estaban tensos día y
noche, y ocupados en escuchar el menor rumor que se alzara en uno de los grandes
reinos de
Europa.
El cardenal conocía la actividad y sobre todo el odio de Buckingham;
si la liga que amenazaba a
Francia triunfaba, toda su influencia estaba perdida; la política española
y la política austríaca
tenían sus representantes en el gabinete del Louvre, donde aún
no tenían más que partidarios;
él, Richelieu, el ministro francés, el ministro nacional por excelencia,
estaba perdido. El rey, que
pese a obedecerlo como un ni ño, lo odiaba como un niño odia a
su maestro, lo abandonaba a las
venganzas reunidas de Monsieur y de la reina; estaba por tanto perdi do, y quizá
Francia con él.
Había que remediar todo aquello.
Por eso se vieron correos, a cada instante más numerosos, suce derse
día y noche en aquella
casita del puente de La Pierre, donde el cardenal había establecido su
residencia.
Eran monjes que llevaban tan mal el hábito que era fácil reconocer
que pertenecían sobre todo
a la Iglesia militante; mujeres algo molestas en sus trajes de pajes, y cuyos
largos calzones no
podían disimilar por entero las formas redondeadas; en fin, campesinos
de manos en negrecidas
pero de pierna fina, y que olían a hombre de calidad a una legua a la
redonda.
Luego otras visitas menos agradables, porque dos o tres veces corrió
el rumor de que el
cardenal había estado a punto de ser asesinado.
Cierto que los enemigos de Su Eminencia decían que era ella misma la
que ponía en campaña
a asesinos torpes, a fin de tener, llegado el caso, el derecho de adoptar represalias;
pero no hay
que creer ni lo que dicen los ministros ni lo que dicen sus enemigos.
Lo cual, por lo demás, no impedía al cardenal, a quien jamás
ni sus más encarnizados
detractores han negado el valor personal, hacer sus recorridos nocturnos para
comunicar al
duque de Angulema órdenes importantes, tanto para ir a ponerse de acuerdo
con el rey como
para ir a conferenciar con algún mensajero que no quería que se
dejase entrar en su casa.
Por su lado los mosqueteros, que no tenían gran cosa que hacer en el
asedio, no eran
severamente controlados y llevaban una vida alegre. Y esto les era tanto más
fácil, sobre todo a
nuestros tres amigos, cuanto que, siendo amigos del señor de Tréville,
obtenían fácilmente de él
el llegar tarde y quedarse tras el cierre del campamento con per misos particulares.
Pero una noche en que D'Artagnan, que estaba de trinchera, no había podido
acompañarlos,
Athos, Porthos y Aramis, montados en sus caballos de batalla, envueltos en capas
de guerra y
con una mano sobre la culata de sus pistolas, volvían los tres de una
cantina que Athos había
descubierto dos días antes en el camino de La Jarrie, y que se llamaba
el Colombier-Rouge,
siguiendo el camino que llevaba al campamento estando en guardia, como hemos
dicho, por
temor a una emboscada, cuando a un cuarto de legua más o menos de la
aldea de Boisnar,
creyeron oír el paso de una cabalgata que venía hacia ellos; al
punto los tres se detuvieron,
apretados uno contra otro, y esperaron, en medio del camino. Al cabo de un instante,
y cuando
precisamente salía la luna de una nube, vieron aparecer en una vuelta
del camino dos caballeros
que al divisarlos se detuvieron también, pareciendo deliberar si debían
continuar su ruta o volver
atrás. Esta duda proporcionó algunas sospechas a los tres amigos
y Athos, dando algunos pasos
hacia adelante, gritó con su firme voz:
-¿Quién vive?
-¿Quién vive, vos? -respondió uno de aquellos caballeros.
-Eso no es contestar - dijo Athos-. ¿Quién vive? Responded o cargamos.
-¡Tened cuidado con lo que vais a hacer señores! -dijo enton ces
una voz vibrante que parecía
tener el hábito de mando.
-¿Es algún oficial superior que hace su ronda de noche? -dijo
Athos-. ¿Qué queréis hacer,
señores?
-¿Quiénes sois? -dijo la misma voz con el mismo tono de mando.
Responded o podríais pasarlo
mal por vuestra desobediencia.
-Mosqueteros del rey - dijo Athos, más y más convencido de que
quien los interrogaba tenía
derecho a ello.
- Qué compaña?
- Compaña de Tréville.
-Avanzad en orden y venid a darme cuenta de lo que hacíais aquí
a esta hora.
Los tres mosqueteros avanzaron, con la cabeza algo gacha, porque los tres estaban
ahora
convencidos de que tenían que vérselas con alguien más
