manos, y no la mano.
-Imponed las manos -repitió el cura haciendo un gesto.
-Por el contrario, a San Pedro, de quien los papas son sucesores -continuó
el jesuita-, Porrigite
digitos. Presentad los dedos, ¿estáis ahora?
-Ciertamente -respondió Aramis lleno de delectación-, pero el
asunto es sutil.
-¡Los dedos! -prosiguió el jesuita- San Pedro bendice con los dedos.
El papa bendice por ta nto
con los dedos también. Y ¿con cuántos dedos bendice? Con
tres dedos: uno para el Padre, otro
para el Hijo y otro para el Espíritu Santo.
Todo el mundo se persignó; D'Artagnan se creyó obligado a imitar
aquel ejemplo.
-El papa es sucesor de San Pedro y representa los tres poderes divinos; el resto,
ordines
inferiores de la jerarquía eclesiástica, bendice en el nombre
de los santos arcángeles y ángeles.
Los clérigos más humildes, como nuestros diáconos y sacristanes,
bendicen con los hisopos, que
simulan un número indefinido de dedos bendiciendo. Ahí te néis
el tema simplificado,
argumentum omni denudatum ornamento. Con eso yo haría -continuó
el jesuita- dos volúmenes
del tamaño de éste.
Y en su entusiamo, golpeaba sobre el San Crisóstomo infolio que hacía
doblarse la mesa bajo
su peso.
D'Artagnan se estremeció.
-Por supuesto -dijo Aramis-, hago justicia a las bellezas de semejante tesis,
pero al mismo
tiempo admito que es abrumadora para mí. Yo había escogido este
texto: decidme, querido
D'Artagnan, si no es de vuestro gusto: Non inutile est desiderium in oblatione,
o mejor aún: Un
poco de pesadumbre no viene mal en una ofrenda al Señor.
-¡Alto ahí! -exclamó el jesuita-. Esa tesis roza la herejía;
hay una proposición casi semejante en
el Augustinus del heresiarca Jansenius, cuyo libro antes o después será
quemado por manos del
verdugo. Tened cuidado, mi joven amigo; os inclináis, mi joven amigo,
hacia las falsas doctrinas;
os perderéis.
-Os perderéis -dijo el cura moviendo dolorosamente la cabeza.
-Tocáis en ese famoso punto del libre arbitrio que es un escollo mortal.
Abordáis de frente las
insinuaciones de los pelagianos y de los semipelagianos.
-Pero, reverendo... -repuso Aramis algo atarullado por la lluvia de argumentos
que se le venía
encima.
-¿Cómo probaréis -continuó el jesuita sin darle
tiempo a hablar que se debe echar de menos el
mundo que se ofrece a Dios? Escuchad este dilema: Dios es Dios, y el mundo es
el diablo. Echar
de menos al mundo es echar de menos al diablo; ahí tenéis mi conclusión.
-Es la mía también -dijo el cura.
-Pero, por favor... - dijo Aramis.
-¡Desideras diabolum, desgraciado! -exclamó el jesuita.
-¡Echa de menos al diablo! Ah, mi joven amigo -prosiguió el cura
gimiendo-, no echéis de
menos al diablo, soy yo quien os lo suplica.
D'Artagnan creía volverse idiota; le parecía estar en una casa
de locos y que iba a terminar loco
como los que veía. Sólo que estaba forzado a callarse por no comprender
nada de la lengua que
se hablaba ante él.
-Pero escuchadme -prosiguió Aramis con una cortesía bajo la que
comenzaba a apuntar un
poco de impaciencia-; yo no digo que eche de menos; no, yo no pronunciaría
jamás esa frase,
que no sería ortodoxa. . .
El jesuita levantó los brazos al cielo y el cura hizo otro tanto.
-No, pero convenid al menos que no admite perdón ofrecer al Señor
aquello de lo que uno está
completamente harto. ¿Tengo yo razón, D'Artagnan?
-¡Yo así lo creo! -exclamó éste.
El cura y el jesuita dieron un salto sobre sus sillas.
-Aquí tenéis mi punto de partida, es un silogismo: el mundo no
carece de atractivos, dejo el
mundo; por tanto hago un sacrificio; ahora bien, la Escritura dice positivamente:
Haced un
sacrificio al Señor.
-Eso es cierto -dijeron los antagonistas.
-Y además -continuó Aramis pellizcándose la oreja para
volver la roja, de igual modo que
agitaba las manos para volverlas blancas-, además he hecho cierto rondel
que le comuniqué al
señor Voiture el año pasado, y sobre el cual ese gran hombre me
hizo mil cumplidos.
-¡Un rondel! -dijo desdeñosamente el jesuita.
-¡Un rondel! -dijo maquinalmente el cura.
-Decidlo, decidlo -exclamó D'Artagnan-; cambiará un poco las cosas.
-No, porque es religioso -respondió Aramis-, y es teología en
verso.
-¡Diablos! -exclamó D'Artagnan.
-Helo aquí - dijo Aramis con aire modesto que no estaba exento de cierto
tinte de hipocresía:
