Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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no se llegaba así donde el futuro abad; el paso a la habitación de Aramis estaba guardado ni más ni menos que como los
jardines de Armida; Bazin estaba en el corredor y le impidió el paso con tanta mayor intrepidez
cuanto que, tras muchos años de pruebas, Bazin se veía por fin a punto de llegar al resultado
que eternamente había ambicionado.
En efecto, el sueño del pobre Bazin había sido siempre el de servir a un hombre de iglesia, y
esperaba con impaciencia el momento siem pre entrevisto en el futuro en que Aramis tiraría por
fin la casaca a las ortigas para tomar la sotana. La promesa renovada cada día por el joven de
que el momento no podía tardar era lo único que lo había rete nido al servicio del mosquetero,
servicio en el cual, según decía, no podía dejar de perder su alma.
Bazin estaba, pues, en el colmo de la alegría. Según toda probabilidad, aquella vez su maestro
no se desdiría. La reunión del dolor físico con el dolor moral había producido el efecto tanto
tiempo deseado: Aramis, sufriendo a la vez del cuerpo y del alma, había posado por fin sus ojos
y su pensamiento en la religión, y había considerado como una advertencia del cielo el doble
accidente que le había ocurrido, es decir, la desaparición súbita de su amante y su herida en el
hombro.
Se comprende que en la disposición en que se encontraba nada podía ser más desagradable
para Bazin que la llegada de D'Artagnan, que podía volver a arrojar a su amo en el torbellino de
las ideas mun danas que lo habían arrastrado durante tanto tiempo. Resolvió, pues, defender
bravamente la puerta; y como, traicionado por la dueña del albergue, no podía decir que Aramis
estaba ausente, trato de probar al recién llegado que sería el colmo de la indiscreción molestar a
su amo durante la piadosa conferencia que había entablado desde la mañana y que, a decir de
Bazin, no podía terminar antes de la noche.
Pero D'Artagnan no tuvo en cuenta para nada el elocuente discur so de maese Bazin, y como no
se preocupaba de entablar polémica con el criado de su amigo, lo apartó simplemente con una
mano y con la otra giró el pomo de la puerta número cinco.
La puerta se abrió y D'Artagnan penetró en la habitación.
Aramis, con un gabán negro, con la cabeza aderezada con una especie de tocado redondo y
plano que no se parecía demasiado a un gorro estaba sentado ante una mesa oblonga cubierta
de rollos de papel y de enormes infolios; a su derecha estaba sentado el superior de los jesuitas
y a su izquierda el cura de Montdidier. Las cortinas estaban echadas a medias y no dejaban
penetrar más que una luz misteriosa, aprovechada para una plácida ensoñación. Todos los
objetos mundanos que pueden sorprender a la vista cuando se entra en la habitació n de un
joven, y sobre todo cuando ese joven es mosquetero, habían desaparecido como por encanto; y
por miedo, sin duda, a que su vista no volviese a llevar a su amo a las ideas de este mundo,
Bazin se había apoderado de la espada, las pistolas, el sombrero de pluma, los brocados y las
puntillas de todo género y toda especie.
En su lugar y sitio D'Artagnan creyó vislumbrar en un rincón oscuro como una forma de
disciplina colgada de un clavo de la pared.
Al ruido que hizo D'Artagnan al abrir la puerta, Aramis alzó la cabeza y reconoció a su amigo.
Pero para gran asombro del joven, su vista no pareció producir gran impresión en el mosquetro,
tan aparta do estaba su espíritu de las cosas de la tierra.
-Buenos días, querido D'Artagnan -dijo Aramis-;creed que me alegro de veros. -Y yo también -dijo D'Artagnan-, aunque todavía no esté muy seguro de que sea a Aramis a
quien hablo.
-Al mismo, amigo mío, al mismo; pero ¿qué os ha podido hacer dudar?
-Tenía miedo de equivocarme de habitación, y he creído entrar en l a habitación de algún
hombre de iglesia; luego, otro error se ha apoderado de mí al encontraros en compaña de estos
señores: que estuvieseis gravemente enfermo.
Los dos hombres negros lanzaron sobre D'Artagnan, cuya inten ción comprendieron, una mirada
casi amenazadora; pero D'Artagnan no se inquietó por ella.
-Quizá os molesto, mi querido Aramis -continuó D'Artagnan- porque, por lo que veo, estoy
tentado de creer que os confesáis a estos señores.
Aramis enrojeció perceptiblemente.
-¿Vos molestarme? ¡Oh! Todo lo contrario, querido amigo, os lo juro; y como prueba de lo que
digo, permitidme que me alegre de ve ros sano y salvo.
«Ah, por fin se acuerda! -pensó D'Artagnan-. No va mal la cosa.»


 

 
 

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