puerta.
-¡Bruñid mi espada enderezad mi sombrero de fieltro, cepillad mi
capa y cargad mis pistolas!
-dijo Aramis.
-Esta última recomendación es inútil -interrumpió
D'Artagnan-; hay pistolas cargadas en
vuestras fundas.
Bazin suspiró.
-Vamos, maese Bazin, tranquilizaos - dijo D'Artagnan-; se ga na el reino de
los cielos en todos
los estados.
-¡El señor era ya tan buen teólogo! -dijo Bazin casi llorando-.
Hubiera llegado a obispo y quizá
a cardenal.
-Y bien, mi pobre Bazin, veamos, reflexiona un poco: ¿para qué
sirve ser hombre de iglesia,
por favor? No se evita con ello ir a hacer la guerra; como puedes ver, el cardenal
va a hacer la
primera campaña con el casco en la cabeza y la partesana al puño;
y el señor de Na gret de La
Valette, ¿qué me dices? También es cardenal; pregúntale
a su lacayo cuántas veces tiene que
vendarle.
-¡Ay! -suspiró Bazin-. Ya lo sé, señor, todo está
revuelto en este mundo de hoy.
Durante este tiempo, los dos jóvenes y el pobre lacayo habían
descendido.
-Tenme el estribo, Bazin -dijo Aramis.
Y Aramis se lanzó a la silla con su gracia y su ligereza ordinarias;
pero tras algunas vueltas y
algunas corvetas del noble animal, su caballero se resintió de dolores
tan insoportables que
palideció y se tambaleó. D'Artagnan, que en previsión de
este accidente no lo había perdi do de
vista, se lanzó hacia él, lo retuvo en sus brazos y lo condujo
a su habitación.
-Está bien, mi querido Aramis, cuidaos -dijo-, iré sólo
en busca de Athos.
-Sois un hombre de bronce -le dijo Aramis.
-No, tengo suerte, eso es todo; pero ¿cómo vais a vivir mientras
me esperáis? Nada de tesis,
nada de glosas sobre los dedos y las bendiciones, ¿eh?
Aramis sonrió.
-Haré versos -dijo.
-Sí, versos perfumados al olor del billete de la doncella de la señora
de Chevreuse. Enseñad,
pues, prosodia a Bazin, eso le consolará. En cuanto al caballo, montadlo
todos los días un poco, y
eso os habituará a las maniobras.
-¡Oh, por eso estad tranquilo! -dijo Aramis-. Me encontraréis dispuesto
a seguiros.
Se dijeron adiós y, diez minutos después, D'Artagnan, tras haber
recomendado su amigo a
Bazin y a la hostelera, trotaba en dirección de Amiens.
¿Cómo iba a encontrar a Athos? ¿Lo encontraría acaso?
La posición en la que lo había dejado era crítica; bien
podía haber sucumbido. Aquella idea,
ensombreciendo su frente, le arrancó algu nos suspiros y le hizo formular
en voz baja algunos
juramentos de venganza. De todos sus amigos, Athos era el mayor y por tanto
el menos cercano
en apariencia en cuanto a gustos y simpatías.
Sin embargo, tenía por aquel gentilhombre una preferencia nota ble.
El aire noble y distinguido
de Athos, aquellos destellos de grandeza que brotaban de vez en cuando de la
sómbra en que se
encerraba voluntariamente, aquella inalterable igualdad de humor que le hacía
el compañero más
fácil de la tierra, aquella alegría forzada y mordaz, aquel valor
que se hubiera llamado ciego si no
fuera resultado de la más rara sangre fría, tantas cualidades
cautivaban más que la estima, más
que la amistad de D'Artagnan, cautivaban su admiración.
En efecto, considerado incluso al lado del señor de Tréville,
el elegante cortesano Athos, en sus
días de buen humor podía sostener con ventaja la comparación;
era de talla mediana, pero esa
talla estaba tan admirablemente cuajada y tan bien proporcionada que más
de una vez, en sus
luchas con Porthos, había hecho doblar la rodilla al gigante cu ya fuerza
física se había vuelto
proverbial entre los mosqueteros; su cabeza, de ojos penetrantes, de nariz recta,
de mentón
dibujado como el de Bruto, tenía un carácter indefinible de grandeza
y de gracia; sus manos, de
las que no tenía cuidado alguno, causaban la desesperación de
Aramis, que cultivaba las suyas
con gran cantidad de pastas de almendras y de aceite perfumado; el sonido de
su voz era pe-
netrante y melodioso a la vez, y además, lo que había de indefinible
en Athos, que se hacía
siempre oscuro y pequeño, era esa ciencia delicada del mundo y de los
usos de la más brillante
sociedad, esos hábitos de buena casa que apuntaba como sin querer en
sus menores acciones.
Si se trataba de una comida, Athos la ordenaba mejor que nadie en el mundo,
colocando a
cada invitado en el sitio y en el rango que le habían conseguido sus
antepasados o que se había
