Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Al batirse en retirada, como he dicho, señor, encontró tras él la escalera de la bodega, y como
la puerta estaba abierta, sacó la llave y se encerró dentro. Como estaban seguros de encontrarlo
allí, lo dejaron en paz.
-Sí -dijo D'Artagnan-, no se trataba de matarlo, sólo querían hacerlo prisionero.
-¡Santo Dios! ¿Hacerlo prisionero, monseñor? El mismo se apri sionó, os lo juro. En primer
lugar, había trabajado rudamente: un hom bre estaba muerto de un golpe y otros dos heridos de
gravedad. El muerto y los dos heridos fueron llevados por sus camaradas, y no he oído hablar
nunca más de ellos, ni de unos ni de otros. Yo mismo, cuando recuperé el conocimiento, fui a
buscar al señor gobernador, al que conté todo lo que había pasado, y al que pregunté qué debía
hacer con el prisionero. Pero el señor gobernador fingió caer de las nubes; me dijo que ignoraba
por completo a qué me refería, que las órdenes que habían llegado no procedían de él, y que si
tenía la desgracia de decir a quienquiera que fuese que él estaba metido en toda aquella escara-
muza, me haría prender. Parece que yo me había equivocado, señor, que había arrestado a uno
por otro, y que al que debía arrestar estaba a salvo.
-Pero ¿Athos? -exclamó D'Artagnan, cuya impaciencia aumentaba por el abandono en que la
autoridad dejaba el asunto-. ¿Qué ha sido de Athos?
-Como yo tenía prisa por reparar mis errores hacia el prisionero -prosiguió el alberguista-, me
encaminé hacia la bodega a fin de devolverle la libertad. ¡Ay, señor, aquello no era un hombre,
era un diablo! A la proposición de libertad, declaró que era una trampa que se le tendía y que
antes de salir debía imponer sus condiciones. Le dije muy humildemente, porque ante sí mismo
yo no disimulaba la mala situación en que me había colocado poniéndole la mano encima a un
mosquetero de Su Majestad, le dije que yo estaba dispuesto a someterme a sus condiciones. «En
primer lugar -dijo-, quiero que se me devuelva a mi criado completamente armado.» Nos dimos
prisa por obedecer aquella orden porque, como comprenderá el señor, nosotros estábamos
dispuesto a hacer todo lo que quisiera vuestro amigo. El señor Grimaud (él sí ha dicho su
nombre, aunque no habla mucho), el señor Grimaud fue, pues, bajado a la bodega, herido como
estaba; entonces su amo, tras haberlo recibido, volvió a atrancar la puerta y nos ordenó
quedarnos en nuestra tienda.
-Pero ¿dónde está? -exclamó D'Artagnan-. ¿Dónde está Athos?
-En la bodega, señor.
-¿Cómo desgraciado, lo retenéis en la bodega desde entonces?
-¡Bondad divina! No señor. ¡Nosotros retenerlo en la bodega! ¡No sabéis lo que está haciendo
en la bodega! ¡Ay si pudieseis hacerlo salir, señor, os quedaría agradecido toda mi vida, os
adoraría como a un amo!
-Entonces, ¿está allí, allí lo encontraré?
-Sin duda, señor, se ha obstinado en quedarse. Todos los días se le pasa por el tragaluz pan en
la punta de un horcón y carne cuando la pide, pero ¡ay!, no es de pan y de carne de lo que hace
el mayor consumo. Una vez he tratado de bajar con dos de mis mozos, pero se ha encolerizado
de forma terrible. He oído el ruido de sus pistolas, que cargaba, y de su mosquetón, que cargaba su criado. Luego, cuan do le hemos preguntado cuáles eran sus intenciones, el amo ha res-
pondido que tenía cuarenta disparos para disparar él y su criado, y que dispararían hasta el
último antes de permitir que uno solo de nosotros pusiera el pie en la bodega. Entonces, señor,
yo fui a quejarme al gobernador, el cual me respondió que no tenía sino lo que me merecía, y
que esto me enseñaría a no insultar a los honorables señores que tomaban albergue en mi casa.
-¿De suerte que desde entonces?... -prosiguió D'Artagnan no pudiendo impedirse reír de la
cara lamentable de su hostelero.
-De suerte que desde entonces, señor -continuó éste-, llevamos la vida más triste que se
pueda ver; porque, señor, es preciso que sepáis que nuestras provisiones están en la bodega; allí
está nues tro vino embotellado y nuestro vino en cubas, la cerveza, el aceite y las especias, el
tocino y las salchichas; y como nos han prohibido bajar, nos hemos visto obligados a negar
comida y bebida a los viajeros que nos llegan, de suerte que todos los días nuestra hostería se
pierde. Una semana más con vuestro amigo en la bodega y estaremos arrui nados.
-Y sería de justicia, bribón. ¿No se ve en nuestra cara que éramos gente de calidad y no
falsarios, decid?


 

 
 

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