fuerte que ellos; se dejó por lo demás a
Athos el cuidado de portavoz.
Uno de los caballeros, el que había tomado la palabra en segundo lugar,
estaba diez pasos por
delante de su compañero; Athos hizo señas a Porthos y a Aramis
de quedarse, por su parte,
atrás, y avanzó solo.
-¡Perdón, mi oficial! -dijo Athos-. Pero ignorábamos con
quién teníamos que vérnoslas, y como
podéis ver estábamos ojo avizor.
-¿Vuestro nombre? -dijo el oficial que se cubría una parte del
rostro con su capa.
-¿Y el vuestro, señor? -dijo Athos que comenzaba a revolverse
contra aquel interrogatorio-.
Dadme, por favor, una prueba de que tenéis derecho a interrogarme.
-¿Vuestro nombre? -repitió por segunda vez el caballero dejando
caer su capa de tal forma que
dejaba el rostro al descubierto.
-¡Señor cardenal! -exclamó el mosquetero estupefacto.
-¡Vuestro nombre! -repitió por tercera vez Su Eminencia.
-Athos -dijo el mosquetero.
El cardenal hizo una seña al escudero, que se acercó.
-Estos tres mosqueteros nos seguirán -dijo en voz baja-, no quie ro que
se sepa que he salido
del campamento, y siguiéndonos estare mos más seguros de que no
lo dirán a nadie.
-Nosotros somos gentileshombres, Monseñor -dijo Athos-; pedidnos, pues,
nuestra palabra y
no os inquietéis por nada. A Dios gracias, sabemos guardar un secreto.
El cardenal clavó sus ojos penetrantes sobre aquel audaz interlocutor.
-Tenéis el oído fino, señor Athos -dijo el cardenal-; pero
ahora escuchad esto: os ruego que me
sigáis, no por desconfianza, sino por mi seguridad. Sin duda vuestros
dos compañeros son los
señores Porthos y Aramis.
-Sí, Eminencia -dijo Athos mientras los dos mosqueteros que se habían
quedado atrás se
acercaban con el sombrero en la mano.
-Os conozco, señores -dijo el cardenal-, os conozco; sé que no
sois completamente amigos
míos y estoy molesto por ello, pero sé que sois valientes y leales
gentileshombres y que se puede
fiar de vosotros. Señor Athos, hacedme, pues, el honor de acompañarme,
vos y vuestros amigos,
y entonces tendré una escolta como para dar envidia a Su Majestad si
nos lo encontramos.
Los tres mosqueteros se inclinaron hasta el cuello de sus caballos.
-Pues bien, por mi honor -dijo Athos-, que Vuestra Eminencia hace bien en llevarnos
con ella:
hemos encontrado en el camino caras horribles, a incluso con cuatro de esas
caras hemos tenido
una querella en el Colombier-Rouge.
-¿Una querella? ¿Y por qué, señores? -dijo el cardenal-.
No me gustan los camorristas, ¡ya lo
sabéis!
-Por eso precisamente tengo el honor de prevenir a Vuestra Eminencia de lo que
acaba de
ocurrir; porque podría enterarse por otras personas distintas a nosotros
y creer, por la falsa
relación, que estamos en falta.
-¿Y cuáles han sido los resultados de esa querella? -pregunté
el cardenal frunciendo el ceño.
-Pues mi amigo Aramis, que está aquí, ha recibido una leve estocada
en el brazo, lo cual no le
impedirá, como Vuestra Eminencie podrá ver, subir al asalto mañana
si Vuestra Excelencia
ordena h escalada.
-Pero no sois hombres para dejaros dar estocadas de esa forma -dijo el cardenal-;
vamos, sed
francos, señores, algunas habréis de vuelto; confesaos, ya sabéis
que tengo derecho a dar la
absolución
-Yo, Monseñor -dijo Athos-, no he puesto siquiera la espada en la mano,
pero he agarrado al
que me tocaba por medio del cuerpo y lo he tirado por la ventana. Parece que
al caer -continuó
Athos cor cierta duda- se ha roto una pierna.
-¡Ah, ah! -dijo el cardenal-. ¿Y vos, señor Porthos?
-Yo, Monseñor, sabiendo que el duelo está prohibido, he cogido
un banco y le he dado a uno
de esos bergantes un golpe que, según creo, le ha partido el hombro.
-Bien -dijo el cardenal-. ¿Y vos, señor Aramis?
-Yo, Monseñor, como soy de temperamento dulce y como además, cosa
que igual no sabe
Monseñor, estoy a punto de tomar el hábito, quería separarme
de mis camaradas cuando uno de
aquellos miserables me dio traidoramente una estocada de través en el
brazo úquierdo. Entonces
me faltó paciencia, saqué la espada a mi vez, y, cuando volvía
a la carga, creo haber notado que
al arrojarse sobre mí se había atravesado el cuerpo; sólo
sé con certeza que ha caído y me ha
parecido que se lo llevaban con sus dos compañeros.
-¡Diablos, señores! -dijo el cardenal-. Tres hombres fuera de combate
por una disputa de
taberna; no os vais de vacío. ¿Y a proposito, ¿de qué
vino la querella?
