bueno, bebámoslo.
-No -dijo Athos-, no bebamos el vino que tiene una fuente desconocida.
-Tenéis razón, Athos -dijo D'Artagnan-. ¿Ninguno de vosotros
ha encargado al hostelero
enviarme vino?
-¡No! Y sin embargo, ¿os lo ha enviado de nuestra parte?
-Aquí está la carta -d¡jo D'Artagnan.
Y presentó el billete a sus camaradas.
-¡Esta no es su escritura! -exclamó Athos-. La conozco porque fui
yo quien antes de partir saldó
las cuentas de la comunidad.
-Carta falsa -dijo Porthos-; nosotros no hemos sido acuarte lados.
-D'Artagnan -preguntó Aramis en tono de reproche-, ¿cómo
habéis podido creer que habíamos
organizado un alboroto?...
D'Artagnan palideció y un estremecimiento convulsivo agitó sus
miembros.
-Me asustas -dijo Athos, que no le tuteaba sino en las grandes ocasiones-. ¿Qué
ha pasado
entonces?
-¡Corramos, corramos, amigos míos! -exclamó D'Artagnan-.
Una terrible sospecha cruza mi
mente. ¿Será otra vez una venganza de esa mujer?
Fue Athos el que ahora palideció.
D'Artagnan se precipitó hacia la cantina. Los tres mosqueteros y los
dos guardias lo siguieron.
Los primero que sorprendió la vista de D'Artagnan al entrar en el comedor
fue Brisemont
tendido en el suelo y retorciéndose en medio de atroces convulsiones.
Planchet y Fourreau, pálidos como muertos trataban de ayudarlo; pero
era evidente que
cualquier ayuda resultaba inútil: todos los rasgos del moribundo estaban
crispados por la agonía.
-¡Ay! -exclamó al ver a D'Artagnan-. ¡Ay, es horrible, fingís
perdonarme y me envenenáis!
-¡Yo! -exclamó D'Artagnan-. ¿Yo, desgraciado? Pero ¿qué
dices?
-Digo que sois vos quien me habéis dado ese vino, digo que sois vos quien
me ha dicho que lo
beba, digo que habéis querido vengaros de mí, digo que eso es
horroroso..
-No creáis eso, Brisemont -dijo D'Artagnan-, no creáis nada de
eso; os lo juro, os aseguro
que...
-¡Oh, pero Dios está aquí, Dios os castigará! ¡Dios
mío! Que sufra un día lo que yo sufro.
-Por el Evangelio -exclamó D'Artagnan precipitándose hacia el
moribundo-, os juro que
ignoraba que ese vino estuviese envenenado y que yo iba a beber como vos.
-No os creo -dijo el soldado.
Y expiró en medio de un aumento de torturas.
-¡Horroroso! ¡Horroroso! -murmuraba Athos, mientras Porthos rompía
las botellas y Aramis
daba órdenes algo tardías para que fuesen en busca de un confesor.
-¡Oh, amigos míos! -dijo D'Artagnan-. Venís una vez más
a salvarme la vida, no sólo a mí, sino
a estos señores. Señores -continuó dirigiéndose
a los guardias-, os ruego silencio sobre toda esta
aventura; grandes personajes podrían estar pringados en lo que habéis
visto, y el perjuicio de
todo esto recaería sobre nosotros.
-¡Ay, señor! -balbuceaba Planchet, más muerto que vivo-.
¡Ay, señor, me he librado de una
buena!
-¡Cómo, bribón! -exclamó D'Artagnan-. ¿Ibas
entonces a beber mi vino?
-A la salud del rey, señor, iba a beber un pobre vaso si Fourreau no
me hubiera dicho que me
llamaban.
¡Ay! -dijo Fourreau, cuyos dientes rechinaban de terror-. Yo quería
alejarlo para beber
completamente solo.
-Señores -dijo D'Artagnan dirigiéndose a los guardias-, comprenderéis
que un festín semejante
sólo sería muy triste después de lo que acaba de ocurrir;
por eso, recibid mis excusas y dejemos
la partida para otro día, por favor.
Los dos guardias aceptaron cortésmente las excusas de D'Artagnan y, comprendiendo
que los
cuatro amigos deseaban estar solos, se retiraron.
Cuando el joven guardia y los tres mosqueteros estuvieron sin testigos, se
miraron de una
forma que quería decir que todos comprendían la gravedad de la
situación.
-En primer lugar -dijo Athos-, salgamos de esta sala; no hay peor compaña
que un muerto de
muerte violenta.
-Planchet -dijo D'Artagnan-, os encomiendo el cadáver de es te pobre
diablo. Que lo entierren
en tierra santa. Cierto que había cometido un crimen, pero estaba arrepentido.
Y los cuatro amigos salieron de la habitación, dejando a Planchet y a
Fourreau el cuidado de
rendir los honores mortuorios a Brisemont.
El hostelero les dio otra habitación en la que les sirvió huevos
pasados por agua y agua que el
mismo Athos fue a sacar de la fuente. En pocas palabras Porthos y Aramis fueron
puestos al
