misterio, fue a tomar su caballo atado con los de sus
amigos a los molinetes de los postigos, convenció con cuatro palabras al escudero de la
necesidad de una vanguardia Para el regreso, inspeccionó con afectación el fulminante de sus
pistolas, se puso la espada en los dientes y siguió, como hijo pródigo, la ruta que llevaba al
campamento.

Capítulo XL V

Escena conyugal

Como Athos había previsto, el cardenal no tardó en descender; abrió la puerta de la habitación
en que habían entrado los mosqueteros y encontró a Porthos jugando una encarnizada partida
de dados con Aramis. De rápida ojeada registró todos los rincones de la sala y vio que le faltaba
uno de los hombres.
-¿Qué ha sido del señor Athos? -preguntó.
-Monseñor -respondió Porthos-, ha partido como explorador por algunas frases de nuestro
hostelero, que le han hecho creer que la ruta no era segura.
-¿Y vos, que habéis hecho vos, señor Porthos?
-Le he ganado cinco pistolas a Aramis.
-Y ahora, ¿podéis volver conmigo?
-Estamos a las órdenes de Vuestra Eminencia.
-A caballo pues, señores, que se hace tarde.
-El escudero estaba a la puerta y sostenía por las bridas el caballo del cardenal. Un poco más
lejos, un grupo de dos hombres y de tres caballos aparecía en la sombra: aquellos dos hombres
eran los que debían conducir a Milady al fuerte de La Pointe y velar por su embarque.
El escudero confirmó al cardenal lo que los dos mosqueteros ya le habían dicho a propósito de
Athos. El cardenal hizo un gesto aprobador y emprendió la ruta, rodeándose de las mismas
precauciones que había tomado al partir.
Dejémosle seguir el camino del campamento, protegido por el escudero y los dos mosqueteros,
y volvamos a Athos.
Durante una centena de pasos, había caminado al mismo trote; mas una vez fuera de la vista,
había lanzado su caballo a la derecha, había dado un rodeo, y había vuelto a una veintena de
pasos, al bosquecillo, para acechar el paso de la pequeña tropa; una vez reconocidos los som-
breros bordados de sus compañeros y la franja dorada de la capa del señor cardenal, esperó a que los caballeros hubieran doblado el recodo del camino, y habiéndoles perdido de vista, volvió
al galope al al bergue que se le abrió sin dificultad.
El hostelero lo reconoció.
-Mi oficial -dijo Athos- ha olvidado hacer a la dama del primero una recomendación importante;
me envía para reparar su olvido.


 

 
 

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