defiendo, a os juro por la cabeza de mi padre que el crimen que hayáis
cometido será el último.
-El señor D'Artagnan me ha ofendido cruelmente -dijo Milady con voz sorda-.
El señor
D'Artagnan morirá.
-¿De veras es posible que alguien os ofenda, señora? -dijo rien
do Athos-. ¿Os ha ofendido y
morirá?
-Morirá -replicó Milady-; ella primero, él después.
Athos fue arrebatado como por un vértigo: la vista de aquella criatura,
que no tenía nada de
mujer, le traía recuerdos terribles; pensó que un día,
en una situación menos peligrosa que
aquella en que se encontraba, había ya querido sacrificarla a su honor;
su deseo de crimen le
volvió quemándole y lo invadió como una fiebre ardiente:
se levantó a su vez, llevó la mano a su
cintura, sacó de él una pistola y la armó.
Milady, pálida como un cadáver, quiso gritar, pero su lengua helada
no pudo proferir más que
un sonido ronco que no tenía nada de palabra humana y que parecía
el estertor de una bestia
fiera; pegada contra la sombría tapicería, con los cabellos esparcidos,
parecía como la imagen
espantosa del terror.
Athos alzó lentamente su pistola, exte ndió el brazo de manera
que el arma tocase casi la frente
de Milady y luego, con una voz tanto más terrible cuanto que tenía
la calma suprema de una
inflexible resolución:
-Señora -dijo-, ahora mismo vais a entregarme el papel que os ha firmado
el cardenal, o por mi
alma que os salto la tapa de los sesos.
Con otro hombre Milady habría podido conservar alguna duda, pero ella
conocía a Athos; sin
embargo, permaneció inmóvil.
-Tenéis un segundo para decidiros -dijo él.
Milady vio en la contracción de su rostro que el disparo iba a salir;
llevó vivamente la mano a
su pecho, sacó de él un papel y lo tendió a Athos.
-¡Tomad -dijo ella-, y sed maldito!
Athos cogió el papel, volvió a poner la pistola en su cintura,
se acercó a la lámpara para
asegurarse de que era aquél, lo desplegó y leyó:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden
mía y para bien del Estado.
3 de diciembre de 1627.
Richelieu»
-Y ahora -dijo Athos recobrando su capa y volviendo a ponerse el sombrero en
la cabeza-,
ahora que lo he amancado los dientes, ví bora, muerde si puedes.
Y salió de la habitación sin mirar siquiera para atrás.
A la puerta encontró a los dos hombres y el caballo que tenían
de la mano.
-Señores -dijo- la orden de Monseñor, ya lo sabéises conducir
a esa mujer, sin perder tiempo,
al fuerte de La Pointe y no dejarla hasta que esté a bordo.
Como estas palabras concordaban efectivamente con la orden que había
recibido, inclinaron la
cabeza en señal de asentimiento.
En cuanto a Athos, montó con ligereza y partió al galope; sólo
que, en lugar de seguir la ruta,
tomó campo a través, picando con vigor a su caballo y deniéndose
de vez en cuando para
escuchar.
En uno de estos altos, oyó por el camino el paso de varios caballos.
No dudó que fueran el
cardenal y su escolta. Entonces echó una nueva camera, restregó
a su caballo con los brezales y
las hojas de los árboles y vino a situarse de través en el camino,
a doscientos pasos del
campamento aproximadamente.
-¿Quién vive? -gritó de lejos cuando divisó a los
caballeros.
-Es nuestro valiente mosquetero, según creo -dijo el cardenal.
-Sí, Monseñor -respondió Athos-, el mismo.
-Señor Athos -dijo Richelieu-, recibid mi agradecimiento por la buena
custodia que habéis
hecho de nosotros; señores, hemos llegado: tomad la puerta de la izquierda,
la contraseña es
Rey y Ré.
Al decir estas palabras, el cardenal saludó con la cabeza a los tres
amigos y giró a la derecha
seguido de su escudero; porque aquella no che dormía en el campamento.
-¡Y bien! -dijeron a una Porthos y Aramis cuando el cardenal estuvo fuera
del alcance de la
voz-. Y bien, ha firmado el papel que ella pedía.
-Lo sé -dijo tranquilamente Athos-, porque es éste.
Y los tres amigos no intercambiaron una sola palabra hasta su acuartelamiento,
excepto para
dar la con traseña a los centinelas.
Sólo que enviaron a Mosquetón a decir a Planchet que rogaban a
su amo que, al ser relevado
de trinchera, se dirigiese al momento al alojamiento de los mosqueteros.
Por otra parte, como Athos había previsto, Milady, al encontrarse en
