su rostro resplandecía.
-Parece que la doncella tiene un hermoso estilo -dijo indolente mente el mensajero.
-Gracias, D'Artagnan -exclamó Aramis casi en delirio-. Se ha visto obligada
a volver a Tours; no
me es infiel, me ama todavía. Ven, amigo mío, ven que te abrace;
¡la dicha me ahoga!
Y los dos amigos se pusieron a bailar en torno del venerable San Crisóstomo,
pisoteando
buenamente las hojas de la tesis que habían rodado sobre el suelo.
En aquel momento entró Bazin con las espinacas y la tortilla.
-¡Huye, desgraciado! -exclamó Aramis arrojándole su gorra
al rostro-. Vuélvete al sitio de
donde vienes, llévate esas horribles legumbres y esos horrorosos entremeses.
Pide una liebre
mechada, un capón gordo, una pierna de cordero al ajo y cuatro botellas
de viejo borgoña.
Bazin, que miraba a su amo y que no comprendía nada de aquel cambio,
dejó deslizarse
melancólicamente la tortilla en las espinacas, y las espinacas en el
suelo.
-Este es el momento de consagrar vuestra existencia al Rey de Reyes -dijo D'Artagnan-,
si es
que tenéis que hacerle una cortesía: Non inutile desiderium in
oblatione.
-¡Idos al diablo con vuestro latín! Mi querido D'Artagran, bebamos,
maldita sea, bebamos
mucho, y contadme algo de lo que pasa por ahí.
Capítulo XXVII
La mujer de Athos
-Ahora sólo queda saber nuevas de Athos -dijo D'Artagnan al fogoso Aramis,
una vez que lo
hubo puesto al corriente de lo que había pasado en la capital después
de su partida, y mientras
una excelen te comida hacía olvidar a uno su tesis y al otro su fatiga.
-¿Creéis, pues, que le habrá ocurrido alguna desgracia?
-preguntó Aramis-. Athos es tan frío,
tan valiente y maneja tan hábilmente su espada...
-Sí, sin duda, y nadie reconoce más que yo el valor y la habilidad
de Athos; pero yo prefiero
sobre mi espada el choque de las lanzas al de los bastones; temo que Athos haya
sido zurrado
por el hatajo de lacayos, los criados son gentes que golpean fuerte y que no
terminan pronto.
Por eso, os lo confieso, quisiera partir lo antes posible.
-Yo trataré de acompañaros -dijo Aramis-, aunque aún no
me siento en condiciones de montar
a caballo. Ayer ensayé la disciplina que veis sobre ese muro, y el dolor
me impidió continuar ese
piadoso ejercicio.
-Es que, amigo mío, nunca se ha visto intentar curar un escopetazo a
golpes de disciplina; pero
estabais enfermo, y la enfermedad debilita la cabeza, lo que hace que os excuse.
-¿Y cuándo partís?
-Mañana, al despuntar el alba; reposad lo mejor que podáis esta
noche y mañana, si podéis,
partiremos juntos.
-Hasta mañana, pues -dijo Aramis-; porque por muy de hierro que seáis,
debéis tener
necesidad de reposo.
Al día siguiente, cuando D'Artagnan entró en la habitación
de Aramis, lo encontró en su
ventana.
-¿Qué miráis ahí? -preguntó D'Artagnan.
-¡A fe mía! Admiro esos tres magníficos caballos que los
mozos de cuadra tienen de la brida; es
un placer de príncipe viajar en semejantes monturas.
-Pues bien, mi querido Aramis, os daréis ese placer, porque uno de esos
caballos es para vos.
-¡Huy! ¿Cuál?
-El que queráis de los tres, yo no tengo preferencia.
-¿Y el rico caparazón que te cubre es mío también?
-Claro.
-¿Queréis reiros, D'Artagnan?
-Yo no río desde que vos habláis francés.
-¿Son para mí esas fundas doradas, esa gualdrapa de terciopelo,
esa silla claveteada de plata?
-Para vos, como el caballo que piafa es para mí, y como ese otro caballo
que caracolea es para
Athos.
-¡Peste! Son tres animales soberbios.
-Me halaga que sean de vuestro gusto.
-¿Es el rey quien os ha hecho ese regalo?
-A buen seguro que no ha sido el cardenal; pero no os preocu péis de
dónde vienen, y pensad
sólo que uno de los tres es de vuestra propiedad.
-Me quedo con el que lleva el mozo de cuadra pelirrojo.
-¡De maravilla!
-¡Vive Dios! -exclamó Aramis-. Eso hace que se me pase lo que
quedaba de mi dolor; me
montaría en él con treinta balas en el cuerpo. ¡Ah, por
mi alma, qué bellos estribos! ¡Hola! Bazin,
ven acá ahora mismo.
Bazin apareció, sombrío y lánguido, en el umbral de la
