que no le han
sorprendido ninguna carta encima, es cierto, pero que la tortura puede hacerle
decir lo que sabe,
a incluso... lo que no sabe.
-De acuerdo.
-En fin, añadid que Su Gracia, en la precipitación que puso al
dejar la isla de Ré, olvidó en su
alojamiento cierta carta de la señora de Chevreuse que compromete especialmente
a la reina, en
la que ella demuestra no sólo que Su Majestad puede amar a los enemigos
del rey, sino que
incluso conspira con los de Francia. Habéis retenido todo lo que os he
dicho, ¿ no es así?
-Juzgue Vuestra Eminencia: el baile de la señora condestable; la noche
del Louvre; la velada de
Amiens; el arresto de Montaigu; la car ta de la señora de Chevreuse.
-Eso es -dijo el cardenal-, eso es; tenéis una memoria afortunada, Milady.
-Pero -replicó aquella a quien el cardenal acababa de dirigir su cumplido
adulador- ¿si pese a
todas estas razones el duque no se rinde y continúa amenazando a Francia?
-El duque está enamorado como un loco, o mejor, como un necio -contestó
Richelieu con
profunda amargura-; como los antiguos paladines, ha emprendido esta guerra nada
más que por
obtener una mirada de su bella. Si sabe que esta guerra puede costarle el honor
y quizá la
libertad de la dama de sus pensamientos, como él dice, os respondo de
que se lo pensará dos
veces.
-Sin embargo -dijo Milady con una persistencia que probaba que quería
ver claro hasta el fin en
la misión de que iba a encargarse-, sin embargo, ¿si persiste?
-Si persiste... -dijo el cardenal-... No es probable.
-Es posible -dijo Milady.
-Si persiste... -Su Eminencia hizo una pausa y prosiguió-. Pues bien,
si persiste, esperaré uno
de esos acontecimientos que cambian la faz de los Estados.
-Si Su Eminencia quisiera citarme alguno de esos acontecimientos en la historia
-dijo Milady
quizá comparta yo su confianza en el futuro.
Pues bien, mirad, por ejemplo -dijo Richelieu-, cuando en 1610, por un motivo
más o menos
parecido al que hace conmoverse al duque, el rey Enrique IV, de gloriosa memoria,
iba a invadir
a la vez Flandes y Italia para golpear a un mismo tiempo a Austria por dos lados,
¿no ocurrió
entonces un acontecimiento que salvó a Austria? ¿Por qué
el rey de Francia no habría de tener la
misma suerte que el emperador?
-¿Vuestra Eminencia se refiere a la cuchillada de la calle de la Ferronerie?
-Precisamente -dijo el cardenal.
-¿Vuestra Eminencia no teme que el suplicio de Ravaillac espanto a quienes
tengan por un
instante la idea de imitarlo?
-En todo tiempo y en todos los países, sobre todo si esos países
están divididos por la religión,
habrá fanáticos que no pedirán otra cola que convertirse
en mártires. Y ved, precisamente ahora
recuerdo que los puritanos están furiosos contra el duque de Buckingham
y que sus predicadores
lo designan como el Anticristo.
-¿Y entonces? -preguntó Milady.
-Pues que -continuó el cardenal con un sire indiferente- por el momento
no se trataría, por
ejemplo, sino de buscar una mujer hermosa, joven, hábil, que tuviera
que vengarse del duque.
Tal mujer puede encontrarse: el duque es hombre de aventur as galantes y si
ha sembrado
muchos amores con sus promesas de constancia eterna, ha debido sembrar muchos
odios
también por sus continuas infidelidades.
-Sin duda - dijo fríamente Milady-, se puede encontrar una mujer semejante.
-Pues bien, una mujer semejante, que pusiera el cuchillo de Ja ques Clément
o de Ravaillac en
las manos de un fanático, salvaría a Francis.
-Sí, pero sería cómplice de un asesinato.
-¿Se ha conocido alguna vez a los cómplices de Ravaillac o de
Jacques Clément?
-No, porque quizá estaban situados demasiado alto para que se atrevieran
a irlos a buscar
donde estaban; no se quemaría el Palacio de Justicia por todo el mundo,
monseñor.
-¿Creéis, pues, que el incendio del Palacio de Justicia tiene
una causa distinta a la del azar?
-preguntó Richelieu en un tono como el de quien hace una pregunta sin
ninguna importancia.
-Yo, monseñor -respondió Milady-, no creo nada, cito un hecho,
eso es todo; sólo digo que si
yo me llamara señorita de Montpensier, o reina Maria de Médicis,
tomaría menos precauciones de
las que tomo por llamarme simplemente lady Clarick.
-Eso es justo -dijo Richelieu-. ¿Qué queréis entonces?
-Querría una orden que ratificase de antemano todo cuanto yo crea deber
