desertado por el mundo,
porque como sabéis tuve que violentarme para tomar la casaca de mosquetero.
-Yo no sé nada.
-¿Ignoráis vos cómo dejé el seminario?
-Completamente.
-Aquí tenéis mi historia; por otra parte las Escrituras dicen:
«Confesaos los unos a los otros», y
yo me confieso a vos, D'Artagnan.
-Y yo os doy la absolución de antemano, ya veis que soy bueno.
-No os burléis de las cosas santas, amigo mío.
-Vamos hablad, hablad, os escucho.
-Yo estaba en el seminario desde la edad de nueve años, y dentro de
tres días iba a cumplir
veinte, iba a ser abate y todo estaba dicho. Una tarde en que estaba, según
mi costumbre, en
una casa que frecuentaba con placer (uno es joven, ¡qué queréis,
somos débiles!), un oficial que
me miraba con ojos celosos leer las Vidas de los santos a la dueña de
la casa, entró de pronto y
sin ser anunciado. Precisamente aquella tarde yo había traducido un episodio
de Judith y
acababa de comunicar mis versos a la dama que me hacía toda clase de
cumplidos e, inclinada
sobre mi hombro, los releía conmigo. La postura, que quizá era
algo abandonada, lo confieso,
molestó al oficial; no dijo nada, pero cuando yo salí, salió
detrás de mí y al alcanzarme dijo:
«Señor abate, ¿os gustan los bastonazos?» «No
puedo decirlo, señor, respondí, porque nadie ha
osado nunca dármelos.» «Pues bien, escuchadme, señor
abate, si volvéis a la casa en que os he
encontrado esta tar de, yo osaré.» Creo que tuve miedo, me puse
muy pálido, sentí que las
piernas me abandonaban, busqué una respuesta que no encontré,
me callé. El oficial esperaba
aquella respuesta y, viendo que tardaba, se puso a reír, me volvió
la espalda y volvió a entrar en
la casa. Yo volví al seminario. Soy buen gentilhombre y tengo la sangre
ardiente, como habéis
podido observar, mi querido D'Artagnan; el insulto era terrible, y por desconocido
que hubiera
quedado para el resto del mundo, yo lo sentía vivir y removerse en el
fondo de mi corazón.
Declaré a mis superiores que no me sentía suficientemente preparado
para la ordenación, y a
petición mía se pospuso la ceremonia por un año. Fui en
busca del mejor maestro de armas de
Paris, quedé de acuerdo con él para tomar una lección de
esgrima cada día, y durante un año
tome aquella lección. Luego, el aniversario de aquél en que había
sido insultado, colgé mi sotana
de un clavo, me puse un traje completo de caballero y me dirigí a un
baile que daba una dama
amiga mía, donde yo sabía que debía encontrarse mi hombre.
Era en la calle des Francs-
Burgeois, al lado de la Force. En efecto, mi oficial estaba allí, me
acerqué a él, que cantaba un lai
de amor mirando tiernamente a una mujer, y le interrumpí en medio de
la segunda estrofa.
«Señor, ¿os sigue desagradando que yo vuelva a cierta casa
de la calle Payenne, y volveréis a
darme una paliza si me entra el capricho de desobedeceros?» El oficial
me miró con asombro,
luego me dijo: «Qué queréis, señor? No os conozco.»
«Soy -le respondí- el pequeño abate que
lee las Vidas de santos y que traduce Judith en verso.» «Ah, ah!
Ya me acuerdo -dijo el oficial
con sorna-. ¿Qué queréis?» «Quisiera que tuvierais
tiempo suficiente para dar una vuelta
paseando conmigo.» «Mañana por la mañana, si queréis,
y será con el mayor placer.» «Mañana
por la mañana, no; si os place, ahora mismo.» «Si lo exigís...»
«Pues sí, lo exijo.» «Entonces,
salgamos. Señoras -dijo el oficial-, no os molestéis. El tiempo
de matar al señor solamente y
vuelvo para acabaros la última estrofa. » Salimos. Yo le llevé
a la calle Payenne justo al lugar en
que un año antes a aquella misma hora me había hecho el cumplido
que os he relatado. Hacía un
clara de luna soberbio. Sacamos las espadas y, al primer encuentro, le deje
en el sitio.
-¡Diablos! -exclamó D'Artagnan.
-Pero -continuó Aramis- como las damas no vieron volver a su cantor y
se le encontró en la
calle Payenne con una gran estocada atravesándole el cuerpo, se pensó
que había sido yo poque
lo había aderezado así, y el asunto terminó en escándalo.
Me vi obligado a renunciar por algún
tiempo a la sotana. Athos, con quien hice conoci miento en esa época,
y Porthos, que me había
enseñado, además de algunas lecciones de esgrima, algunas estocadas
airosas, me decidieron a
pedir una casaca de mosquetero. El rey había apreciado mucho a mi padre,
muerto en el sitio de
Arras, y me concedieron esta casaca. Como comprenderéis hoy ha llegado
para mí el momento
de volver al seno de la Iglesia.
-¿Y por qué hoy en vez de ayer o de mañana? ¿Qué
os ha pasado hoy que os da tan malas
