Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Los que un pasado lleno de encantos lloráis,
y pasáis días desgraciados,
todas uuestras desgracias habrán terminado
cuando sólo a Dios vuestras lágrimas ofrezcáis,
vosotros, los que lloráis.

D'Artagnan y el cura parecieron halagados. El jesuita persistió en su opinión.
-Guardaos del gusto profano en el estilo teológico. ¿Qué dice en efecto San Agustín? Severus
sit clericorum sermo.
-¡Sí, que el sermón sea claro! -dijo el cura.
-Pero -se apresuró a añadir el jesuita viendo que su acólito se desviaba-, vuestra tesis agradará
a las damas, eso es todo; tendrá el éxito de un alegato de maese Patru.
-¡Plega a Dios! -exclamó Aramis transportado.
-Ya lo veis -exclamó el jesuita-, el mundo habla todavía en vos en voz alta, altissima voce.
Seguís al mundo, mi joven amigo, y tiemblo porque la gracia no sea eficaz.
-Tranquilizaos, reverendo, respondo de mí.
-¡Presunción mundana!
-¡Me conozco, padre mío, mi resolución es irrevocable!
-Entonces, ¿os obstináis en seguir con esa tesis,
-Me siento llamado a tratar esa tesis, y no otra; voy, pues, a continuarla, y mañana espero que
estaréis satifescho de las correcciones que haré según vuestros consejos.
-Trabajad lentamente -dijo el cura-, os dejamos en disposiciones excelentes.
-Sí, el terreno está completamente sembrado -dijo el jesuita-, y no tenemos que temer que una
parte del grano haya caído sobre la piedra, otra al lado del camino, y que los pájaros del cielo
hayan comido el resto, aves coeli comederunt illam.
-¡Que la peste lo ahogue con tu latín! -dijo D'Artagnan, que se sentía en el límite de sus
fuerzas.
-Adiós, hijo mío -dijo el cura-, hasta mañana.
-Hasta mañana, joven temerario -dijo el jesuita-; prometéis ser una de las lumbreras de la
Iglesia; ¡quiera el cielo que esa luz no sea un fuego devorador!
D'Artagnan, que durante una hora se había mordido las uñas de impaciencia, empezaba a
atacar la carne. Los dos hombres negros se levantaron, saludaron a Aramis y a D'Artagnan, y avanzaron hacia
la puerta. Bazin, que se había quedado de pie y que había escuchado toda aquella controversia
con un piadoso júbilo, se lanzó hacia ellos, tomó el breviario del cura, el misal del jesuita y
caminó respetuosamente delante de ellos para abrirles paso.
Aramis los condujo hasta el comienzo de la escalera y volvió a subir junto a D'Artagnan, que
seguía pensando.
Una vez solos, los dos amigos guardaron primero un silencio embarazoso; sin embargo era
preciso que uno de ellos rompiese a hablar, y como D'Artagnan parecía decidido a dejar este
honor a su amigo:
-Ya lo veis -dijo Aramis-, me encontráis vuelto a mis ideas fundamentales.
-Sí, la gracia eficaz os ha tocado, como decía ese señor hace un momento.
-¡Oh! Estos planes de retiro están hechos hace mucho tiempo; y vos ya me habíais oído hablar,
¿no es eso, amigo mío?
-Claro, pero confieso que creí que bromeabais.
-¡Con esa clase de cosas! ¡Vamos, D'Artagnan!
-¡Maldita sea! También se bromea con la muerte.
-Y se comete un error, D'Artagnan, porque la muerte es la puer ta que conduce a la perdición o
a la salvación.
-De acuerdo, pero si os place, no teologicemos, Aramis; debéis tener bastante para el resto del
día; en cuanto a mí, yo he olvidado el poco latín que jamás supe; además debo confesaros que
no he comido nada desde esta mañana a las diez, y que tengo un hambre de todos los diablos.
-Ahora mismo comeremos, querido amigo; sólo que, como sabéis, es viernes, y en un día así
yo no puedo ver ni comer carne. Si queréis contentaros con mi comida... se compone de
tetrágonos coci dos y fruta.
-¿Qué entendéis con tetrágonos? -preguntó D'Artagnan con inquietud.
-Entiendo espinacas -repuso Aramis-; pero para vos añadiré huevos, y es una grave infracción
de la regla, porque los huevos son carne, dado que engendran el pollo.
-Ese festín no es suculento, pero no importa; por estar con vos, lo sufriré.
-Os quedo agradecido por el sacrificio -dijo Aramis-; pero si no aprovecha a nuestro cuerpo,
aprovechará, estad seguro, a vuestra alma.
-O sea que, decididamente, Aramis, entráis en religión. ¿Qué van a decir nuestros amigos, qué
va a decir el señor de Tréville? Os tratarán de desertor, os prevengo.
-Yo no entro en religión, vuelvo a ella. Es de la iglesia de la que había


 

 
 

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