-Aquellos miserables estaban borrachos -dijo Athos-, y sabiendo que había
una mujer que
había llegado por la noche a la taberna querían forzar la puerta.
-¿Forzar la puerta? -dijo el cardenal-. ¿Y eso para qué?
-Para violentarla sin duda -dijo Athos-; tengo el honor de decir a Vuestra Eminencia
que
aquellos miserables estaban borrachos.
-¿Y esa mujer era joven y hermosa? -preguntó el cardenal con cierta
inquietud.
-No la hemos visto, Monseñor -dijo Athos.
-¡No la habéis visto! ¡Ah, muy bien! -replicó vivamente
el cardenal-. Habéis hecho bien en
defender el honor de una mujer, y como es al albergue del Colombier-Rouge a
donde yo voy,
sabré si me habéis dicho la verdad.
-Monseñor -dijo altivamente Athos-, somos gentileshombres, y para salvar
nuestra cabeza no
diríamos una mentira.
-Por eso no dudo de lo que me decís, señor Athos, no lo dudo ni
un solo instante, pero -añadió
para cambiar de conversación-, ¿aquella dama estaba, por tanto,
sola?
-Aquella dama tenía encerrado con ella un caballero -dijo Athos-; pero
como pese al alboroto el
caballero no ha aparecido, es de presumir que es un cobarde.
-¡No juzguéis temerariamente!, dice el Evangelio -replicó
el car denal.
Athos se inclinó.
-Y ahora, señores, está bien -continuó Su Eminencia-. Sé
lo que quería saber; seguidme.
Los tres mosqueteros pasaron tras el cardenal, que se envolvió de nuevo
el rostro con su capa
y echó su caballo a andar manteniéndose a ocho o diez pasos por
delante de sus acompañantes.
Llegaron pronto al albergue silencioso y solitario; sin duda el hostelero sabía
qué ilustre
visitante esperaba, y por consiguiente había despedido a los importunos.
Diez pasos antes de llegar a la puerta, el cardenal hizo seña a su escudero
y a los tres
mosqueteros de detenerse. Un caballo completa mente ensillado estaba atado al
postigo. El
cardenal llamó tres veces y de determinada manera.
Un hombre envuelto en una capa salió al punto y cambió algunas
rápidas palabras con el
cardenal, tras lo cual volvió a subir a caballo y partió en la
dirección de Surgères, que era
también la de París.
-Avanzad, señores -dijo el cardenal.
-Me habéis dicho la verdad, gentileshombres -dijo dirigiéndose
a los tres mosqueteros-. Sólo a
mí me atañe que nuestro encuentro de esta noche os sea ventajoso;
mientras tanto, seguidme.
El cardenal echó pie a tierra y los tres mosqueteros hicieron otro tanto;
el cardenal arrojó la
brida de su caballo a las manos de su escudero y los tres mosqueteros ataron
las bridas de los
suyos a los postigos.
El hotelero permanecía en el umbral de la puerta; para él el cardenal
no era más que un oficial
que venía a visitar a una dama.
-¿Tenéis alguna habitación en la planta baja donde estos
señore puedan esperarme junto a un
buen fuego? -dijo el cardenal.
El hostelero abrió la puerta de una gran sala, en la que precisament
acababan de reemplazar
una mala estufa por una gran chimenea excelente.
-Tengo ésta -respondió.
-Está bien -dijo el cardenal-. Entrad ahí, señores, y tened
a bie esperarme; no tardaré más de
media hora.
Y mientras los tres mosqueteros entraban en la habitación de la planta
baja, el cardenal, sin
pedir informes más amplios, subió la escaler como hombre que no
necesita que le indiquen el
camino.
Capítulo XLIV
De la utilidad de los tubos de estufa
Era evidente que, sin sospecharlo, y movidos solamente por su carácter
caballeresco y
aventurero, nuestros tres amigos acababan de prestar algún servicio a
alguien a quien el
cardenal honraba con su proteción particular.
Pero ¿quién era ese alguien? Es la pregunta que se hicieron primero
los tres mosqueteros;
luego, viendo que ninguna de las respuesta que podía hacer su inteligencia
era satisfactoria,
Porthos llamó al hotelero y pidió los dados.
Porthos y Aramis se sentaron ante una mesa y se pusieron a jugar, Athos se paseó
reflexionando.
Al reflexionar y pasearse, Athos pasaba una y otra vez por delante del tubo
de la estufa roto
por la mitad y cuya otra extremidad daba a la habitación superior, y
cada vez que pasaba y volvía
