Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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corriente de la situación.
-¡Y bien! -dijo D'Artagnan a Athos-. Ya lo veis, querido ami go, es una guerra a muerte.
Athos movió la cabeza.
-Sí, sí -dijo-, ya lo veo, pero ¿créis que sea ella?
-Estoy seguro.
-Sin embargo os confieso que todavía dudo.
-¿Y esa flor de lis en el hombro?
-Es una inglesa que habrá cometido alguna fechoría en Francia y que habrá sido marcada a raíz
de su crimen.
-Athos, es vuestra mujer, os lo digo yo -repitió D'Artagnan-. ¿No recordáis cómo coinciden las
dos marcas?
-Sin embargo habría jurado que la otra estaba muerta, la colgué muy bien.
Fue D'Artagnan quien esta vez movió la cabeza.
-En fin ¿qué hacemos? -dijo el joven.
-Lo cierto es que no se puede estar así, con una espada eternamente suspendida sobre la
cabeza -dijo Athos-, y que hay que salir de esta situación.
-Pero ¿cómo?
-Escuchad, tratad de encontraros con ella y de tener una explica ción; decidle: ¡La paz o la
guerra! Palabra de gentilhombre de que nunca diré nada de vos, de que jamás haré nada contra
vos; por vuestra parte, juramento solemne de permanecer neutral respecto a mí; si no, voy en
busca del canciller, voy en busca del rey, voy en busca del verdugo, amotino la corte contra vos,
os denuncio por marcada, os hago meter a juicio, y si os absuelven, pues entonces os mato,
palabra de gentilhombre, en la esquina de cualquier guardacantón, como mataría a un perro
rabioso.
-No está mal ese sistema -dijo D'Artagnan-, pero ¿cómo encontrarme con ella?
-El tiempo, querido amigo, el tiempo trae la ocasión, la ocasión es la martingala del hombre;
cuanto más empeñado está uno, más se gana si se sabe esperar.
-Sí, pero esperar rodeado de asesinos y de envenenadores...
-¡Bah! -dijo Athos-. Dios nos ha guardado hasta ahora, Dios nos seguirá guardando.
-Sí, a nosotros sí; además, nosotros somos hombres y, considerándolo bien, es nuestro deber
arriesgar nuestra vida; pero ¡ella!... -añadió a media voz.
-¿Quién ella? - preguntó Athos.
-Constance. -La señora Bonacieux. ¡Ah! Es justo eso -dijo Athos-. ¡Pobre amigo! Olvidaba que estabais
enamorado.
-Pues bien -dijo Aramis-. ¿No habéis visto, por la carta misma que habéis encontrado encima
del miserable muerto, que estaba en un convento? Se está muy bien en un convento, y tan
pronto acabe el sitio de La Rochelle, os prometo que por lo que a mí se refiere.
-¡Bueno! -dijo Athos-. ¡Bueno! Sí, mi querido Aramis, ya sabemos que vuestros deseos tienden
a la religión.
-Sólo soy mosquetero por ínterin -dijo humildemente Arami:
-Parece que hace mucho tiempo que no ha recibido nuevas de su amante -dijo en voz baja
Athos-; mas no prestéis atención, ya conocemos eso.
-Bien -dijo Porthos-, me parece que hay un medio muy simple.
-¿Cuál? -preguntó D'Artagnan.
-¿Decís que está en un convento? -prosiguió Porthos.
-Sí.
-Pues bien, tan pronto como termine el asedio, la raptamos del ese convento.
-Pero habría que saber en qué convento está.
-Claro -dijo Porthos.
-Pero, pensando en ello -dijo Athos-, ¿no pretendéis querido D'Artagnan que ha sido la reina
quien le ha escogido el convento?
-Sí, eso creo por lo menos.
-Pues bien, Porthos nos ayudará en eso.
-¿Y cómo?
-Pues por medio de vuestra marquesa, vuestra duquesa, vuestra princesa; debe tener largo el
brazo.
-¡Chis! -dijo Porthos poniendo un dedo sobre sus labios-. La_ creo cardenalista y no debe saber
nada.
-Entonces -dijo Aramis-, yo me encargo de conseguir noticia,
-¿Vos, Aramis? -exclamaron los tres amigos-. ¿Vos? ¿Y cómo?
-Por medio del limosnero de la reina, del que soy muy amigo -dijo Aramis ruborizándose.
Y con esta seguridad, los cuatro amigos, que habían acabado modesta comida, se separaron
con la promesa de volverse a ver aquella misma noche; D'Artagnan volvió a los Mínimos, y los
tres mosqueteros alcanzaron el acuartelamiento del rey, donde tenían que hacer preparar su
alojamiento.


 

 
 

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