la vida. Acordaos
cuando gritó: «Largaos, D'Artagnan! Me han cogido»
Y después de haber descargado sus dos pistolas, ¡qué ruido
terrible hacía con su espada! Se
hubiera dicho que eran veinte hom bres, o mejor, veinte diablos rabiosos.
Y estas palabras redoblaban el ardor de D'Artagnan, que aguijo neaba a su caballo,
el cual sin
necesidad de ser aguijoneado llevaba a su caballero al galope.
Hacia las once de la mañana divisaron Amiens; a las once y media estaban
a la puerta del
albergue maldito.
D'Artagnan había meditado contra el hostelero pérfido en una de
esas buenas venganzas que
consuelan, aunque no sea más que a la esperanza. Entró, pues,
en la hostería, con el sombrero
sobre los ojos, la mano izquierda en el puño de la espada y haciendo
silbar la fusta con la mano
derecha.
-¿Me conocéis? - dijo al hostelero, que avanzaba para saludarle.
-No tengo ese honor, monseñor -respondió aquél con los
ojos todavía deslumbrados por el
brillante equipo con que D'Artagnan se presentaba.
-¡Ah, conque no me co nocéis!
-No, monseñor.
-Bueno, dos palabras os devolverán la memoria. ¿Qué habéis
hecho del gentilhombre al que
tuvisteis la audacia, hace quince días poco más o menos, de intentar
acusarlo de moneda falsa?
El hostelero palideció, porque D'Artagnan había adoptado la actitud
más amenazadora, y
Panchet hacía lo mismo que su dueño.
-¡Ah, monseñor, no me habléis de ello! -exclamó el
hostelero con su tono de voz más
lacrimoso-. Ah, señor, cómo he pagado esa falta. ¡Desgraciado
de mí!
-Y el gentilhombre, os digo, ¿qué ha sido de él?
-Dignaos escucharme, monseñor, y sed clemente. Veamos, sen taos, por
favor.
D'Artagnan, mudo de cólera y de inquietud, se sentó amenazador
como un juez. Planchet se
pegó orgullosamente a su butaca.
-Esta es la historia, Monseñor -prosiguió el hostelero todo tembloroso-,
porque os he
reconocido ahora: fuisteis vos el que par tió cuando yo tuve aquella
desgraciada pelea con ese
gentilhombre de que vos habláis.
-Sí, fui yo; así que, como veis, no tenéis gracias que
esperar si no decís toda la verdad.
-Hacedme el favor de escucharme y la sabréis toda entera.
-Escucho.
-Yo había sido prevenido por las autoridades de que un falso monedero
célebre llegaría a mi
albergue con varios de sus compañeros, todos disfrazados con el traje
de guardia o de
mosqueteros. Vuestros caballos, vuestros lacayos, vuestra figura, señores,
todo me lo habían
pintado.
-¿Después, después? - dijo D'Artagnan, que reconoció
en segui da de dónde procedían aquellas
señas tan exactamente dadas.
-Tomé entonces, según las órdenes de la autoridad que me
envió un refuerzo de seis hombres,
las medidas que creí urgentes a fin de detener a los presuntos monederos
falsos.
-¡Todavía! -dijo D'Artagnan a quien esta palabra de monedero falso
calentaba terriblemente las
orejas.
-Perdonadme, monseñor, por decir tales cosas, pero precisamente son mi
excusa. La autoridad
me había metido miedo, y vos sabéis que un alberguista debe tener
cuidado con la autoridad.
-Pero una vez más, ese gentilhombre ¿dónde está?
¿Qué ha sido de él? ¿Está muerto? ¿Está
vivo?
-Paciencia, monseñor, que ya llegamos. Sucedió, pues, lo que vos
sabéis, y vuestra precipitada
marcha -añadió el hostelero con una fineza que no escapó
a D'Artagnan- parecía autorizar el
desenlace. Ese gentilhombre amigo vuestro se defendió a la desesperada.
Su cria do, que por una
desgracia imprevista había buscado pelea a los agentes de la autoridad,
disfrazados de mozos de
cuadra...
-¡Ah, miserable! -exclamó D'Artagnan-. Estabais todos de acuer
do, y no sé cómo me contengo
y no os mato a todos.
-¡Ay! No, monseñor, no todos estábamos de acuerdo, y vais
a verlo en seguida. El señor
vuestro amigo (perdón por no llamarlo por el nombre honorable que sin
duda lleva, pero
nosotros ignoramos ese nombre), el señor vuestro amigo, después
de haber puesto de combate
a dos hombres de dos pistoletazos, se batió en retirada defendiéndose
con su espada, con la que
lisió incluso a uno de mis hombres, y con un cintarazo que me dejó
aturdido.
-Pero, verdugo, ¿acabarás? -dijo D'Artagnan-. Athos, ¿qué
ha sido de Athos?
