Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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conseguido él mismo. Si se trataba de la ciencia heráldica, Athos conocía todas las familias
nobles del reino, su genealogía, sus alianzas, sus armas y el origen de sus armas. La etiqueta no
tenía minucias que le fuesen extrañas, sabía cuáles eran los derechos de los grandes
propietarios, conocía a fondo la montería y la halconería y cierto día, hablando de ese gran arte,
había asombrado al rey Luis XIII mismo, que, sin embargo, pasaba por maestro de la materia.
Como todos los grandes señores de esa época, montaba a caballo y practicaba la esgrima a la
perfección. Hay más: su educación había sido tan poco descuidada, incluso desde el punto de
vista de los estudios escolásticos, tan raros en aquella época entre los gentileshombres, que
sonreía a los fragmentos de latín que soltaba Aramis y que Porthos fingía comprender; dos o tres
veces incluso, para gran asombro de sus amigos, le había ocurrido, cuando Aramis dejaba
escapar algún error de rudimento, volver a poner un verbo en su tiempo o un nombre en su
caso. Además, su probidad era inatacable en ese siglo en que los hombres de guerra transigían
tan fácilmente con su religión o su conciencia, los amantes con la delicadeza rigurosa de nuestros
días y los pobres con el séptimo mandamiento de Dios. Era, pues, Athos un hombre muy
extraordinario.
Y sin embargo, se veía a esta naturaleza tan distinguida, a esta criatura tan bella, a esta
esencia tan fina, volverse insensiblemente hacia la vida material, como los viejos se vuelven
hacia la imbecilidad física y moral. Athos, en sus horas de privación, y esas horas eran frecuen-
tes, se apagaba en toda su parte luminosa, y su lado brillante desapa recía como en una profunda
noche.
Entonces, desvanecido el semidiós, se convertía apenas en un hombre. Con la cabeza baja, los
ojos sin brillo, la palabra pesada y penosa, Athos miraba durante largas horas bien su botella y
su vaso, bien a Grimaud que, habituado a obedecerle por señas, leía en la mirada átona de su
señor hasta el menor deseo, que satisfacía al punto. La reunión de los cuatro amigos había tenido lugar en uno de estos momentos: un palabra, escapada con un violento esfuerzo, era todo
el contingente que Athos proporcionaba a l a conversación. A cambio, Athos solo bebía por
cuatro, y esto sin que se notase salvo por un fruncido del ceño más acusado y por una tristeza
más profunda.
D'Artagnan, de quien conocemos el espíritu investigador y penetrante, por interés que tuviese
en satisfacer su curiosidad sobre el te ma, no había podido aún asignar ninguna causa a aquel
marasmo, ni anotar las ocasiones. Jamás Athos recibía cartas, jamás Athos daba un paso que no
fuera conocido por todos sus amigos.
No se podía decir que fuera el vino lo que le daba aquella tristeza, porque, al contrario, sólo
bebía para olvidar esta tristeza, que este remedio, como hemos dicho, volvía más sombría aún.
No se podía atribuir aquel exceso de humor negro al juego, porque al contrario de Porthos, quien
acompañaba con sus cantos o con sus juramentos todas las variaciones de la suerte, Athos,
cuando había ganado, permanecía tan impasible como cuando había perdido. Se le había visto,
en el círculo de los mosqueteros, ganar una tarde tres mil pistolas y perder hasta el cinturón
brocado de oro de los días de gala; volver a ganar todo esto adernás de cien luises más, sin que
su hermosa ceja negra se hubiese levantado o bajado media línea, sin que sus manos perdiesen
su matiz nacarado, sin que su conversación, que era agradable aquella tarde, cesase de ser
tranquila y agradable.
No era tampoco, como en nuestros vecinos los ingleses, una in fluencia atmosférica la que
ensombrecía su rostro, porque esa tristeza se hacía más intensa por regla general en los días
calurosos del año; junio y julio eran los meses terribles de Athos.
Al presente no tenía penas, y se encogía de hombros cuando le hablaban del porvenir; su
secreto estaba, pues, en el pasado, co mo le había dicho vagamente a D'Artagnan.
Aquel tinte misterioso esparcido por toda su persona volvía aún más interesante al hombre
cuyos ojos y cuya boca, en la embriaguez más completa, jamás habían revelado nada, sea cual
fuere la astucia de las preguntas dirigidas a él.
-¡Y bien! -pensaba D'Artagnan-. El pobre Athos está quizá muerto en este momento, y muerto
por culpa mía, porque soy yo quien lo metió en este asunto, cuyo origen él ignoraba, y cuyo
resultado ignorará y del que ningún provecho debía sacar.
-Sin contar, señor -respondió Panchet-, que probablemente le debemos


 

 
 

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