hacer para mayor
bien de Francia.
-Pero primero habría que buscar la mujer que he dicho y que tuviera que
vengarse del duque.
-Está encontrada -dijo Milady.
-Luego habría que encontrar ese miserable fanático que servirá
de instrumento a la justicia de
Dios.
-Se encontrará.
-Pues bien -dijo el duque-, entonces será el momento de reclamar la orden
que pedís ahora
mismo.
-Vuestra Eminencia tiene razón -dijo Milady-, y soy yo quien está
equivocada al ver en la
misión con que me honra otra cosa de lo que realmente es, es decir, anunciar
a Su Gracia, de
parte de Su Eminencia, que conocéis los diferentes disfraces con ayuda
de los cua les ha
conseguido acercarse a la reina durante la fiesta dada por la señora
condestable; que tenéis
pruebas de la entrevista concedida en el Louvre por la reina a cierto astrólogo
italiano que no es
otro que el duque de Buckingham; que habéis encargado una novelita, de
las más ingeniosas,
sobre la aventura de Amiens, con el plano del jardín donde esa aventura
ocurrió y retratos de los
actores que figuraron en ella; que Montaigu está en la Bastilla, y que
la tortura puede hacerle
decir cosas que recuerde, incluso cosas que habría olvidado; finalmente,
que vos poseéis cierta
carta de la señora de Chevreuse, encontrada en el alojamiento de Su Gracia,
que compromete de
modo singular, no sólo a quien la escribió, sino que incluso a
aquella en cuyo nombre fue escrita.
Luego, si pese a todo esto persiste, como es a lo que acabo de decir a lo que
se limita mi misión,
no tendré más que rogar a Dios que haga un milagro para salvar
a Francia. ¿Basta con eso,
Monseñor? ¿Tengo que hacer alguna otra cosa?
-Basta con eso -replicó secamente monseñor.
-Pues ahora - dijo Milady sin parecer observar el cambio de tono del cardenal
respecto a ella-,
ahora que he recibido las instrucciones de Vuestra Eminencia a propósito
de sus enemigos,
¿monseñor me permitirá decirle dos palabras de los míos?
-¿Tenéis entonces enemigos? - preguntó Richelieu.
-Sí, monseñor; enemigos contra los cuales me debéis todo
vuestro apoyo, porque me los he
hecho sirviendo a Vuestra Eminencia.
-¿Y cuáles? -replicó el cardenal.
-En primer lugar una pequeña intrigante llamada Bonacieux.
-Está en la prisión de Nantes.
-Es decir, estaba allí -prosiguió Milady-, pero la reina ha sorprendido
una orden del rey, con
ayuda de la cual la ha hecho llevar a un convento.
-¿A un convento? -dijo el cardenal.
-Sí, a un convento.
-Y ¿a cuál?
-Lo ignoro, el secreto ha sido bien guardado.
-¡Yo lo sabré!
-¿Y Vuestra Eminencia me dirá en qué convento está
esa mujer?
-No veo ningún inconveniente -dijo el cardenal.
-Bien; ahora tengo otro enemigo muy de temer por distintos motivos que esa pequeña
señora
Bonacieux.
-¿Cuál?
-Su amante.
-¿Cómo se llama?
-¡Oh! Vuestra Eminencia lo conoce bien -exclamó Milady llevada
por la cólera-. Es el genio
malo de nosotros dos; es ése que en un encuentro con los guardias de
Vuestra Eminencia decidió
la victoria de los mosqueteros del rey; es el que dio tres estocadas a de Wardes,
vuestro
emisario, y que hizo fracasar el asunto de los herretes; es el que, finalmente,
sabiendo que era
yo quien le había raptado a la señora Bonacieux, ha jurado mi
muerte.
-¡Ah, ah! -dijo el cardenal-. Sé a quién os referís.
-Me refiero a ese miserable de D'Artagnan.
-Es un intrépido compañero -dijo el cardenal.
-Y precisamente porque es un intrépido compañero es más
de temer.
-Sería preciso -dijo el duque- tener una prueba de su inteligencia con
Buckingham.
-¡Una prueba! -exclamó Milady-. Tendré diez.
-Pues bien entonces es la cosa más sencilla del mundo, presen tadrne
esa prueba y lo mando a
la Bastilla.
-¡De acuerdo, monseñor! Pero ¿y después?
-Cuando se está en la Bastilla, no hay después -dijo el cardenal
con voz sorda-. ¡Ah, diantre
-continuó-, si me fuera tan fácil de sembarazarme de mi enemigo
como fácil me es
desembarazarme de los vuestros, y si fuera contra personas semejantes por lo
que pedís vos la
impunidad!...
