en sus placeres como yo pensaba
en ellos en mi aburrimiento; desde luego, beberé a su salud y de muy
buena gana, pero no
beberé solo.
Y D'Artagnan corrió a casa de dos guardias con los que había hecho
más amistad que con los
demás, a fin de invitarlos a beber con él el delicioso vinillo
de Anjou que acababa de llegar de
Villeroi. Uno de los guardias estaba invitado para aquella misma noche y otro
para el día
siguiente; la reunión fue fijada por tanto para dos días después.
Al volver, D'Artagnan envió las doce botellas de vino a la cantina de
los guardias,
recomendando que se las guardasen con cuidado; lue go, el día de la celebración,
como la comida
estaba fijada para la hora del mediodía, D'Artagnan envió a las
nueve a Planchet para preparar lo
todo.
Planchet, muy orgulloso de ser elevado a la dignidad de maître, pensó
en preparar todo como
hombre inteligente; a este efecto, se hizo ayudar del criado de uno de los invitados
de su amo,
llamado Fourreau, y de aquel falso soldado que había querido matar a
D'Arta gnan, y que por no
pertenecer a ningún cuerpo, había entrado a su servicio, o mejor,
al de Planchet, desde que
D'Artagnan le había salvado la vida.
Llegada la hora del festín, los dos invitados llegaron y ocuparon su
sitio y se alinearon los
platos en la mesa. Planchet servia, servilleta en brazo, Fourreau descorchaba
las botellas, y
Brisemont, tal era el nombre del convaleciente, transvasaba a pequeñas
garrafas de cristal el vi-
no que parecía haber formado posos por efecto de las sacudidas del camino.
La primera botella
estaba algo turbia hacia el final: de este vi no Brisemont vertió los
posos en su vaso, y D'Artagnan
le permitió beberlo; porque el pobre diablo no tenía aún
muchas fuerzas.
Los convidados, tras haber tomado la sopa, iban a llevar el primer vaso a sus
labios cuando de
pronto el cañn resonó en el fuerte Louis y en el fuerte Neuf;
al punto, creyendo que se trataba
de algún ata que imprevisto, bien de los sitiados, bien de los ingleses,
los guardias saltaron sobre
sus espadas; D'Artagnan, no menos rápido, hizo como ellos y los tres
salieron corriendo a fin de
dirigirse a sus puestos.
Mas apenas estuvieron fuera de la cantina cuando se enteraron de la causa de
aquel gran
alboroto; los gritos de ¡Viva el rey! ¡Viva el cardenal! resonaban
por todas las direcciones.
En efecto, el rey, impaciente como se había dicho, acababa de hacer en
una dos etapas, y
llegaba en aquel mismo instante con toda su casa y un refuerzo de diez mil hombres
de tropa; le
precedían y seguían sus mosqueteros. D'Artagnan, formando calle
con su compañia, saludó con
gesto expresivo a sus amigos, que le respondieron con los ojos, y al señor
de Tréville, que lo
reconoció al instante.
Una vez acabada la ceremonia de recepción, los cuatro amigos es tuvieron
al punto en brazos
unos de otros.
-¡Diantre! -exclamó D'Artagnan-. No podíais haber llegado
en mejor momento, y la carne no
habrá tenido tiempo aún de enfriarse.
¿No es eso, señores? -añadió el joven volviéndose
hacia los dos guardias, que presentó a sus
amigos.
-¡Vaya, vaya, parece que estábamos de banquete! -dijo Porthos.
-Espero -dijo Aramis- que no
haya mujeres en vuestra comida.
-¿Es que hay vino potable en vuestra bicoca? -preguntó Athos.
-Diantre, tenemos el vuestro, querido amigo -respondió D'Artagnan.
-¿Nuestro vin o? -preguntó Athos asombrado.
-Sí, el que me habéis enviado.
-¿Nosotros os hemos enviado vino?
-Lo sabéis de sobra, de ese vinillo de los viñedos de Anjou.
-Sí, ya sé a qué vino os referéis.
-El vino que preferís.
-Sin duda, cuando no tengo ni champagne ni chambertin.
-Bueno, a falta de champagne y de chambertin os contentaréis con éste.
- O sea que, sibaritas como somos, hemos hecho venir vino de Anjou -dijo Porthos.
-Pues claro, es el vino que me han enviado de parte vuestra.
-¿De nuestra parte? -dijeron los tres mosqueteros.
-Aramis, ¿sois vos quién habéis enviado vino? -dijo Athos.
-No, ¿y vos, Porthos?
-No, ¿y vos Athos?
-No.
-Si no es vuestro -dijo D'Artagnan-, es de vuestro hostelero.
-¿Nuestro hostelero?
-Pues claro, vuestro hostelero, Godeau, hostelero de los mosqueteros.
-A fe nuestra que, venga de donde quiera, no importa -dijo Porthos-; probémoslo,
y si es
