con una ojeada rápida exploró los alrededores.
D'Artagnan se lanzó a su cuello y lo abrazó con ternura; luego
quiso llevárselo fuera de aquel
lugar húmedo; entonces se dio cuenta de que Athos vacilaba.
-¿Estáis herido? -le dijo.
-¡Yo, nada de eso! Estoy totalmente borracho eso es todo, y jamás
hombre alguno ha tenido
tanto como se necesitaba para ello. ¡Vive Dios! Hostelero, me parece que
por lo menos yo solo
me he bebido ciento cincuenta botellas.
-¡Misericordia! -exclamó el hostelero-. Si el criado ha bebido
la mitad sólo del amo, estoy
arruinado.
-Grimaud es un lacayo de buena casa, que no se habría permiti do lo
mismo que yo; él ha
bebido de la tuba; vaya, creo que se ha olvidado de goner la espita. ¿Oís?
Está corriendo.
D'Artagnan estalló en una carcajada que cambió el temblor del
hostelero en fiebre ardiente.
Al mismo tiempo Grimaud apareció detrás de su amo, con el mosquetón
al hombro la cabeza
temblando como esos sátiros ebrios de los cuadros de Rubens. Estaba rociado
por delante y por
detrás de un licor pringoso que el hostelero reconoció en seguida
por su mejor aceite de oliva.
El cortejo atravesó el salón y fue a instalarse en la mejor habitación
del albergue, que
D'Artagnan ocupó de manera imperativa.
Mientras tanto, el hostelero y su mujer se precipitaron con lámparas
en la bodega, que les
había sido prohibida durante tanto tiempo y donde un horroroso espectáculo
los esperaba.
Más allá de las fortificaciones en las que Athos había
hecho brecha para salir y que componían
haces, tablones y toneles vacíos amontonados según todas las reglas
del arte estratégico, se
veían aquí y allá, nadando en mares de aceite y de vino,
las osamentas de todos los jamones
comidos, mientras que un montón de botellas rotas tapizaba todo el ángulo
izquierdo de la
bodega, y un tonel, cuya espita había quedado abierta, perdía
por aquella abertura las últimas
gotas de su sangre. La imagen de la devastación y de la muerte, como
dice el poeta de la
antigüedad, reinaba allí como en un campo de batalla.
De las cincuenta salchichas, apenas diez quedaban colgadas de las vigas.
Entonces los aullidos del hostelero y de la hostelera taladraron la bóveda
de la bodega; hasta
el mismo D'Artagnan quedó conmovido. Athos ni siquiera volvió
la cabeza.
Pero al dolor sucedió la rabia. El hostelero se armó de una rama
y, en su desesperación, se
lanzó a la habitación donde los dos amigos se habían retirado.
-¡Vino! -dijo Athos al ver al hostelero.
-¿Vino? -exclamó el hostelero estupefacto-. ¿Vino? Os habéis
bebido por valor de más de cien
pistolas; soy un hombre arruinado, perdido aniquilado.
-¡Bah! -dijo Athos-. Nosotros seguimos con sed.
-Si os hubierais contentado con beber, todavía; pero habéis roto
todas las botellas.
-Me habéis empujado sobre un montón que se ha venido abajo. Vuestra
es la culpa.
- Todo mi aceite perdido!
-Él aceite es un bálsamo soberano para las heridas, y era preciso
que el pobre Grimaud se
curase las que vos le habéis hecho.
-¡Todos mis salchichones roídos!
-Hay muchas ratas en esa bodega.
-Vais a pagarme todo eso -exclamó el hostelero exasperado.
-¡Triple bribón! -dijo Athos levantándose. Pero volvió
a caer en seguida; acababa de dar la
medida de sus fuerzas. D'Artagnan vino en su ayuda alzando su fusta.
El hostelero retrocedió un paso y se puso a llorar a mares.
-Esto os enseñará -dijo D'Artagnan- a tratar de una forma más
cortés a los huéspedes que Dios
os envía...
-¿Dios? ¡Mejor diréis el diablo!
-Mi querido amigo -dijo D'Artagnan-, si seguís dándonos la murga,
vamos a encerrarnos los
cuatro en vuestra bodega a ver si el estropicio ha sido tan grande como decís.
-Bueno, señores -dijo el hostelero-, me he equivocado, lo con fieso,
pero todo pecado tiene su
misericordia; vosotros sois señores, y yo soy un pobre alberguista, tened
piedad de mí.
-Ah, si hablas así -dijo Athos-, vas a ablandarme el corazón,
y las lágrimas van a correr de mis
ojos como el vino corría de tus toneles. No era tan malo el diablo como
lo pintan. Veamos, ven
aquí y hablaremos.
El hostelero se acercó con inquietud.
-Ven, lo digo, y no tengas miedo -continuó Athos-. En el momento que
iba a pagarte, puse mi
bolsa sobre la mesa.
-Sí, monseñor.
-Aquella bolsa contenía sesenta pistolas, ¿dónde está?
-Depositada en la escribanía, monseñor; habían dicho que
era moneda falsa.
