como los nuestros, me puse
a recordar algo mi antiguo oficio. Al pasearme por los bosques del señor
Principe, he tendido
lazos en las pasadas; y si me tumbaba junto a los estanques de Su Alteza, he
dejado deslizar
sedas en sus aguas. De suerte que ahora, gracias a Dios, no nos faltan, como
el señor puede
asegurarse, perdices y conejos, carpas y anguilas, alimentos todos ligeros y
sanos, adecuados
para los enfermos.
-Pero ¿y el vino? -dijo D'Artagnan-. ¿Quién proporciona
el vino? ¿Vuestro hostelero?
-Es decir, sí y no.
-¿Cómo sí y no?
-Lo proporciona él, es cierto, pero ignora que tiene ese honor.
-Explicaos, Mosquetón, vuestra conversación está llena
de cosas instructivas.
-Mirad, señor. El azar hizo que yo encontrara en mis peregrinaciones
a un español que había
visto muchos países, y entre otros el Nuevo Mundo.
-¿Qué relación puede tener el Nuevo Mundo con las botellas
que están sobre el secreter y
sobre esa cómoda?
-Paciencia, señor, cada cosa a su tiempo.
-Es justo, Mosquetón; a vos me remito y escucho.
-Ese español tenía a su servicio un lacayo que le había
acompañado en su viaje a México. El tal
lacayo era compatriota mío, de suerte que pronto nos hicimos amigos,
tanto más rápidamente
cuanto que entre nosotros había grandes semejanzas de carácter.
Los dos amamos la caza por
encima de todo, de suerte que me contaba cómo, en las llanuras de las
pampas, los naturales del
país cazan al tigre y los toros con simples nudos corredizos que lanzan
al cuello de esos terribles
animales. Al principio yo no podía creer que se llegase a tal grado de
destreza, de lanzar a veinte
o treinta pasos el extremo de una cuerda donde se quiere; pero ante las pruebas
había que
admitir la verdad del relato. Mi amigo colocaba una botella a treinta pasos,
y a cada golpe, cogía
el gollete en un nudo corredizo. Yo me dediqué a este ejercicio, y coo
la naturaleza me ha dotado
de algunas facultades, hoy lanzo el lazo tan bien como cualquier hombre del
mundo.
¿Comprendéis ahora? Nuestro hostelero tiene una cava muy bien
surtida, pero no deja un
momento la llave; sólo que esa cava tiene un tragaluz. Y por ese tragaluz
yo lanzo el lazo, y
como ahora ya sé dónde está el buen rincón, lo voy
sacando. Así es, señor, como el Nuevo
Mundo se encuentra en relación con las botellas que hay sobre esa cómoda
y sobre ese secreter.
Ahora, gustad nuestro vino y sin prevención decidnos lo que pensáis
de él.
-Gracias, amigo mío, gracias; desgraciadamente acabo de desayunar.
-¡Y bien! -dijo Porthos-. Ponte a la mesa, Mosquetón, y mientras
nosotros desayunamos,
D'Artagnan nos contará lo que ha sido de él desde hace ocho días
que nos dejó.
-De buena gana -dijo D'Artagnan.
Mientras Porthos y Mosquetón desayunaban con apetito de convalecientes
y con esa
cordialidad de hermanos que acerca a los hombres en la desgracia, D'Artagnan
contó cómo
Aramis, herido, había sido obli gado a detenerse en Crèvecceur,
cómo había dejado a Athos
debatirse en Amiens entre las manos de cuatro hombres que lo acusaban de monedero
falso,y
cómo él, D'Artagnan, se había visto obligado a pasar por
encima del vientre del conde de Wardes
para llegar a Inglaterra.
Pero ahí se detuvo la confidencia de D'Artagnan; anunció solamente
que a su regreso de Gran
Bretaña había traído cuatro caballos magníficos,
uno para él y otro para cada uno de sus tres
compañeros; luego terminó anunciando a Porthos que el que le estaba
destinado se hallaba
instalado en las cuadras del hostal.
En aquel momento entró Planchet; avisaba a su amo de que los caballos
habían descansado
suficientemente y que sería posible ir a dor mir a Clermont.
Como D'Artagnan se hallaba más o menos tranquilo respecto a Porthos,
y como esperaba con
impaciencia tener noticias de sus otros dos amigos, tendió la mano al
enfermo y le previno de
que se pusiera en ruta para continuar sus búsquedas. Por lo demás,
como contaba con volver
por el mismo camino, si en siete a ocho días Porthos estaba aún
en el hostal del Grand Saint
Martin, lo recogería al pasar.
Porthos respondió que con toda probabilidad su esguince no le permitiría
alejarse de allí.
Además, tenía que quedarse en Chantilly para esperar una respuesta
de su duquesa.
D'Artagnan le deseó una recuperación pronta y buena; y después
de haber recomendado de
nuevo Porthos a Mosquetón, y pagado su gasto al hostelero se puso en
ruta con Planchet, ya
desembarazado de uno de los caballos de mano.
