-Porque el señor, que es mi amigo, acaba de escapar a un rudo peligro
-continuó Aramis con
unción, señalando con la mano a D'Artagnan a los dos eclesiásticos.
-Alabad a Dios, señor -respondieron éstos inclinándose
al unísono.
-No he dejado de hacerlo, reverendos -respondió el joven devolviéndoles
a su vez el saludo.
-Llegáis a propósito, querido D'Artagnan -dijo Aramis-, y vos
vais a iluminarnos, tomando parte
en la discusión, con vuestras lutes. El señor principal de Amiens,
el señor cura de Montdidier y
yo, ar gumentamos sobre ciertas cuestiones teológicas cuyo interés
nos cautiva desde hace
tiempo; yo estaría encantado de contar con vuestra opinión.
-La opinión de un hombre de espada carece de peso -respondió D'Artagnan,
que comenzaba a
inquietarse por el giro que tomaban las cosas-, y vos podéis ateneros,
creo yo, a la ciencia de
estos señores.
Los dos hombres negros saludaron a su vez.
-Al contrario -prosiguió Aramis-, y vuestra opinión nos será
preciosa. He aquí de lo que se
trata: el señor principal tree que mi tesis debe ser sobre todo dogmática
y didáctica.
-¡Vuestra tesis! ¿Hacéis, pues, una tesis?
-Por supuesto -respondió el jesuita-; para el examen que precede a la
ordenación, es de rigor
una tesis.
-¡La ordenación! -exclamó D'Artagnan, que no podía
creer en lo que le habían dicho
sucesivamente la hostelera y Bazin-. ¡La ordenación!
Y paseaba sus ojos estupefactos sobre los tres personajes que tenía delante
de sí.
-Ahora bien -continuó Aramis tomando en su butaca la misma pose graciosa
que hubiera
tornado de estar en una callejuela, y examinando con complaciencia su mano Blanca
y regordeta
como mano de mujer, que tenía en el aire para hacer bajar la sangre-;
ahora bien, como habéis
oído, D'Artagnan, el señor principal quisiera que mi tesis fuera
dogmática, mientras que yo
querría que fuese ideal. Por eso es por lo que el señor principal
me proponía ese punto que no
ha sido aún tratado, en el cual reconozco que hay materia para desarrollos
magníficos:
«Utraque manus in benedicendo clericis inferioribus necessaria est.»
D'Artagnan, cuya erudición conocemos, no parpadeó ante esta cita
más de lo que había hecho
el señor de Tréville a propósito de los presentes que pretendía
D'Artagnan haber recibido del
señor de Buckingham.
-Lo cual quiere decir -prosiguió Aramis para facilitarle las cosas-:
las dos manos son
indispensables a los sacerdotes de órdenes inferio res cuando dan la
bendición.
-¡Admirable tema! -exclamó el jesuita.
-¡Admirable y dogmático! -repitió el cura, que de igual
fuerza aproximadamente que
D'Artagnan en latín, vigilaba cuidadosamente al jesuita para pisarle
los talones y repetir sus
palabras como un eco.
En cuanto a D'Artagnan, permaneció completamente indiferente al entusiasmo
de los dos
hombres negros.
-¡Sí, admirable! ¡Prorsus admirabile! -continuó Aramis-.
Pero exige un estudio en profundidad
de los Padres de la Iglesia y de las Escrituras. Ahora bien, yo he confesado
a estos sabios
eclesiásticos, y ello con toda humildad, que las vigilias de los cuerpos
de guardia y el servicio del
rey me habían hecho descuidar algo el estudio. Me encontraría,
pues, más a mi gusto, facilius
natans, en un tema de mi elección, que sería a esas rudas cuestiones
teológicas lo que la moral
es a la metafísica en filosofía.
D'Artagnan se aburría profundamente, el cura también.
-¡Ved qué exordio! -exclamó el jesuita.
-Exordium -repitió el cura por decir algo.
- Quemadmodum inter coelorum inmensitatem .
Aramis lanzó una ojeada hacia el lado de D'Artagnan y vio que su amigo
bostezaba hasta
desencajarse la mandíbula.
-Hablemos francés, padre mío -le dijo al jesuita-. El señor
D'Ar tagnan gustará con más viveza
de nuestras palabras.
-Sí, yo estoy cansado de la ruta -dijo D'Artagnan-, y todo ese latín
se me escapa.
-De acuerdo - dijo el jesuita un poco despechado, mientras el cura, transportado
de gozo, volvía
hacia D'Artagnan una mirada llena de agradecimiento-; bien, ved el partido que
se sacaría de esa
glosa.
-Moisés, servidor de Dios... no es más que servidor, oídlo
bien. Moisés bendice con las manos;
se hace sostener los dos brazos, mientras los hebreos baten a sus enemigos;
por tanto, bendice
con las dos manos. Además que el Evangelio dice: Imponite manus, y no
monum; imponed las
