Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Capítulo XXVI

La tesis de Aramis

D'Artagnan no había dicho a Porthos nada de su herida ni de su procuradora. Era nuestro
bearnés un muchacho muy prudente, aunque fuera joven. En consecuencia, había fingido creer
todo lo que le había contado el glorioso mosquetero, convencido de que no hay amistad que
soporte un secreto sorprendido, sobre todo cuando este secreto afecta al orgullo; además,
siempre se tiene cierta superioridad moral sobre aquellos cuya vida se sabe.
Y D'Artagnan, en sus proyectos de intriga futuros, y decidido co mo estaba a hacer de sus tres
compañeros los instrumentos de su fortuna, D'Artagnan no estaba molesto por reunir de
antemano en su mano los hilos invisibles con cuya ayuda contaba dirigirlos.
Sin embargo, a lo largo del camino, una profunda tristeza le oprimía el corazón; pensaba en
aquella joven y bonita señora Bonacieux, que debía pagarle el precio de su adhesión; pero,
apresurémonos a decirlo, aquella tristeza en el joven provenía no tanto del pesar de su felicidad
perdida cuanto de la inquietud que experimentaba porque le pasase algo a aquella pobre mujer.
Para él no había ninguna duda: era víctima de una venganza del cardenal y, como se sabe, las venganzas de Su Eminencia eran terribles. Cómo había encontrado él gracia a los ojos del
ministro, es lo que él mismo ignoraba y sin duda lo que le hubiese revelado el señor de Cavois si
el capitán de los guardias le hubiera encontrado en su casa.
Nada hace marchar al tiempo ni abrevia el camino como un pensamiento que absorbe en sí
mismo todas las facultades del organismo de quien piensa. La existencia exterior parece
entonces un sueño cuya ensoñación es ese pensamiento. Gracias a su influencia, el tiempo no
tiene medida, el espacio no tiene distancia. Se parte de un lugar y se llega a otro, eso es todo.
Del intervalo recorrido nada queda presente a vuestro recuerdo más que una niebla vaga en la
que se borran mil imágenes confusas de árboles, de montañas y de paisajes. Fue así, presa de
una alucinación, como D'Artagnan franqueó, al trote que quiso tomar su caballo, las seis a ocho
leguas que separan Chantilly de Crèvecceur, sin que al llegar a esta ciudad se acordase de nada
de lo que había encontrado en su camino.
Sólo allí le volvió la memoria, movió la cabeza, divisó la taberna en que había dejado a Aramis
y, poniendo su caballo al trote, se detuvo en la puerta.
Aquella vez no fue un hostelero, sino una hostelera quien lo recibió; D'Artagnan era
fisonomista, envolvió de una ojeada la gruesa cara alegre del ama del lugar, y comprendió que
no había necesidad de disimular con ella ni había nada que temer de parte de una fisonomía tan
alegre.
-Mi buena señora -le preguntó D'Artagnan-, ¿podríais decir me qué ha sido de uno de mis
amigos, a quien nos vimos forzados a dejar aquí hace una docena de días?
-¿Un guapo joven de veintitrés a veinticuatro años, dulce, amable, bien hecho?
-¿Y además herido en un hombro?
-Eso es.
-Precisamente.
-Pues bien, señor sigue estando aquí.
-¡Bien, mi querida señora! - dijo D'Artagnan poniendo pie en tierra y lanzando la brida de su
caballo al brazo de Planchet-. Me devolvéis la vida. ¿Dónde está mi querido Aramis, para que lo
abrace? Porque, lo confieso, tengo prisa por volverlo a ver.
-Perdón, señor, pero dudo de que pueda recibiros en este momento.
-¿Y eso por qué? ¿Es que está con una mujer?
-¡Jesús! ¡No digáis eso! ¡El pobre muchacho! No, señor, no está con una mujer.
-Pues, ¿con quién entonces?
-Con el cura de Montdidier y el superior de los jesuitas de Amiens.
-¡Dios mío! -exclamó D'Artagnan-. El pobre muchacho está peor.
-No, señor, al contrario; pero a consecuencia de su enfermedad, la gracia le ha tocado y está
decidido a entrar en religión.
-Es justo -dijo D'Artagnan-, había olvidado que no era mos quetero más que por ínterin.
-¿El señor insiste en verlo?
-Más que nunca.
-Pues bien, el señor no time más que tomar la escalera de la derecha en el patio, en el
segundo, número cinco.
D'Artagnan se lanzó en la dirección indicada y encontró una de esas escaleras exteriores como
las que todavía vemos hoy en los patios de los antiguos albergues. Pero


 

 
 

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