Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



-Sí, señor, sí, tenéis razón -dijo el hostelero-, pero mirad, mirad cómo se cobra.
-Sin duda lo habrán molestado -dijo D'Artagnan.
-Pero tenemos que molestarlo -exclamó el hostelero-; acaban de llegarnos dos gentileshombres
ingleses.
-¿Y?
-Pues que los ingleses gustan del buen vino, como vos sabéis, señor, y han pedido del mejor.
Mi mujer habrá solicitado al señor Athos permiso para entrar y satisfacer a estos señores; y como
de costumbre él se habrá negado. ¡Ay, bondad divina! ¡Ya tenemos otra vez escan dalera!
En efecto, D'Artagnan oyó un gran ruido venir del lado de la bodega; se levantó, precedido por
el hostelero, que se retorcía las manos, y seguido de anchet, que llevaba su mosquetón cargado,
se acercó al lugar de la escena.
Los dos gentileshombres estaban exasperados, habían hecho un largo viaje y se morían de
hambre y de sed.
-Pero esto es una tiranía -exclamaban ellos en muy buen fran cés, aunque con acento
extranjero-, que ese loco no quiera dejar a estas buenas gentes usar su vino. Vamos a hundir la
puerta y, si está demasiado colérico, pues lo matamos.
-¡Mucho cuidado, señores! -dijo D'Artagnan sacando sus pisto las de su cintura-. Si os place, no
mataréis a nadie.
-Bueno, bueno -decía detrás de la puerta la voz tranquila de Athos-, que los dejen entrar un
poco a esos traganiños, y ya veremos.
Por muy valientes que parecían ser, los dos gentileshombres se miraron dudando; se hubiera
dicho que había en aquella bodega uno de esos ogros famélicos, gigantescos héroes de las
leyendas populares, cuya caverna nadie fuerza impunemente.
Hubo un momento de silencio, pero al fin los dos ingleses sintieron vergüenza de volverse atrás
y el más osado de ellos descendió los cinco o seis peldaños de que estaba formada la escalera y
dio a la puerta una patada como para hundir el muro.
-Planchet -dijo D'Artagnan cargando sus pistolas-, yo me encargo del que está arriba,
encárgate tú del que está abajo. ¡Ah, señores, queréis batalla! Pues bien, vamos a dárosla. -¡Dios mío! -exclamó la voz hueca de Athos-. Oigo a D'Artag nan, según me parece.
-En efecto -dijo D'Artagnan alzando la voz a su vez-, soy yo, amigo mío.
-¡Ah, bueno! Entonces -dijo Athos-, vamos a trabajar a esos derribapuertas.
Los gentileshombres habían puesto la espada en la mano, pero se encontraban cogidos entre
dos fuegos; dudaron un instante todavía; pero, como en la primera ocasión, venció el orgullo y
una segunda patada hizo tambalearse la puerta en toda su altura.
-Apártate, D'Artagnan, apártate -gritó Athos-, apártate, voy a disparar.
-Señores -dijo D'Artagnan, a quien la reflexión no abandonaba nunca-, señores, pensadlo.
Paciencia, Athos. Os vais a meter en un mal asunto y vais a ser acribillados. Aquí, mi criado y yo
que os solta remos tres disparos; y otros tantos os llegarán de la bodega; además, todavía
tenemos nuestras espadas, que mi amigo y yo, os lo aseguro, manejamos pasablemente.
Dejadme que me ocupe de mis asuntos y hs vuestros. Dentro de poco tendréis de beber, os doy
mi palabra.
-Si es que queda -gruñ la voz burlona de Athos.
El hostelero sintió un sudor frío correr a lo largo de su espina.
-¿Cómo que si queda? -murmuró.
-¡Qué diablos! Quedara -prosguió D'Artagnan-, estad tránquilo, entre dos no se habrán bebido
toda la bodega. Señores, devolved vuestras espadas a sus vainas.
-Bien. Y vos volved a poner vuestras pistolas en vuestro cinto.
-De buen grado.
Y D'Artagnan dio ejemplo. Luego, volviéndose hacia Planchet, le hizo señal de desarmar su
mosquetón.
Los ingleses, convencidos, devolvieron gruñendo sus espadas a la vaina. Se les contó la historia
del apasionamiento de Athos. Y como eran buenos gentileshombres, le quitaron la razón al
hostelero.
-Ahora, señores -dijo D'Artagnan-, volved a vuestras habita ciones, y dentro de diez minutos os
prometo que os llevarán cuanto podáis desear.
Los ingleses saludaron y salieron.
-Ahora estoy solo, mi querido Athos -dijo D'Artagnan-, abridme la puerta, por favor.
-Ahora mismo -dijo Athos.
Entonces se oyó un gran ruido de haces entrechocando y de vigas gimiendo: eran las
contraescarpas y los bastiones de Athos que el sitiado demolía por sí mismo.
Un instante después, la puerta se tambaleó y se vio aparecer la cabeza pálida de Athos, quien


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission