Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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a pasar, de un murmullo de palabras que terminó por centrar su atención. Athos se acercó y
distinguió algunas palabras que sin duda le parecieron merecer un interés tan grande que hizo
seña a sus compañeros de callasen quedando él inclinado, con el oído puesto a la altura del
orificio interior.
-Escuchad, Milady -decía el cardenal-; el asunto es importarte; sentaos ahí y hablemos.
-¡Milady! -murmuró Athos.
-Escucho a Vuestra Excelencia con la mayor atención -respondió una voz de mujer que hizo
estremecer al mosquetero.
-Un pequeño navío con tripulación inglesa, cuyo capitán está de mi parte, os espera en la
desembocadura del Charente, en el fuerte de La Pointe: se hará a la vela mañana por la mañana.
-Entonces, ¿es preciso que vaya allí esta noche?
-Ahora mismo, es decir, cuando hayáis recibido mis instrucciones. Dos hombres que
encontraréis a la puerta al salir os servirán de escolta; me dejaréis salir a mí primero; luego,
media hora después de mí, saldréis vos.
-Sí, monseñor. Ahora volvamos a la misión que tenéis a bien encargarme; y como quiero seguir
mereciendo la confianza de Vuestra Eminencia, dignaos exponérmela en términos claros y
precisos para que no cometa ningún error.
Hubo un instante de profundo silencio entre los dos interlocutores; era evidente que el
cardenal media por adelantado los términos en que iba a hablar y que Milady reunía todas sus
facultades intelectuales para compr ender las cosas que él iba a decir y grabarlas en su memoria
cuando estuviesen dichas.
Athos aprovechó ese momento para decir a sus dos compañeros que cerraran la puerta por
dentro y para hacerles seña de que vinieran a escuchar con él.
Los dos mosqueteros, que amaban la comodidad, trajeron una silla para cada uno de ellos y
otra silla para Athos. Los tres se sentaron entonces con las cabezas juntas y el oído al acecho.
-Vais a partir para Londres -continuó el cardenal-. Una vez llegada a Londres, iréis en busca de
Buckingham.
-Haré observar a Su Eminencia -dijo Milady- que, desde el asunto de los herretes de
diamantes, que el duque siempre sospechó obra mía, Su Gracia desconfía de mí. -Esta vez -dijo el cardenal- no se trata de captar su confianza, sino de presentarse franca y
lealmente a él como negociadora.
-Franca y lealmente -repitió Milady con una indecible expresión de duplicidad.
-Sí, franca y lealmente -replicó el cardenal en el mismo tono-; toda esta negociación debe ser
hecha al descubierto.
-Seguiré al pie de la letra las instrucciones de Su Eminencia, y espero que me las dé.
-Iréis en busca de Buckingham de parte mía, y le diréis que sé todos los preparativos que hace,
pero que apenas me preocupo por ello, dado que, al primer movimiento que haga, pierdo a la
reina.
-¿Creerá él que Vuestra Eminencia está en condiciones de cumplir la amenaza que le hace?
-Sí, porque tengo pruebas.
-Es preciso que yo pueda presentar estas pruebas a su consideración.
-Por supuesto, y le diréis que publico el informe de Bois-Robert y del marqués de Beutru sobre
la entrevista que el duque tuvo en casa de la señora condestable con la reina, la noche en que la
señora condestable dio una fiesta de máscaras; le direis, para que no dude de nada, que el fue
vestido de Gran Mogol, traje que debía llevar el caballero de Guisa, y que compró a este último
mediante la suma de tres mil pistolas.
-De acuerdo, monseñor.
-Todos los detalles de su entrada en el Louvre y de su salida, durante la noche en que se
introdujo en Palacio con el traje de decidor de la buenaventura italiano, me son conocidos; le
diréis, para que tampoco dude de la autenticidad de mis informes, que tenía bajo su capa un
gran traje blanco sembrado de lágrimas negras, de calaveras y de huesos en forma de aspa;
porque en caso de sorpresa, debía hacerse pasar por el fantasma de la Dama blanca que, como
todo el mundo sabe, vuelve al Louvre cada vez que va a ocurrir algún gran suceso.
-¿Eso es todo, monseñor?
-Decidle que también sé todos los detalles de la aventura de Amiens, que haré escribir una
novelita, ingeniosamente disfrazada, con un plano del jardín y los retratos de los principales
actores de aquella escena nocturna.
-Le diré eso.
-Decidle además que tengo en mi poder a Montaigu, está en la Bastilla,


 

 
 

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